El escándalo de la camaradería entre el santón de la progresía norteamericana y el pederasta Epstein nos enseña, una vez más, que no podemos encumbrar hasta los cielos a ciertos personajes públicos, ni venerarlos como referencias éticas supremas e incontrolables, ni siquiera como garantía de pureza personal.
Los poderes morales también pueden ser sospechosos.