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«A quién obedece el fiscal Maza?»

 

         Así termina el director adjunto de La Vanguardia, Enric Giuliana, un periodista de reconocido prestigio, que vive en Madrid, y a quien yo le sigo desde hace mucho tiempo. Pero hoy ha cometido un grave error con esa última pregunta. Porque no sólo anima, sino que hasta obliga a preguntarse a cualquier lector, esté o no de acuerdo con lo que sostiene en su artículo el periodista catalán: ¿A quién obedece el periodista Giuliana? (¿Al director de La Vanguardia? ¿A su propietario, el condé de Godó? ¿Al partido político, al que vota (sea el que sea)?. Y así podríamos seguir, poniendo en duda, torpemente, su profesionalidad y su ética.

Otoño en Quinto Real

 

En el hondo y frondoso macizo de Quinto Real
se deja querer, resistente, el otoño ensimismado,
intacto por la falta de frío, de viento, de lluvias y de nieves.
Ya arrojaron a tierra los castaños longevos
el peso de sus torvos, fructíferos, erizos.
La belleza infalible, que ignora las fronteras,
nos lleva y nos trae, encantados, fruentes,
de vallada en vallada, de collado en collado,
mientras pastan yeguadas rojizas por los soles
en la arista ventosa más alta de los montes.
Manantiales del Arga fronterizo
y el congosto fluvial, quebrado, de Artesiaga,
bullicioso de argales afluentes,
son la música leve que alegra y sostiene
la silente y solemne ceremonia de la tarde.
Compiten primorosos en fervores otoñales
las hayas, los serbales, los arces, los tilos, los cerezos.
Callan de sombras los hercúleos robles cenizosos.
Y los pinos intrusos preparan su revancha invernal.

El parto de los montes

 

Me viene a la cabeza la fábula de Esopo, traducida por Samaniego:

     Estos montes que al mundo estremecieron
     un ratoncillo fue lo que parieron.

Citar la Epistola ad Pisones de Horacio es tal vez más solemne, aunque diga lo mismo:

    Parturient montes: nascetur ridiculus mus.

Perdida ya toda dignidad política, tras su fuga a Bélgica, me atrevo a jugar rítmicamente con el apellido del ex president catalán Puig-de-mont (Cima de monte), y su deriva o resultado final:

   Herencia de Puigdemont:
   un ridículo ratón.

El ratón / de Puigdemont.

El déficit nacional de la izquierda

 

        En los años veinte y treinta muchas voces de la derecha española -utilizo los viejos términos, ya tan devaluados, para entendernos- reprochaban a menudo a la izquierda española su déficit nacional, su déficit patriótico. La cosa venía, comentaban, desde el judío apátrida Carlos Marx, y, después, desde sus discípulos, sobre todo rusos, cuando no les convenía, como a Stalin, echar mano de la Patria, de la Madre Rusia, especialmente en tiempo de guerra. Ayer, en la magna y nueva manifestación por la unidad de España, alguien preparó bien las cosas para que la izquierda apareciera nacional y patriótica. Repitió Borrell; apareció por fin Iceta llevando la pancarta entre dos pesos pesados del PP, y sin que le molestaran, al parecer, las múltiples banderas españolas, que jamás aparecen en los actos del PSC. Pero el acontecimiento principàl fue el vehemente fervorín de Francisco Frutos, sedicente botifler (traidor) al racismo identitario, a  la izquierda que baila el agua al nacionalismo,  y  decidido defensor de España, de su unidad, de sus símbolos… No me extraña que el títere Garzón y todos los pocos comunistas o izquierdaunidistas que todavía quedan por ahí se retorcieran de rabia, Frutos, secretario general del PCE durante once años y después coordinador de IU, llegó a evocar a los poetas comunistas españoles que cantaron a España. Lástima que a su oratoria vibrante no añadiera algunos de esos versos: de los Alberti, Hernández, Vallejo, Neruda, Bergamín, Prados Otero, Celaya… Muchas veces los he evocado yo también, no por su errónea y nefasta política, sino por sus excelentes poemas patrióticos. Quién me iba a decir que se lo oiría al veterano Paco Frutos, en Barcelona -donde CC. OO. y UGT se han enredado durante años en las telas de la araña independentista-, y en una manifestación popular por la unidad de España.

