La adoración de los pastores, El Greco

 

El Greco sí le pintó recién nacido.
Le pintó todo luz, en la nube del pañal.
Era en todo el Imperio Romano
la fiesta de la luz,
el natalicio del Sol invictus.
Sol invicto era Jesús
que trajo la luz al mundo,
la luz que vio Abrahán
como horno humeante,
como antorcha de fuego,
en medio de  tinieblas profundas y  terribles:
la presencia de Dios, el calor de lo sagrado.

Los pastores, los últimos entre los pobres,
en la tierra cubierta de tinieblas,
han sido los primeros envueltos por su luz.
Sobre ellos amaneció el Señor
y manaifestó su gloria.
Recios y rudos, descalzos, mal vestidos,
aparecen enormes, gigantescos,
de luz y color resplandecientes.

María es toda luz,
espejo de su hijo.
Y los ángeles altos,
mensajeros celestes del Altísimo,
donde no hay noche,
danzan al corro de luz,
porque son luz, fuerza y música,
y cantan la gloria de Dios
y la paz entre los hombres.