¿Una gracia de Dios?

 

                                 Toda estancia en un hospital, y más si se trata de una operación quirúrgica, por leve que sea, es un saludable ejercicio de humildad, al vivir intensamente la limitación, la fragilidad del ser humano, devenido radicalmente dependiente, en las manos de Dios (si es creyente) y en las de médicos y enfermeras. Es igualmente un ejercicio de gratitud, debido a esa dependencia obligada y amable de los otros, vivencia que en tiempos normales de salud es mucho más difícil experimentar.

La incomodidad física, el dolor o las molestias, el alejamiento de la vida habitual cotidiana, los ruidos, los agobios, el desasosiego, aun en las mejores condiciones de hospitalización, propios de cualquier enfermedad, exigen un acendrado esfuerzo mental y físico, que se llaman paciencia y serenidad, para convertirse en una vivencia humanizada de la pequeña o grande desolación.

Creyendo firmemente en la implacabilidad de las leyes físico-químico-biológicas de la Naturaleza, no por eso dejo de creer en todo momento  que todo es gracia (presencia viva) de Dios. o, dicho más a la llana, que en todo tiempo y lugar, en todo acontecimiento, está el Dios vivo. Se lo digo, en un momento de confesión espontánea, a uno de los médicos que me atienden, que me responde, socarrón, con esa parcial verdad de toda socarronería (humor escéptico):

Una gracia, pero que no se repita!

Hospital de Navarra



Hospital de Navarra.
Noches sin sueño.
Mil alucinaciones
en mi cerebro.
Son tan variadas
y tan fantásticas,
que no me duermo.

***

Al hospital
no se va a morir,
sino a curar.

***

Entre la vida y la muerte,
entre alegrías y penas,
nunca el ser es más auténtico
ni la suma es más completa.

***

Imprescindible hospital,
que nos cuida y que nos cura,
¿por qué nos cae tan mal?

***

Angelito de mi guarda,
¡aquí te quiero!
Metáfora del Dios vivo,
¡aquí te espero!

Cólico Miserere

                     

 

                         Yo también me he librado -casi todos se libran, hoy día- de un cólico Miserere, llamado en tiempos así porque al cólico le seguía como remedio inmediato el Miserere (Salmo 50), que se cantaba en el funeral.
No tuve esos síntomas de los que hablan los libros: un dolor intenso y vómitos asociados a una oclusión intestinal, peritonitis o apendicitis, vólvulos, o hernia estrangulada.
Según una curiosa teoría, el  término griego eiléos (cólico iliaco) se transcribió al árabe como aaylawus y como aylawusn, que sonaba en griego como eleyson (apiádate, ten misericordia), y traducido al árabe por allahumma rham-m (Señor, ten piedad). Pero tal vez bastaba, fuera de cualquier teoría, asociar el doloroso cólico con el inmediato funeral posterior.
Recuerdo bien, como monaguillo desde los seis años, en los años cuarenta, aquellos viáticos, en los que participaba casi todo el pueblo, muchos con hachas encendidas, y sobre todo de noche. Los varios curas del pueblo iban cantando el Miserere, primera palabra del Salmo 50 en latín, segunda persona del imperativo del verbo deponente misereor (tener misericordia, apiadarse de). Nos decían después las indulgencias que ganábamos los que asistíamos al viático. Viático de suyo significa comida para el viaje y era el rito de llevar, entonces solemnemente, al Señor (la comunión) a las casas de los enfermos graves. ¡Aquella oscuridad, aquellas luces, aquel silencio, aquel Miserere lúgubre, aquellas estrechas habitaciones, aquellas caras de moribundos…, lo tengo en la retina para siempre.
¡Aquel cólico Miserere !

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Enfermedad

 

                                    Enfermedad (de in.firmitas, en latín) significa literalmente falta de firmeza, de fijación, de seguridad. El enfermo es, por antonomasia, un ser in-seguro, no seguro. La inseguridad es, más que el dolor, la quintaesencia de la enfermedad. 

«Anatomia de l´esperança»

 

                   Su autor, el filósofo catalán  Francesc Torralba, Premio Josep Pla en su 58 edición, reconoce en VN  que ha conocido la desesperación en primera persona, como Jesús la conoció en Getsemaní. Cuando uno constata la inconsistencia de su ser, su fragilidad ontológica, se rinde: Entonces se siente enigmáticamente empujado a seguir luchando: Una fuerza, que no procede de él, le sostiene y le propulsa a seguir.

En ese momento la comunidad juega un papel decisivo. También hallamos fuerza e inspiración en los textos sagrados, en las máximas estoicas, en la Palabra de Dios revelada en la historia…

La esperanza es incompatible con la inmediatez. Todo lo grande necesita tiempo. Pero la esperanza no es una garantía, ni una evidencia lógica o matemática. Se sitúa más allá de la expectativa racional. Si hablamos de una esperanza colectiva, tenemos que aprender a esperar en el talento, la inteligencia y la fuerza vital de las generaciones venideras, a practicar la virtud  ignorada de la paciencia.

