Una música liberadora

 

          Si desde Pitágoras, al menos, la música aplaca a las fieras, y libera y purifica a los hombres, puede todavía causar los mismos efectos catárticos, incluso en el peor momento de la crisis a la que nos ha llevado la locura del independentismo catalán. Y eso es que lo que hizo con muchos de nosostros en el teatro Gayarre, este último lunes, de la mano, de las finas manos de  Lukas y Arthur Jussen, tan hermanos, tan jóvenes, tan rubios, tan altos, tan guapos, tan elegantes, tan modernos, tan holandeses. Aunque nuestro penetrante crítico Xabier Armendáriz nos diga que al segundo de ellos le faltó carga dramática en la interpretación de la Sonata en La bemol mayor, op. 110, de Beethoven, la única pieza del concierto que yo conocía, la disfruté sin reservas, desde el moderato cantabile del primer movimiento al arioso dolente del movimiento final, dentro de esa eufórica autoinmolación del genio o expresión musical de una convulsión íntima de la vida, según de sus mejores críticos. A la  magna Fantasía D. 940, de Schubert, y a la Sonata núm. 3 de Chopin llegué ya con la fantasía cansada y la cabeza atribulada por un persistente catarro, y sólo me despabilé ante la Noche, del turco Fazil  Say, una obra escrita expresamente para los dos pianistas, que la ejecutaron con brilantez y continuos juegos de manos con el piano exterior e interior. Y me olvidé de Puigdemont, Jonqueras, Forcadell, y… hasta de Romeva.