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Historia: la revisión continua

 

             Estoy dando los últimos toques a un nuevo libro de historia, escrito junto con mi amigo Enrique Jaurrieta, titulado Del Estatuto rechazado al Frente Popular (1932-1936) para Ediciones Eunate. Me viene a la memoria aquel gran historiador catalán y español, creador de la Escuela de Barcelona, que fue Jaume Vicens Vives (1910-1960), autor de libros memorables y rompedores – Aproximación a la historia de España o Noticia de Catalunya-, y fundador de una editorial ejemplar que lleva su nombre, del Centro de Estudios Históricos Internacional (CEH), y de las revistas Estudios de Historia Moderna y del Índice Histórico Español. Qué pronto se nos fue. Al abrirnos a las grandes corrientes historiográficas europeas, desnacionalizando ciertas historias románticas, nos enseñó a superar cualquier clase de dogmatismos y a aceptar todas las miradas posibles, a la hora de conocer e interpretar los hechos históricos.

Deber de cualquier historiador es  revisar de continuo lo escrito por sus antecesores, sometiendo a revisión lo que nos han contado, porque, además de que siempre o casi siempre hay algo que corregir, siempre o casi siempre suele haber algunos datos nuevos. O porque, desde el nuevo tiempo en que leemos y meditamos las viejas historias, el mundo ha cambiado lo suyo y los ideales, los intereses, los valores del historiador y de la sociedad en la que vive son distintos o diversos de los de otros tiempos, y puede ser conveniene y útil una nueva versión o intepretación de lo que entonces sucedió o dejó de suceder.

Lo que no tiene nada que ver con lo que se llama a veces torpemente revisionismo, negacionismo, y ni siquiera relativismo. Una sana crítica no es nada parecido a una destrucción. La negación puede ser tan saludable como la afirmación. Y el relativismo no quiere decir que sea imposibe conocer objetivamente el pasado, sino que puede haber varios accesos al conocimiento de uno o varios hechos y varias claves de interpretación de los mismos, que debemos atender en beneficio de la verdad (al menos, de la verdad histórica o conocible) y de la sociedad para la que pensamos, escribimos e historiamos.

Un santo de quince años

 

           Del Vaticano nos llegan buenas noticias. La primera, la visita del Presidente del Gobierno español al papa Francisco, digan lo que digan los eternos agoreros. Original ha sido la actuación del papa con la Delegación española. Pero no conozco las exactas palabras de Francisco, porque lo leido en la mejor prensa es siempre incompleto, y por eso no las comento hasta conocerlas de forma más segura.

Otra buena, excelente, noticia es la beatificación en Asís del joven italiano de quince años, Carlo Acutis (Londres, 1991- Monza, 2006). Guapo, simpático, extrovertido, buen estudiante en Milán, buen futbolista, buen amigo de sus muchos amigos, amante de la naturaleza, apasionado por la informática, enamorado desde niño de Jesús de Nazaret, que tenía la eucaristía como autopista hacia el cielo y mantenía una viva relación con Dios.

Rareza en la historia de los santos, no puede venir más oportuna su beatificación, y ojalá que esté pronta su canonización, aunque no haya ningún enfermo pretendidamente curado por él.  Oportuna, cuando estamos avezados a santos y santas fundadores / fundadoras de órdenes y congregaciones religiosas, y cuando no parece que vaya a quedar un papa sin canonizar… Por cierto, ¿no debieran excluirse, por principio, los papas de las listas de los santos, cuando son ellos los que los canonizan? Puede parece una broma irrespetuosa, pero no es esa mi intención. Ojalá volviéramos a la antigua costumbre de que el ejemplo y la fama de santidad fuera confirmada por el pueblo cristiano en cualquier lugar del mundo, a una con los responsables de la comunidad cristiana, sin más procesos administrativos y extraños, que no añaden nada a la santidad vivida y confunden no poco a muchos de los fieles católicos.

¿Un castro en Napal?

