Vuelta a la bitácora. La crisis belga

    La crisis actual belga, puesta de manifiesto tras dos meses de inútiles intentos de un nuevo gobierno democristiano-liberal después de las últimas elecciones, me parece mucho más grave e importante que la crisis navarra. Para Bélgica, para la capital de la Unión Europea y para toda Europa. Las crisis lingüísticas y políticas desde los años setenta, que no ha resuelto una complicadísima reforma federal del país, dividido en tres Regiones y dos Comunidades (más la muy reducida Comunidad germánica), ha llevado ahora a una separación cada vez mayor de las dos comunidades flamenca y francófona, como lo revela una última encuesta llevada a cabo por un diario flamenco: un 38 por ciento de los flamencos son favorables a la independencia y sólo un 12 por ciento de los de los valones. Cada día que pasa los políticos flamencos exigen mayor comunitarización de las competencias federales e interpretan la negativa de los valones como una presión hacia la independencia de Flandes, más poblado y más rico ahora que Valonia, lo que no fue así hace sólo unas décadas. Bélgica es el único país federal occidental sin partidos políticos federales, desde que el partido democristiano, el socialista y el liberal se escindieron en dos, uno valón y otro flamenco. Y hoy es el día, en que la componente comunitaria -nacionalista, diríamos torpemente aquí- es mucho más fuerte que la ideológica (liberal, social, etc.). Como en otras partes – España (Cataluña, Euskadi), Italia…-, los democristianos flamencos, aliados electoramente con un partido idependentista, son algunos de los mayores responsables de tan triste situación. Recordemos que lo peor comenzó con la grotesca y hasta cruel división de la universidad católica de Lovaina, en la que se repartieron hasta los volúmenes de las obras completas de su biblioteca. Ayer mismo, la prensa belga recogía la campaña independentista que, estos mismos días, está llevando a cabo la Katholiek Vlaams Hoogstudenten Verbond (Unión de los Estudiantes Católicos Flamencos). Para ellos, el pueblo flamenco no se ha beneficiado nada en la Bélgica unida; un escaño flamenco cuesta más que un escaño valón, y los flamencos tienen que pagar cada año 12 miliardos de euros a los valones. Argumentos, como se ve, no muy católicos que se diga. Pero queda Bruselas, la tercera Región belga, isla francófona en un noventa por ciento dentro del territorio valón. Los flamencos, que la quisieran para sí, no saben qué hacer con ella. Para los valones es su fuerza y su joya, tampoco del todo suya. Recuerdo muy bien la ignorancia absoluta de los parlamentarios españoles, que nos pasábamos media vida en Bruselas, sobre la política belga. Hoy los políticos y los medios españoles, salvo alguna honrosa excepción, muestran la misma ignorancia y desinterés ante una situación política tan grave. Ni siquiera los partidos independentistas y soberanistas ( no sólo nacionalistas) de nuestro país, tan atentos a lo que sucede en Irlanda, Escocia o Quebec, parecen haberse enterado de la cosa. Pero aquí, creo, hay gato encerrado. El partido independentista flamenco más fuerte (mayoritario a veces en Amberes), el Vlaams Belang, pasa por ser un partido de extrema derecha, xenófobo y antieuropeo, tipo al de Le Pen en Francia, y con esto está dicho todo por el momento.