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Últimos aforismos

 

La nueva normalidad. Es posible que se renueve la norma o que se normalice la novedad.

Las digitalia (dedaleras) se adelantaron milenios a la era digital.

Los telefonos móviles nos han convertido a todos en telefonistas.

Ahora que, durante la pandemia, nos saludamos con los codos, apreciamos mejor la  el sentido  de la frase acuñada codo con codo, antídoto de la actitud y actuación a codazos, con que a veces nos movemos y nos comportamos.

¿Dónde está Dios? (y V)

 

         Según Gottfried Leibniz, que lo fue todo, acaso el genio más grande que ha dado la Humanidad, Dios solo podía crear, moralmente hablando, el mejor mundo posible. El mal metafísico, que es solo una privación, es la imperfección, raíz de la posibilidad del error y del mal; imperfección propia del ser finito como tal; ser libre sí, pero necesariamente imperfecto. El filósofo alemán sostenía que que la armonía universal de la evolución hace progresar todas las cosas hacia la armonía entre el reino físico de la naturaleza y el el reino moral de la gracia.en un progreso interminable por toda la eternidad, dda la infinitud de Dios.

Pero la pregunta de Job a Dios no encuentra tampoco aquí una respuesta satisfactoria, sosbre todo cuando no entra en juego la libertad del hombre, sino las causas naturales de las catástrofes, enfermedades, pestes… La fe en Jesús de Nazaret, Palabra de Dios y hombre sufriente, que rompió el silencio de la Divinidad, nos conforta y nos acerca a enender mejor el dolor, la enfermedad y la muerte, aunque no la entendamos del todo, aun aceptando la radical finitud del hombre.

La inmensa pesadumbre de la secular injusticia y dscriminación en el mundo desde sus comienzos se convierte para la razón humanista el mejor argumento para postular otra vida mucho mejor que la terrena y para mejorar esta en lo posible.  «¿Dónde está el hombre?».

Ya nos enseñó Immanuel Kant, otro genio, que, si la ley moral nos manda hacernos dignos de la felicidad, solo Dios, que desea esa dignidad para sus criaturas, puede facilitarles un día esa felicidad: «La esperanza de la felicidad comienza con la religión».

 

¿Dónde está Dios? (IV)

 

          Le teología católica tiene la ventaja de contar con la existencia histórica de Jesús de Nazaret, el Cristo (Cristo histórico + el Cristo de la fe), el Ungido de Dios, el Verbo o la Palabra del Padre, que nos dejó el rico y extenso testimonio de su vida y de sus palabras. Difícil es en verdad que un cristiano pueda hablar en serio del silencio de Dios, a no ser que confunda a Dios con los dioses indios, griegos, egipcios o latinos, o pretenda que Dios esté hablando -¿y cuál sería su habla?-  a cada paso y en todo lugar, como un parlanchín cualquiera, o como un ídolo oracular.

A la pregunta dónde está Dios, el cristiano común y corriente puede contestar que Dios está en todas partes y sobre todo en todos los hombres. Por eso la respuesta de Elie Wiesel era correcta: Dios estaba en aquel niño colgado de la soga de la horca en Auschwitz, como había estado en todos los niños ahorcados o trucidados desde el comienzo de la humanidad, en todos los seres ajusticiados por el odio de otros seres humanos, desde Abel, pasando por el crucificado del Gólgota.

Porque no existe, al menos para un cristiano un dios mágico, sobornable, caprichoso, discriminador, un dios tapaagujeros, tapaignorancias, tapavacíos. No hay otro Dios y Padre que el de Jesús de Nazaret, el creador del mundo autónomo, con sus leyes propias e implacables, el creador a la vez de la libertad del hombre. El Dios que tomó en serio la humanidad de su Hijo –Perfectus Deus-Perfectus Homo-, tanto a la hora de nacer como de morir. No hay otro Dios que el Dios de las predicaciones de Jesús en Galilea, de su agonía en en Getsemaní y de su aparente fracaso en el Gólgota. Pocas religiones pueden entender como la cristiana dónde está Dios a la hora del sufrimiento y de la muerte.