 

         Solo por ver los arces otoñeados en las riberas del Sadar, al salir de Pamplona, y los desfiles de chopos y álamos en las orillas de los ríos Erro, Irati y Salazar y de sus pequeños afluentes, con los últimos óxidos de octubre ya en vilo, merece la pena ir hasta un remoto rincón del Valle del Romanzado, al que no íbamos desde hace más de treinta años. Al entrar en el estrecho corredor que nos lleva, por Orradre, hasta Napal -uno de los pueblos más solitarios de Navarra-, el mismo color de belleza, nostalgia y despedida tienen los chopos que acompañan al barranco Zaloz, que baja desde la sierra de Ugarra.

Miramos con pena a la alta iglesia muda de Orradre, que nos mira con pena desde su alta soledad, y nos alegra cuando vemos, donde se cierra el valle por el este, bajo el Idocorri, dos grandes granjas de ovejas, junto a la torrecita de la iglesia de Napal, y, en la hilada de la media docena de casas, una  pintada de blanco, con ropa  tendida en un balcón, y dos casas más con plantas, con flores, con jardín, con vida. Nos informa Julio Asunción que Javier Armendáriz ha descubierto un nuevo castro de la la Edad de Hierro junto a la peña de abajo del pueblo. Y hasta ella nos vamos, pisando, por el extremo del terreno, la pieza de cereal, que ya asoma los primeros brotes verdes.

Encontremos algo o no, ya merece la pena llegar hasta el mismo escarpe de roca caliza gris, que corta abruptamente el cerro y lo divide en dos. Poco espeso, de más de cien metros de longitud y unos treinta de altura, tiene forma de arco alargado, en dirección este-oeste. O de diadema pétrea. O de  casco guerrero, que defendiera el lugar y hasta todo el valle. En el lado sur oímos unas voces entre el alto y denso matorral de bojes y hollagas, y resulta que son dos escaladores al pie de la roca, que parece en esta parte no cortada a cuchillo, sino a pico o a martillazos. Vemos arriba, a lo largo de toda la pared, las clavijas relucientes hincadas en la roca. Desde aqui nos cierra el horizonte el paredón azulado de la sierra de Leire, con el puntita del repetidor del Arangoiti, y ya cerca de nosotros, vemos la hondonada o foz de Arbayún, que ahondó el río Salazar, y el promontorio del despoblado de Iso, desde donde venían andando los niños a la escuela de Napal in illo tempore. Impresiona mucho tener tan cerca una roca casi perfecta, que surge del suelo, a la que se le puede tocar y medir. Por las grietas y agujeros del roquedo se agarran y crecen como pueden algunas encinas retorcidas y algunos bojes. Las avionetas del aeródromo de Lumbier no dejan durante todo el día de voler bajo este cielo.

Ya en la cara norte, vemos los montes de Areta y la sierra de Zariquieta, y al oeste, el imponente macizo de Izaga, con sus tres picos inconfundibles. La verdad es que el cerro arriba, con una singular defensa natural; el regacho abajo -que baja del chorrote, según nos dirán luego-; una serie de niveles que podemos imaginar fosos… nos hacen posible un castro protohistórico, pero no tenemos muchos más elementos de convicción. Unos agujeros cuadrangulares, que parecen excavados en la roca, los tiene J. Armendáriz por pechinales para encastrar la muralla de madera defensiva en la roca. En cambio, Asunción ve mucho más probable un santuario o cosa parecida de los adoradores del sol: sobre todo por la orientación del escarpe. ¿Subían hasta aquí los pastores que levantaron los dólmenes cercanos de Ugarra? Hasta un agujero completo en la escarpadura lo tiene como votivo. Y con cierto humor, cree ver una cara rocosa, apuntada en el extremo oriental del acantilado rural. Nosotros, sientiéndolo mucho, somos entre menos imaginativos y más escépticos.