Retablos góticos

 

    Los llamados gótico internacional e hispano-flamenco son los los estilos de algunos de los mejores retalos navarros en los siglos XV y XVI.

Solían encargarlos autoridades religiosas y civiles, o comitentes (donantes)  particulares.  Como este Charles Pasquier de Agorreta, copero mayor de la princesa doña Leonor, que de ella recibió el señorío de Barillas, junto al castillo-palacio, el año 1466. Aqui lo vemos, cabe a su  esposa, a los pies del fulgente arcángel. Algo de bueno hicieron, como se ve, encargando esta obra estupenda de arte, además de haber dado al vecino monasterio cisterciense de Tulebras en su hija Ana una abadesa de mucho trapío.

Es tan delicado y gracioso este San Miguel, tan alado y sexualmente fronterizo, que hasta ese bocazas de dragón no tiene ansia de rebelársele. Esas manos de seda, esos ojos soñadores, esa boca frutal, esa diadema cortesana…

Si los vivos colores, rojoss, azules,  negros o granates, deescriben las realidades terrenas, sus oros y dorados nos hacen patentes las celestiales.

A la escuela aragonesa, a la que pertenece este regalo de los ojos (¿ Jaime Huguet?), le debemos en Navarra, especialmene a través de Pedro Díaz de Oviedo -asentado en Tudela- y de sus discípulos, retablos de primera calidad en las catedrales de Pamplona y Tudela, y en las iglesias de Cascante, Artajona o Los Arcos.

El genio de Jan Van Eyek, del Maestro de Flémalle y de Roger Van der Weydeen los ilumina a todos.

Una música liberadora

 

          Si desde Pitágoras, al menos, la música aplaca a las fieras, y libera y purifica a los hombres, puede todavía causar los mismos efectos catárticos, incluso en el peor momento de la crisis a la que nos ha llevado la locura del independentismo catalán. Y eso es que lo que hizo con muchos de nosostros en el teatro Gayarre, este último lunes, de la mano, de las finas manos de  Lukas y Arthur Jussen, tan hermanos, tan jóvenes, tan rubios, tan altos, tan guapos, tan elegantes, tan modernos, tan holandeses. Aunque nuestro penetrante crítico Xabier Armendáriz nos diga que al segundo de ellos le faltó carga dramática en la interpretación de la Sonata en La bemol mayor, op. 110, de Beethoven, la única pieza del concierto que yo conocía, la disfruté sin reservas, desde el moderato cantabile del primer movimiento al arioso dolente del movimiento final, dentro de esa eufórica autoinmolación del genio o expresión musical de una convulsión íntima de la vida, según de sus mejores críticos. A la  magna Fantasía D. 940, de Schubert, y a la Sonata núm. 3 de Chopin llegué ya con la fantasía cansada y la cabeza atribulada por un persistente catarro, y sólo me despabilé ante la Noche, del turco Fazil  Say, una obra escrita expresamente para los dos pianistas, que la ejecutaron con brilantez y continuos juegos de manos con el piano exterior e interior. Y me olvidé de Puigdemont, Jonqueras, Forcadell, y… hasta de Romeva.

Una gran satisfacción

 

         Por fin, una gran satisfacción, después de  tanto sufrimiento. Lo que hoy han dicho, gritado, cantado, votado… los independentistas catalanes no es nuevo. Lo hemos visto y oído muchas veces durante estos últimos años. Ya lo sabíamos, no nos ha cogido de nuevas. Y hoy conocemos por fin la decisión, dentro de la unidad constitucional de la gran mayoría de los españoles, no del Gobierno de Rajoy ni del Gobierno del PP, sino del Gobierno español, del Gobierno de España, del Gobierno de la Nación y del Gobierno del Estado, que nos representa a todos. Una versión la más suave posible de la aplicación del artículo 155, votada hace unas horas por el Senado, con la rápida convocatoria de las elecciones autonómicas el día 21 de diciembre, en vísperas de la Navidad. Una gran satisfacción.

