¿Una gracia de Dios?

 

                                 Toda estancia en un hospital, y más si se trata de una operación quirúrgica, por leve que sea, es un saludable ejercicio de humildad, al vivir intensamente la limitación, la fragilidad del ser humano, devenido radicalmente dependiente, en las manos de Dios (si es creyente) y en las de médicos y enfermeras. Es igualmente un ejercicio de gratitud, debido a esa dependencia obligada y amable de los otros, vivencia que en tiempos normales de salud es mucho más difícil experimentar.

La incomodidad física, el dolor o las molestias, el alejamiento de la vida habitual cotidiana, los ruidos, los agobios, el desasosiego, aun en las mejores condiciones de hospitalización, propios de cualquier enfermedad, exigen un acendrado esfuerzo mental y físico, que se llaman paciencia y serenidad, para convertirse en una vivencia humanizada de la pequeña o grande desolación.

Creyendo firmemente en la implacabilidad de las leyes físico-químico-biológicas de la Naturaleza, no por eso dejo de creer en todo momento  que todo es gracia (presencia viva) de Dios. o, dicho más a la llana, que en todo tiempo y lugar, en todo acontecimiento, está el Dios vivo. Se lo digo, en un momento de confesión espontánea, a uno de los médicos que me atienden, que me responde, socarrón, con esa parcial verdad de toda socarronería (humor escéptico):

Una gracia, pero que no se repita!