Al bajar, hablamos con una familia que viene los fines de semana. No habían oído nunca sobre un poblado antiguo en la peña de abajo, muchos siglos antes que de que apareciera Napal. Almorzamos un poco más adelante, desde donde vemos bien, al otro lado del regacho, el pequeño camposanto, guardado por dos grandes cedros. Tenemos allí ocasión de hablar con la mujer del pastor, que viene de llevar en el coche un bocadillo a su marido, que está con el rebaño en Orradre. Son los dueños de las dos granjas, y se queja de los precios, de los efectos de la pandemia en el sector… Tampoco ella sabe nada una tradición sobre antiguos habitantes en esa peña, pero sí más arriba, donde los dólmenes. No le decimos que hace más de treinta años les vimos a ella y a su marido, con dos niños, y un rebaño de ovejas.

Al salir del pueblo, evocamos aquella excursión que seguía hacia San Esteban de Ugarra y por las foces del Ugarra y del Ugarrón. Al pasar por Orradre, ahí está el rebaño del pastor de Napal. Dejamos pronto el Romanzado y nos metemos por tierras de Urraúl Bajo y de Lónguida, entre sembradíos de tierra blanca hasta llegar a los de tierra roja. Vemos varias máquinas sembradoras aprovechando el buen tempero de esta tarde de octubre. Terminamos contemplando de nuevo los canecillos de la iglesia románica de la Purificación, de Villaveta; paseamos un rato a orillas del río Erro, ya próximo a su desembocadura. Y aun tenemos luz para volver  a ver la piedra de Roldán en la siempre majestuosa plaza de Urroz-Villa.

La belleza que vence a la desarmonía

 

            Cuando veo, día tras día, la mediocridad general de la política y de los políticos españoles; el cainismo ambiente; su demagogia despampanante; su nulo patriotismo; su ausente autocrítica, y cómo entre todos están desgarrando España, la Nación, en la que no creen unos, y la creen solo suya  otros, recuerdo el hartazgo y hasta la condena de la política que Albert Camus expresó en aquel ensayo que tanto me impresionó en mi juventud, titulado L´Homme révolté. La libertad no puede darse sin el compromiso, pero la libertad total no existe. Es despreciable la revolución que no contenga la inteligencia. La violencia es rechazable, pero  necesaria en ciertas circunstancias. Por eso el rebelde se halla en una eterna contradicción, porque busca el bien pero el bien no se consigue sin el mal (la violencia).

Rebelado contra la izquierda, y sobre todo contra el Partido Comunista, que sustentó su vida en Argelia y en Francia, por ideológico, por excesivo, por enquistado, por irreal, por fanático, ve que la única rebeldía posible es la del artista. La escritura es la única rebelión posible contra toda ideología. Y desde entonces solo vive para el arte, único espacio, dice, donde no anida la traición. Para Camus, solo la belleza puede vencer la desarmonía de la vida. Solo a través de la armonía, del arte que quiere cambiar el mundo, se puede empezar de nuevo, alejando todo lo que queda atrás.

Su posterior entusiasmo por la Divina Comedia, visible en La chute, y por la obra de Dostoyevsky, especialmente por Los demonios -cuya adaptación se esfuerza por poner en marcha- y sobre todo por Crimen y Castigo, revelan la sintonía con el espíritu del novelista ruso, tan desconfiado de socialismo alguno y hasta de ciertos humanitarismos.

Las razones de Chesterton para hacerse católico

 

         Hijo de familia rica, culta y liberal anglicana,  pronto dio Gilbert Kheit Chesterton (1874-1936) sospechosas muestras de amor a la Virgen María y de admiración por ciertos  santos cristianos (Francisco de Asís, Tomás de Aquino, Francisco de Javier…); había vapuleado en sus temprano libro Herejes a ciertos intelectuales ingleses contemporáneos (Shaw, Huxley, Spencer, Russell…); miembro de la socialista Fabian Society, y entusiasta de la Rerum Novarum de León XIII, había criticado la decadente Iglesia anglicana y victoriana en el Imperio Británico, más política que espiritual y aliada a la clase plutocrática; y, vitalista y bon vivant como era, le disgustaban harto los predicadores puritanos de su Iglesia, más partidarios de la predestinación que de la misericordia de Dios. Su amistad con su amigo el historiador Hilaire Belloc, trambién converso, y con otros como él, le ayudó también mucho en su decisión, que la tomó cuando también la tomó su mujer, Cecile.