¿Dónde está Dios? (III)

 

        Para esclarecer el misterio del dolor inocente -dice la Biblia de Jerusalén en la introducción al Libro de Job- era necesario esperar hasta que llegase la seguridad de las sanciones de ultratumba y se conociese el valor del sufrimiento de los hombres, unido al sufrimiento de Cristo. Y añade que dos textos de San Pablo responderán al angustioso problema de Job: Los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros (Rm, 8, 18). Y: Completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia (Col 1, 24).

¿De verdad estas dos citas de Pablo responden al angustioso problema de Job, que es el de muchos cristianos y no cristianos de hoy?

Entre las respuestas e interpretaciones del holocausto judío, del que venimos hablando, está la tradicional del castigo personal o colectivo, que era el argumento que solían dar los profetas y que daban a Job sus tres sabios amigos. Están también los que ven en Auschwitz la señal de un diálogo entre Dios y su pueblo, donde el holocausto representaría la imperiosa necesidad del pueblo judío por reafirmar su fe en su Dios y la constante búsqueda de Dios en la historia. No muy distinta es la tesis de la purificación, con fundamento en el  célebre capítulo 53 de Isaías, llamado del siervo del Eterno, al considerar que los sufrimientos de las personas y de los colectivos -¡de los que sabe bien el pueblo judío antes y después del año 70!- son purificadores tanto personal como socialmente. O la tesis del mandamiento, según la cual una misión permanente para el hombre es reconstruir a través de los escombros, ya que la vida del hombre es la virtud de rehacer y rehacerse.

Toda la teología y la teología filosófica han intentado salvar a Dios de esta tragedía histórica -¿acaso -repito- fue la primera, incluso para el pueblo judío?- y ha centrado la culpabilidad en el hombre, libre como es para elegir entre el bien y el mal, para abrazar el racismo y el nazismo, construir los campos de concentración y los hornos crematorios. Dios, todoamoroso, no sería todopoderoso, sino impotente ante esa libertad donada al hombre para su libre actuación. Lo que obliga rotundamente a cambiar el sujeto de la pregunta, sin restarle un átomo de tragicidad: no dónde está Dios, sino ¡dónde está el  hombre!

La antropodicea, por su parte, al insistir igualmente en la responsabilidad del hombre, deja  a Dios como no culpable, incluso como víctima de Auschwitz o de cualquier otro excidio que caiga dentro de la libertad humana. Dios sería un Dios sufriente, un Dios que se manifiesta en el dolor de los demás.

¿Dónde está Dios? (II)

 

            Sí, el problema de la contradicción entre Dios y el Mal lleva muchos siglos. Algunos sabios intentaron resolverlo, antes y después de Cristo, con la invención de dos principios o dioses, uno del del Mal y otro el del Bien (mazdeísmo, maniqueísmo…), incompatibles entre sí. Pero sin explicarnos cuál de los dos creó y mantiene las leyes que rigen su existencia y la lucha entre sí.

Elie Wiesel nos evocaba a alguien más cercano, y dentro de la misma tradición judía. Un israelita de comienzos del siglo V a. C., después del Destierro, nutrido en las obras de los profetas y en la enseñanzas de los sabios, que vivía probablemente en Palestina y que debió de residir en Egipto, escribió el Libro de Job, la obra maestra literaria del movimiento sapiencial de Israel, a la que se añadieron después varos capítulos espurios, de los que hay que prescindir. El personaje principal es un héroe de los viejos tiempos que se supone vivió en época patriarcal, en los confines de Arabia y del país de Edom. La tradición le consideraba como un gran justo, que se había mantenido fiel a Dios en una prueba excepcional. El autor considera el caso de un justo que sufre: la enfermedad propia, la muerte de sus seres queridos, la pérdida de todos sus bienes, la rechifla de sus paisanos… Para la doctrina judía corriente de la retribución terrena, semejante caso sería una paradoja irreal: el hombre recibe aqui abajo en premio o el castigo de sus obras. Pero entonces, ¿cómo es posible que sufra el justo? Los tres sabios amigos de Job, que intentan aclararle las cosas y consolarle, una especie de viejos escolásticos apegados a la tradición, dan las respuestas tradicionales: la felicidad de los malos es de breve duración, el infortunio de los justos prueba su virtud, o bien la pena  es castigo de faltas cometidas por ignorancia o debilidad. Pero los gritos que el dolor arranca a Job y sus arrebatos contra Dios -uno de los momentos más conmovedores de la literatura mundial- les llevan a pensar, y asi lo dicen, que los males que sufre su amigo no pueden explicarse más que como castigo de graves pecados personales.

