Archivo del Autor: vmarbeloa

Adoración del Niño, Guirlandaio

 

La Virgen adora al Niño,
de rodillas, celestial.

San José sigue pensando,
piensa que te pensarás,

La mula y el buey, pasmados,
han dejado de yantar.

Y el Niño se da una vuelta
sobre el cojín que le han puesto,
aburrido de posar.

La adoración de los pastores, Giorgione

 

-Deja de rezar, María,
deja de mirar, José,
los  dos  tan abrigaditos
junto a la mula y el buey.
¿Cómo es posible que al niño
le tengáis así, rediez?

Que se va a coger un pasmo,
que pa qué…

Por Dios, metedle en la gruta
y abrigadle luego bien,
Y no le saquéis más veces,
venga quien le venga a ver.

Que se va a coger un pasmo,
que pa qué…

Y estos pesados pastores,
que no vuelvan otra vez,
ni a horas intempestivas,
ni en turnos de dos o tres.

Que se va a coger un pasmo,
que pa qué…

Retablo Paumgartner, Durero

 

Bajo los arcos de bellos y solemnes
edificios,

pintó Durero
un belén muy distinto.
Salvo la  hermosa María, de azul,
y el vejestorio, de rojo, José,
que rodean al niño,
desnudo,
chiquito,
todos son chiquitos como él
en los planos cercanos del tríptico.

¡No iban a ser
mayores que el Niño!

A un lado, los hermanos Paumgartner,
poderosos, distinguidos,
blandiendo sus escudos
nobilísimos,
y, al otro, las hermanas de la casa,
con galantes y pomposos vestidos.

¡No iban a ser
mayores que el Niño!

A la flor y nata de la rica Nüremberg,
sus mecenas y amigos,
Durero se atrevió a pintarlos
menuditos.
como el niño en los pañales,
igual que sus angelitos.

¡No iban a ser
mayores que el Niño!

 

La adoración de los pastores, El Greco

 

El Greco sí le pintó recién nacido.
Le pintó todo luz, en la nube del pañal.
Era en todo el Imperio Romano
la fiesta de la luz,
el natalicio del Sol invictus.
Sol invicto era Jesús
que trajo la luz al mundo,
la luz que vio Abrahán
como horno humeante,
como antorcha de fuego,
en medio de  tinieblas profundas y  terribles:
la presencia de Dios, el calor de lo sagrado.

Los pastores, los últimos entre los pobres,
en la tierra cubierta de tinieblas,
han sido los primeros envueltos por su luz.
Sobre ellos amaneció el Señor
y manaifestó su gloria.
Recios y rudos, descalzos, mal vestidos,
aparecen enormes, gigantescos,
de luz y color resplandecientes.

María es toda luz,
espejo de su hijo.
Y los ángeles altos,
mensajeros celestes del Altísimo,
donde no hay noche,
danzan al corro de luz,
porque son luz, fuerza y música,
y cantan la gloria de Dios
y la paz entre los hombres.

Una ignorancia soberbia

 

         Se empeña Juan Manuel de Prada -artículo «Como bestias» en ES- en defender la presencia de la mula y el buey en el belén tradicional, y, cuando nadie se le opone en su defensa, se  busca él mismo sus  falsos oponentes y los sacude con increible y zafia agresividad: Y entre los los belenes populares y la exégesis histórico-crítica hay que quedarse siempre con los belenes, que son hijos de la tradición, frente a la puñetera exégesis, que es hija de la soberbia onanista de cuatro eunucos engreidos.

¿También los evangelistas Mateo y Lucas, autores del Evangelio de la Infancia, que no hablan de la mula y el buey, serán eunucos onanistas? ¿Qué tiene que ver la exégesis histórico-crítica, que ha revolucionado la exégesis bíblica en los últimos tiempos, con una tradición popular?

Cuánta ignorancia soberbia. Cuánta soberbia ignorante. Cuánta zafia agresividad.

Virgen con Niño y seis santos, Botticelli

 

Tan robusto está ya el niño.
que María,
buena moza.
sentada, elegante y fina,
no le pesa, y con dos manos
le sujeta
sobre una de sus rodillas.
El niño, recio y rechoncho,
levanta su manecita.
Cuatro santos, a pie firme, la rodean:
Magdalena y Juan Bautista,
Francisco de Asís, y con la rueda,
la hermosa Catalina.
Además, san Cosme y san Damián.
genuflexos y descalzos,
sobre la fría tarima.

Pero nadie entre los seis
echa una mano a María.
Medio pasmados, o místicos,
piensan, callan, rezan, miran.
Y esperan que Botticelli
los lleve a su galería.

 

El niño Jesus y los pintores

 

Quiero ver al niño
como nació:
los ojos cerrados
-capullos sin flor-,
menudito y débil,
como el que lloró
y en manos de  su madre
tembló.

Pero los pintores,
entre los mejores,
le pintan mayor,
con mofletes de colores
y con toda suerte
de primores.

Y no.
Que le quiero ver
menudito y débil,
como nació.

Cuarto domingo de Adviento

 

La fe que lleva a la perfección

         Siendo Hijo de Dios, aprendió a obedecer –nos dice la Carta a los Hebreos– y, llegado a la perfección, se convirtió en en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen. Fiel a Dios hasta las últimas consecuencias de la fe, pasión y muerte, y misericordioso con los hombres, se asemejó en todo a sus hermanos, y por eso pudo ayudarles  en toda clase de penas. Así es Jesús de Nazaret, el Cristo (Ungido por Dios), el verdadero y único mediador entre el Creador y la humanidad (1 Tim 2, 5). En fraternidad continuada con todos los grandes creyentes de la historia de Israel: Noé, Henoc, Abrahán, Moisés, Aarón y todos los orofetas, es el que inicia la fe -primogénito de los creyentes, y la lleva a la perfección (Hebr 12,2), por medio de la entrega total a Dios Padre, y la absoluta confianza en Él, hasta su plena identificación. De modo que acaba deviniendo blanco de nuestra fe y confianza; único acceso nuestro a Dios y revelador del amor del Padre a los hombres. Creer en Cristo con la fe de Jesús, podría ser nuestra mejor fórmula y lema de seguimiento.

 

Canción de la  Nochebuena

 

No sabemos cómo es Dios.
 Sabemos cómo es el hombre.
Que, entonces, nadie se asombre
que sea el Hijo de Dios
quien sólo parece un hombre.