El primer gran valor que G. K. Chesterton había descuubierto en la Iglesia Católica fue la universalidad. Una Iglesia, lugar de salvación para todos sin distinción, peregrina en todos los países del mundo y encarnada en toda clase de gentes, sin distinción de etnias, lenguas, colores de la piel y condición económica. Y junto con la universalidad, su juventud renovada. Había cometido muchos errores, pero siempre conservó lo esencial y fue fiel al legado decisivo de Jesús; había sido perseguida por muchos, pero siempre había sabido superar las persecuciones; había pasado por muchas crisis, pero siempre había podido aprender de ellas, volver a sus principios fundantes y continuar su camino por la historia. Universal y joven sempiterna, al Chesterton humanista, escritor y buen paladeador de la vida, le convence y mucho, la sacramentalidad de esa misma  Iglesia, fundada en  Cristo, humano y divino, y de ahí, la profunda armonía entre lo natural y lo sobrenatural, entre el alma y el cuerpo, el cielo y el suelo, entre Dios y el hombre mortal. Y por ende, a Chesterton le gustan el divino materialismo de los sacramentos católicos, la liturgia, los ritos, las fiestas populares, las imágenes de los santos (sobre todo su santo bioografiado Francisco de Asís, y toda la tradición franciscana)…

 

Sanidad: el ejemplo alemán

 

            Leo en un número especial de un revista española, dedicado a Alemania, lo que cuenta Rosa Kistmacher, trabajadora social y pedagoga, sobre la Sanidad en su país. Comienza diciéndonos que el sistema de seguro obligatorio de enfermedad en Alemania es la rama más antigua de la Seguridad Social, desde 1883, y que hoy en día el 90 por ciento de la población alemana tiene un seguro público de salud. El restante 10 por ciento tiene un seguro de salud privado. La diferencia mayor con España no es esa, precisamente, sino que en Alemania se paga una contribución más alta, un 15′ 5  por ciento del sueldo bruto, del cual la mitad paga la empresa y la otra mitad el trabajador. Aparte del seguro público de salud, todos contribuyen al seguro de pensiones o de renta, al seguro en caso de necesitar cuidados, y al seguro contra accidentes. Sumadas  todas las contribuciones, la tasa llega al 40´35 por ciento, mientras en España  alcanza solo el 28´3 por ciento, de las que solo un 4´7 recae en el trabajador. ¿Quién paga todo eso en España?, se pregunta la trabajadora social.

Enfermo el sistema basado en personas con una esperanza de vida de unos 60 años, en Alemania introdujeron el copago. Y cada trimestre cada alemán paga 10 euros. Y en caso de necesitar medicación, lo normal es que el paciente pague un 10 por ciento del coste. Eso si, allí la Seguridad asume los costos de muletas, sillas de ruedas y material ortopédico necesario.

Pero lo más importante, pensando sobre todo en el fracaso español de la gestión de la pandemia y de la sindemia, viene ahora: No entiendo –añade Kistmacher– para nada la gestión autonómica de un servicio tan básico e igual para todos los españoles como la sanidad.

¿Qué diría, qué dirá, al enterarse del nuevo fracaso, esta misma tarde, de esa Comisión Interterritorial que sufrimos, compuesta por 19 Consejeros de Sanidad (presididos protocolariamente por un Ministro de nombre), que sólo saben hablar de sus intereses políticos paisanales?

¿Qué añade el cristianismo?