Entre el ingenuismo, la melancolía y la nostalgia, por una parte, y, el derrotismo, por otra, hemos de aprender a articular un discurso que tenga legitimidad intelectual, que sea verosímil para  los hombres de nuestro tiempo, Y cita a los maestros Ernst Bloch, Gabriel Marcel, Albert Camus, Emmanuel Mounier, Simone Weil, Pedro Laín Entralgo…

                                                                                                                    

Chomsky y Epstein

 

                   El escándalo de la camaradería entre el santón de la progresía norteamericana y el pederasta Epstein nos enseña, una vez más, que no podemos encumbrar hasta los cielos a ciertos personajes públicos, ni venerarlos como referencias éticas supremas e incontrolables, ni siquiera como garantía de pureza personal.

Los poderes morales también pueden ser sospechosos.

De nuevo, la trampa de la izquierda-derecha

 

                       La trampa, de la que ni se dan cuenta del todo los trampeados, de la izquierda–derecha, es decir, la de dividir y oponer el mundo en dos, se hace más visible estos días, cuando se hacen ímprobos intentos por reaglutinar la izquierda bajo la férula de uno u otro líder partidista. Todos hablan de izquierda, sabiendo que cada uno quiere decir cosas diferentes, salvo querer gobernar o no dejar el gobierno, pero nadie se atreve a decirlo, y menos a denunciarlo. ¿Qué tiene que ver, vg., la falsa izquierda de BILDU con la ingenua izquierda de la Chunta Aragonesista? ¿O la izquierda independentista de ERC con la izquierda del Partido Comunista de España? Y así podríamos seguir.

Pero a todos les sirve la trampa binaria, grosera, inexacta, injusta, a veces ridícula, para ocultar lo que cada uno es: comunista, populista, independentista… y poder así intentar una coalición para engañar o seducir a más gente, tener más votos, entrar en algún Parlamento, no perder ministros en el gobierno nacional, etc.

Sin querer decirlo, lo dice el mismísimo Rufián -cuyo nombre se presta a juegos de habla, en los que no quiero caer-, cuando afirma, vg., con esa impostura tan suya, tan bilingüe:

– A la ultraderecha no se para con siglas, sino con pueblos.

Es decir, eso (la unión, la eficacia de la unión) no se consigue con meros nombres (derecha-izquierda), sino con pueblos (es decir, siendo partidos independentistas, o al menos soberanistas, deconstituyentes, que quieren cambiar  radicalmente la nación española). Pero la mayoría de esos partidos, por aberrantes que estén, no son en serio independentistas.

Y así en todo. Ya lo dijo hace tiempo uno de los primeros ideólogos de PODEMOS: que conoce 21 formas de feminismo y 27 de ecologistas… ¡Pero, entretanto, les sirve y les consuela la trampa de izquierda-derecha, es decir, dividir el mundo en dos!

Tras las elecciones en Aragón

 

              El PP no debiera, en ningún caso, abdicar de su consistencia de partido popular europeo, miembro de la familia de partidos que, teóricamente al menos, se fundamentan en los valores de la Europa de nuestros padres fundadores.

Titubeos, movimientos raros durante las campañas electorales, declaraciones ambiguas, falsos equilibrios no quiciados, movidos por el miedo o el interés urgente, que parecen inclinarse a otras opciones menos europeas, aunque bastardamente españolas, no hacen más que desnaturalizarlo y deslegitimarlo.

España y Europa entera no tienen sentido ni futuro sin esos valores y sin esos principios fundamentales, que necesitan siglos para llegar a ser.

Sean cuales sean las pretensiones de unos y las tentaciones de todos, la democracia de los fundadores europeos -los Schuman, Adenauer, De Gasperi…- es harto distinta de cualquier democracia insustancial, frívola, trivial, vana, vacía y huera.

Esperanza y belleza (I)

 

De la mano del poeta y escritor Antonio Praena, vamos a recorrer juntos una serie de etapas por el ancho campo de la creatividad, la belleza y la esperanza.

La esperanza, de la que habla Aristóteles en su Ética a Nicómaco,  y que recoge Tomás de Aquino en su Summa theologica, no es una virtud abstracta, ajena a las incertidumbres y zozobras de cada momento histórico. Las condiciones vitales e históricas modulan la esperanza; la pueden amordazar, la pueden  potenciar  o reducirla hasta convertirla en desesperación.

La esperanza es una fuerza activa. La esperanza -escribe Aristóteles-  es el sueño del hombre despierto. Visión, como se ve, consciente y activa del futuro. Está misma línea de pensamiento la comparte el  reciente Premio Princesa de Asturias, el surcoreano Byung-Chul Han en su libro El espíritu de la esperanza: una fuerza vital y transformadora en la sociedad contemporánea, en contraste con la sociedad del cansancio, que a menudo la caracteriza. La esperanza es un impulso hacia lo desconocido. No solo un sentimiento, sino también una práctica, una forma de relación con el futuro que nos permite imaginar y construir mundos diferentes.

Frente a la espera, pasiva, la esperanza, activa, se activa  y se alimenta de nuestro propio cuerpo, de nuestro propio apetito, de nuestra propia sed. No es una virtud asociada solamente a la potencia intelectiva del ser humano, sino una virtud asociada a la potencia volitiva, de desear y elegir, de activar y actuar, orientando la existencia el orden al fin deseado, a todo aquello que amamos por encima de todas las cosas, arriesgando en ello la propia vida.