El poder no es la felicidad

 

Si la compasión es el fundamento de la cultura, quien desprecia y rechaza la compasión es un hombre enfermo. Aunque se llame Nietzsche. El bien no consiste en conseguir o aumentar el poder. Las causas de la felicidad, como las de la desdicha, son muchas y complejas. Pero no hay felicidad sin compasión. Tampoco con todo el poder posible.

La Piedad de Casalarreina

 

        Conocíamos Casalarreina, villa histórica riojana, de unos 1.200 habitantes, rica en frondas, arboledas y parques, en el extremo norte occidental de La Rioja, por donde los vascones, vecinos de los celtíberos, dejaron huella lingüÍstica en los nombres de algunos  pueblos, terminados en –uri. Perteneció a la familia Haro y fue donada, a finales del XII, poco antes de que el territorio navarro de la Rioja pasara a Castilla (1177), por la viuda de López Díaz I de Haro al monasterio de Cañas, que la vendió a su vez, dos siglos después, a la villa mayor de Haro. En 1511 pasó a pertenecer a los Fernández de Velasco (Condes de Haro), año en que la villa fue morada de la reina doña Juana de Castilla (Juana la Loca), madre de Carlos I, cuando se alojó en el palacio de los Condestables, y la villa cambió su nombre vasco de Naharruri por el actual. Hemos visto este solemne palacio renacentista de cuatro plantas de sillería, sobre la ribera del río Oja, parcialmente derrumbado y casi siempre parcialmente en obras de restauracion. También nos hemos detenido otras veces ante el palacio barroco de los Pobes y visitado el templo parroquial de San Martín, del siglo XVI y siguientes. Pero nunca coincidíamos con la hora exacta de las visitas guiadas al monasterio de Nuestra Señora de la Piedad, la joya de Casalarreina, en la Plaza de Santo Domingo. Unos minutos más tarde de las cinco llega hoy la dicharachera y animada guía oficial del monumento histórico-artístico nacional, habitado desde su fundación en 1524 hasta hoy por religiosas dominicas contemplativas de clausura. Durante muchos años parte de las dependencias se destinaron a usos educativos: el colegio de San Nicolás y el colegio de señoritas de N. S. de la Piedad  -hoy, un hotel moderno-, donde se impartían clases de cultura y varios idiomas a un selecto alumnado femenino, procedente de la burguesía y de los señoríos del Norte de España. Qué fiesta mayor de arte gótico flamígero y de primitivo renacimiento, gracias a Juan de Rasines, Felipe Vigarny o Gil de Ontañón,  en la alta, luminosa e inmensa iglesia, con bóvedas de crucería bellísima; en su coro inmenso con sillería plateresca; en el soberbio retablo mayor barroco, con tallas de los navarros Juan de Biniés, Pedro Martínez, Juan de Lumbier y Pedro Fuentes; en el claustro mayor, de siete tramos por crujía y dos pisos, Y sobre todo, qué fiesta plateresca en la portada de la iglesia, labrada en piedra a modo de retablo y guarnecida por un atrio abierto con tres arcos de medio punto: toda una síntesis de lo sacro y lo profano del tiempo; un monumento funerario a Cristo paciente, como Hombre Nuevo que viene a salvar al Hombre Viejo. Decorado todo el conjunto con figurillas humanas de corte alegórico: ángeles, putti, conchas, jarrones, flores y labor de bordado a candelieri, motivos todos del arte plateresco. La guía oficial tiene suficiente motivo para hacer explicaciones pintorescas y humoradas, pero se olvida del carácter sacro del lugar y hasta del bueno de Juan Fernández de Velasco, retoño de la Casa, obispo de Calahorra, promotor de la obra. sepultado en medio de la nave bajo una losa de mármol rojo, con el epitafio: ¡Oh, Jesús, no mires mis males porque no olvides tu nombre! Camino de Roma, el papa electo Adriano VI, preceptor del emperador, que pernoctó en el palacio de los Condestables, consagró el templo el 13 de marzo de 1522, – Dicen los casalarreinanos que es el único templo español consagrado por un papa.