 

      La pregunta solía y suele ser casi siempre la misma: ¿qué añade la religión a la razón, qué dice de nuevo, en qué la completa en el terreno de la moralidad humana? La respuesta clásica dentro de la Iglesia suele ser que, si la religión necesita de la razón paa evitar la tentación del fundamentalismo, la razón necesita de la religión para evitar el peligro de la indiferencia moral. Pero para los defensores de la autonomía de la razón, esta es muy capaz de encontrar por si misma las verdades morales fundamentales y de universalizar las máximas morales, como nos enseñó Kant. Lo que no quiere decir que la religión no ayude a la razón en este punto tan decisivo como delicado.

Lo que parece fuera de toda duda es que la religión proporciona las motivaciones para que la razón active su naturaleza universalizadora del acto ético, gratuito e incondicional, respondiendo a la pregunta que se hacía Simone Weil: ¿Dónde encontrar la energía para un acto sin contrapartida? La aportación de la religión cristiana a una razón ética y política, que aspira a la fraternidad, no es otra que la experiencia de una filiación divina, que lleva consigo la exigencia de esa fraternidad-sororidad.

El filósofo agnóstico alemán Jurgen Habermas reconoce a la religión el rol de fuente que alimenta las virtudes políticas. Escribe a este respecto: Las virtudes políticas son esenciales para la existencia de una democracia. (…) Resulta en interés del propio Estado constitucional cuidar la relación con todas las fuentes culturales de las que se alimenta la conciencia normativa y la solidaridad de los ciudadanos.

Soneto del 2020

 

   José Antonio Arzoz, ya conocido en este Cuaderno, sigue haciendo sonetos en su activo retiro de Acedo. En este caso, el que me envía sobre el tema de los temas en todo el mundo:

 

Dos mil veinte, de nuevo confinados:
orgullosos por ser independientes,
nos declaramos autosuficientes,
sin reparar que había rezagados.

Hoy nos sentimos todos humillados
porque el virus nos hace ser conscientes
de que solo seremos resilientes,
si aceptamos vivir globalizados.

Las máscaras no harán humanidad,
mas si aceptamos todos compartir,
saldremos de esta crisis más humanos.

Un mensaje a nuestra fragilidad:
buscar en armonía convivir,
teniendo siempe abiertas las dos manos.

 

 

 

 

Por la calzada romana de Belate (y II)

 

           Saltamos la escalerilla de madera, que nos introduce en el llamado Ermitako Lepoa (El cuello-collado de la ermita). El edificio rectangular que veíamos al subir es el refugio-ermita (aterpe-baseliza) de Santiago, levantado por los Amigos del Camino de Santiago del Baztán el año 2016, con la ayuda de algunos ayuntamientos y donativos de particulares. Lo construyeron sobre los restos de la ermita del siglo XII, con buenos sillares baztaneses, entrada salediza al sur y una diminuta linterna coronada por una cruz. En una vitrina se conservan algunos pequeños objetos encontrados en los trabajos de la reconstrucción. Los desmontes de tierra y la valla de seguridad que rodea los alrededores del refugio afean bastante el conjunto. Hay una familia comiendo en una mesita de piedra  dentro del perímetro del recinto.

Rebrillan al sol las crines royas y morenas de las yeguas que pastan, apacibles. Un cromlec, fácil de ver, se extiende ante nosotros; tal vez  hay alguno más. Pero sobre todo vemos de frente el glorioso corredor de la calzada romana, que sigue segura hacia el este, escoltada por una veintena de monolitos, que es la estampa que yo tenía en la cabeza. Plantados por el hombre al lado norte de la vía, sobre la pendiente,  algunos de ellos se han doblegado al ímpetu de los elementos seculares, sobre todo por la cesión del terreno. No creo que se trate de menhires protohistóricos, que serían demasiados en este concreto lugar, o que hayan sido arrastrados hasta aqui desde otros yacimientos próximos. Pienso que los romanos los colocaron aqui para asegurar la visibilidad de la calzada, aún con las grandes losas laterales al descubierto, en tiempo de nieve y de niebla, muy frecuentes aqui, y mucho más entonces. El enigma es de dónde pudieron arrancar tales moles. Como de costumbre, beso una de estas piedras memorables y me abrazo a ella, en comunión de universalidad, perennidad y belleza.

