Jesús en el Evangelio de Juan

 

          Los escritos joánicos (Evangelio de Juan, Apocalipsis y Cartas de Juan), los últimos de la Biblia, se publican a  finales del siglo I, y, como en todos los demás casos, desconocemos al autor o autores de los mismos. El célebre prólogo del Cuarto Evangelio -tal vez un himno cristológico en alguna comunidad joánica- es lo más atrevido que se ha escrito sobre la misión de Jesús. Éste aparece como la Palaba definitiva de Dios a los hombres, como el único y absoluto Revelador, enviado por Dios, que está por encima de todos los  profetas, y es, además, legislador superior a Moisés, dispensador de la gracia y la verdad. Jesús forma parte del contenido de su mensaje. Es la luz y la verdad del mundo. Quien crea en él tendrá vida eterna. El Hijo de Dios es el Dios verdadero (alezinós zeós) (1 Jn 5, 20). Por vez primera, en este Evangelio Jesús recibe el nombre de Logos: el Revelador, la Revelación, la Palabra de Dios, anterior a la existencia del mundo. Su misión es la expresión de su ser. En Jn 1, 4, Logos significa la Palabra hablada, no razón. Palabra de  Dios humanada, hecha carne (sarx), la parte más visible y frágil de nuestro ser. El  Logos en Dios es Dios, mediador de la creación y autor de la revelación, Hijo y enviado del Padre en favor nuestro. Logos tiene estrecha relación con la Sabiduría cantada por Pablo, pero aquí se presenta encarnada, frente a todos aquéllos que en ese tiempo negaban ya la realidad carnal de Cristo, su humanidad integral, con una vida psíquica plenamente humana. La Palabra se hizo carne pasó a ser el leitmotiv, el lema de la primera cristología refleja, de la primera reflexión formal sobre Jesús de Nazaret, el Cristo, el Ungido de Dios.