Cuarto domingo de Adviento

 

La fe que lleva a la perfección

         Siendo Hijo de Dios, aprendió a obedecer –nos dice la Carta a los Hebreos– y, llegado a la perfección, se convirtió en en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen. Fiel a Dios hasta las últimas consecuencias de la fe, pasión y muerte, y misericordioso con los hombres, se asemejó en todo a sus hermanos, y por eso pudo ayudarles  en toda clase de penas. Así es Jesús de Nazaret, el Cristo (Ungido por Dios), el verdadero y único mediador entre el Creador y la humanidad (1 Tim 2, 5). En fraternidad continuada con todos los grandes creyentes de la historia de Israel: Noé, Henoc, Abrahán, Moisés, Aarón y todos los orofetas, es el que inicia la fe -primogénito de los creyentes, y la lleva a la perfección (Hebr 12,2), por medio de la entrega total a Dios Padre, y la absoluta confianza en Él, hasta su plena identificación. De modo que acaba deviniendo blanco de nuestra fe y confianza; único acceso nuestro a Dios y revelador del amor del Padre a los hombres. Creer en Cristo con la fe de Jesús, podría ser nuestra mejor fórmula y lema de seguimiento.

 

Canción de la  Nochebuena

 

No sabemos cómo es Dios.
 Sabemos cómo es el hombre.
Que, entonces, nadie se asombre
que sea el Hijo de Dios
quien sólo parece un hombre.