Seguimos un rato por la calzada, que sigue hasta Berroeta, paralela a la carretera actual, bajando hasta la regata Marín, sin perder la anchura entre 2´5 y 4 metros, pero perdiendo en buena parte la visibilidad del enlosado, manteniendo mejor, y no siempre, el espacio de la caja. Antes de volver, damos una vuelta por el paisaje: Allí lejos, la blanca tiza de Larrun, el barrio fronterizo y comercial de Bera. Mucho más cerca, frente a nosotros, los restos del fuerte carlista, que hace muchos años visité y describí.  A un tiro de piedra el cerro rocoso de Urdanbidegi -¿una de las canteras primitivas?-, que el montañero y escritor Julio Asunción alcanzó y donde descubrió el dolmen de Matracola. Nos cuenta también en su libro tan útil sus ascensos a los cercanos montes de Azkenatz y Gartzaga, objetivos de muchos montañeros de esta mañana, donde encontró varios cromlechs y menhires.

Bajamos, como subimos, dudando, perdiéndonos y encontrándonos, mucho más lentos que otros más jóvenes. Vemos que dejamos, al partir, una ventana abierta en el coche, pero no pasó nada raro. Intentamos luego subir  hasta la ermita de Santiago, a donde vimos subir en coche a varios paisanos, pero hay en el acceso una puerta de metal que impide el paso. Como ningún sitio nos parece cómodo antes de cruzar el Puerto, bajamos hasta Almandoz y almorzamos en el parque, debajo del pueblo, junto a una fuente, donde nos miman el sol y el silencio.

Y, por ver los primeros colores del otoño baztanés, en honor de Ana Mari Marín, llegamos hasta el castiilo de Amaiur, cuyo ascenso es más llevadero que el de Belate. Todavía está el sol sobre el macizo que ahora nos cierra la visión última, mientras el Gorramendi megalítico, que tenemos encima, tapiza sus laderas con helechos otoñados, en contraste con el gris hosco de su cima pelada. Qué blanco el camposanto escalonado de Amaiur, y qué lindo el desfile de casas, de blanco y hastial, desde el palacio a la iglesia.

Vemos in situ los últimos trabajos de reconstrucción del castillo medieval y sus refuerzos en 1512-1522. Izan zirelako gara, gareleko izanen dira, dice un cartelito colgado, como si nada, en el paseo de ronda de la segunda muralla medieval, elogiando la propia obra llevada a cabo. El refrán se puede leer de muchas maneras. No de muchas maneras se puede tolerar, en cambio, que toda esta obra monumental la presida una bandera no oficial de Navarra, propia de un determinado partido o movimiento, signo que se repite varias veces en el recinto. ¿Esto es territorio navarro o territorio de Udalbiltza, uno de los firmantes del panel del castillo?

 

Por la calzada romana de Belate (I)

 

                 Tantas veces viendo aquellos altos mojones desde la carretera y hasta desde el frontero Fuerte carlista y nunca viéndolos de cerca… Asi que volvemos a entrar por la pista que nos llevó un día hasta el Monasterio, más bien Priorato, de Belate.  Entrada llena de coches, como de costumbre, los sábados y domingos. Un curioso panel con un mapa del sendero GR-12, se titula: Senderos de Euskalerría. La mañana de octubre, el mes más hermoso del año, está limpia y jubilosa y se refleja en el robledal, levemente enrojecido, del vallecico del Ultzama, que ya se llama así y corre ya sonoro, siendo solo uno de los muchos afluentes que nutren al río hecho y derecho, afluente a su vez del Arga. Ha llovido la noche y el día anteriores, y por la pista corren multitud de regatillos, que se desbocan sobre la vallonada. Vuelven varias parejas y grupos de gente joven y madura, que han salido al monte muy temprano, como los buenos montañeros y senderistas. Algunos también vienen todavía detrás de nosotros.

