Cajus Julius Caesar Octavius,
Divus Augustus,
hijo adoptivo de Julius Caesar,
era hijo de Dios, hijo de Apolo,
hijo a su vez de Zeus Olímpico.
Acia, su madre,
le engendró del dios celeste,
y un chorro de sol salió de sus entrañas
a una con el niño.
Se llamó Señor y Salvador,
Liberador de su pueblo.
La pax romana, asentada en el dominio y el poder,
fue su mayor orgullo.
La luz y el sol del imperio sin fin,
de la nación togada, que gobernaba el orbe,
según Virgilio Marón,
era el emperador omnipotente.
Todos se derretían ante él.
Quien no quisiere adorarle en su presencia
o quemar perfume ante el ara de su efigie
perecería sin remedio.
En los últimos días de Herodes el Grande.
rey de Palestina por voluntad de Augusto,
nacía en Nazaret el primogénito
de José el carpintero.
Muchos años después,
dijeron enigmáticos escritos
que vino al mundo en Belén,
la ciudad de David,
porque era de su estirpe,
superior a él en realeza.
Dijeron igualmente
que nació en un establo entre las bestias,
de su madre María,
rodeado de luz;
que pastores locales le adoraron,
y unos ángeles cantaron jubilosos
que era Hijo del Altísimo
y reinaría por los siglos sin fin.
Las luces imperiales encendidas en Roma,
que ilustraron decisivos tramos de la historia
y anunciaron las claves del futuro,
se apagaron ha siglos por completo.
Pero aquella lucecita legendaria
del portal de Belén,
que envolvía al infante en el establo,
brilla poderosa todavía
en los puntos cardinales de este mundo.
Y sigue iluminando complaciente
a los hombres de todas las naciones,
que yacen en tinieblas o en sombras de la muerte,
para dirigir sus pasos
al camino de la paz.