De la mano del poeta y escritor Antonio Praena, vamos a recorrer juntos una serie de etapas por el ancho campo de la creatividad, la belleza y la esperanza.
La esperanza, de la que habla Aristóteles en su Ética a Nicómaco, y que recoge Tomás de Aquino en su Summa theologica, no es una virtud abstracta, ajena a las incertidumbres y zozobras de cada momento histórico. Las condiciones vitales e históricas modulan la esperanza; la pueden amordazar, la pueden potenciar o reducirla hasta convertirla en desesperación.
La esperanza es una fuerza activa. La esperanza -escribe Aristóteles- es el sueño del hombre despierto. Visión, como se ve, consciente y activa del futuro. Está misma línea de pensamiento la comparte el reciente Premio Princesa de Asturias, el surcoreano Byung-Chul Han en su libro El espíritu de la esperanza: una fuerza vital y transformadora en la sociedad contemporánea, en contraste con la sociedad del cansancio, que a menudo la caracteriza. La esperanza es un impulso hacia lo desconocido. No solo un sentimiento, sino también una práctica, una forma de relación con el futuro que nos permite imaginar y construir mundos diferentes.
Frente a la espera, pasiva, la esperanza, activa, se activa y se alimenta de nuestro propio cuerpo, de nuestro propio apetito, de nuestra propia sed. No es una virtud asociada solamente a la potencia intelectiva del ser humano, sino una virtud asociada a la potencia volitiva, de desear y elegir, de activar y actuar, orientando la existencia el orden al fin deseado, a todo aquello que amamos por encima de todas las cosas, arriesgando en ello la propia vida.