El camino es cómodo, excepto en un pequeño repecho. La vía romana, que por aquí ni se insinúa y que seguramente se construyó sobre otra vía anterior, rompe la continuidad del hayedo, al que antes hundió la fuerza del pequeño río. El hayedo continua espeso a nuestra izquierda, y algunas hayas crecen entre grandes piedras o retuercen sus troncos para desasirse de ellas, que es cosa de ver. Vemos allí arriba arriba unas yeguas. Cuando ya llegamos cerca del Priorato y estamos a punto de ver claramente el inicio de la calzada que sube hasta el collado, damos con nuestros amigos, también mascarillados, Sonsoles y Emilio, a quienes nos cuesta reconocer y que ya vuelven de su excursión. Con ellos echamos cuatro risas.

Sí, aqui está la calzada romana con una anchura de cuatro metros, con las losas verticales a los dos lados, construida con la piedra que aflora en el lugar. Puede corresponder a la vía número 34 del Itinerario de Antonino, y, en cualquier caso, fue una ruta que comunicaba la Hispania Citerior con las Galias. Solo en pequeños tramos la calzada se conserva entera y visible entre el bajo matorral que la cubre casi por completo o por completo en la mayor parte del ascenso. Por otra parte, las corrientes de agua que bajan tras las lluvias ha enfangado muchos de sus espacios. Dudamos una y otra vez por dónde subir, como haremos después por dónde bajar. Pasa una pareja joven, ya de vuelta de la subida al Saioa, y les preguntamos por la calzada de arriba. No saben de qué va y les sorprende que estemos pisando todos esa misma calzada. A veces el derrumbe del trazado de la vía romana ha dejado la ruta llena de piedras y desniveles, lo que dificulta el ascender, por lo que los caminantes cambian con frecuencia de sendero o lo hacen de nuevo.

Nos volvemos de vez en cuando, mientras tomamos aliento, hacia lo que queda del viejo Priorato-Hospital de pegrinos (1.160) en el Camino de Santiago desde el Baztán a Pamplona, un día muy poderoso en posesiones e influencia. Fue hospital mixto, a la manera del tiempo, con prior y priora, religiosas y religiosos. Tan aislado y tan a la intemperie, sobre todo cuando las peregrinaciones decayeron, padeció a lo largo del tiempo incendios y saqueos, incluso por parte de las tropas de don Juan de Labrit, en 1513, cuando volvían de ser derrotadas en Pamplona, y perseguidas de cerca por las tropas guipuizcoanas/castellanas. Incendiado en 1764 y devastado por las tropas de la Convención, terminó siendo una venta.

Desde aquí nos aparece la iglesia de Santa Maria la Real de Belate como una gran tortuga rectangular de siglos, bajo caparazón de lajas, con cinco patas de contrafuertes a cada lado y boca románica apuntada  con cuatro arquivoltas. Quieta, muda, impasible. Alguien más espiritual que yo la verá tal vez como una continua e intensa oración colectiva, anclada en la eternidad relativa del tiempo y del espacio, en medio de la implacable y divina Naturaleza. La primera vez que la vimos, pastaban vacas en una era contigua, bien vallada, y en la era paralela, también vallada, contigua a la antigua hospedería-hospital, que algunos llaman monasterio, frente a la iglesia. Hoy no vemos vacas, pero el tejado colorado de este segundo edificio, en forma de caserío, desentona sobradamente. Mejor alzar un poco más la vista y descansar en el hayerío superior.

En nuestra ascensión nos guían los colores rojo y blanco de la GR-12, que se cruzan a veces con las flechas amarillas del Camino de Santiago, que desde el Norte de Navarra, por la calzada romana, llegaba hasta el Priorato-Hospital, y que en el último kilómetro se desvía del camino madre para descender, autónomo, hasta su destino.