Contra esa correlación rigurosa se alza Job con toda la fuerza de su inocencia. No niega la retribución terrena y la espera, pero para él resulta un escándalo el que le sea negada, y en vano busa el significado de su prueba. Lucha desperadamente para encontrar a Dios que se le oculta y a quien sigue creyendo bueno. Y cuando Dios interviene, lo hace para revelar la transcendencia de su ser y de sus designios, y para reducir a silencio a Job. Esta es la lección religiosa del libro: el hombre debe persistir en su fe incluso cuando su espíritu no encuentra sosiego. Yahvé censura a los tres sabios porque no han hablado bien  de Él, como Job,  y solo por consideración a  este no les infligirá un castigo. Job ha captado el misterio de Dios  y se inclina ante su omnipotencia. Sus preguntas sobre la justicia quedan sun respuesta. Pero ha comprendido que Dios no tiene por qué rendir cuentas a nadie y que su sabiduría puede dar un sentido insospechado a realidades como el sufrimiento y la muerte.

En aquella etapa de la revelación, el autor del Libro de Job no podía avanzar más.

¿Dónde está Dios? (I)

 

           Cuenta Elie Wiesel, premio Nobel de la paz, el judío icono del holocausto y mensajero de la Humanidad, en uno de sus libros estremecedores que un día, regresando del trabajo al campo de Auschwitz, estaban a punto de ahorcar a dos adultos y a un niño. Los prisioneros, como siempre, estaban obligados a presenciar el suplicio. Momentos antes de ser ahorcados, retiradas las sillas en las que estaban, con la soga puesta al cuello, los adultos gritaron: ¡Viva la libertad! Alguien que estaba detrás de Wiesel preguntó: ¿Dónde está el buen Dios?. El niño, que estaba callado, tardó media hora en morir en la horca, a causa de su escaso peso. Wiesel volvió a oír detrás de él la misma pregunta, y, sin poder contenerse, respondió: ¿Dónde está? Ahí está, está colgado de ahí, de esa horca. Años después, se muestra enfadado con los que dieron una interpretación atea a esas palabras. No: Solo tienen sentido en el interior de la fe. Yo no he renegado de Dios. Me he levantado contra su justicia, he protestado contra su silencio y contra su ausencia, pero siempre era una cólera que se alzaba en el interior de la fe, nunca fuera de ella. (…) Lo que nos afecta a nosotros, sus hijos, también le afecta a Dios, pero dejando bien claro que semejante compasión divina no anula ni palía el dolor humano. (…) Por eso solo está permitido preguntar al cielo de manera semejante a como lo hizo Job: ¿No tenemos bastante con nuestro sufrimieno como para añadir el tuyo?

La fe del judío piadoso, como era Wiesel, sin la fe en la  vida y muerte redentoras de Jesús, el Hijo de Dios, solo encuentra consuelo en la esperanza de una justicia futura. Lo cierto es que para muchos judíos y cristianos, en Auschwitz, o mucho antes, o  mucho después, en cualquier experiencia trágica que remueva los fundamentos de su fe, se derrumba el imaginario de un Dios omnisciente y omnipotente. Digo antes o después, porque alguien podrá decir: ¿Es que los judíos piadosos podían pensar, incluso en Auschwitz, que Dios iba a evitar aquel crimen contra la humanidad, donde las primeras víctimas eran judías -seguidas de las cristianas-, cuando no había evitado hasta entonces todos los restantes crímenes antihumanos, amén de catástrofes colectivas: hambrunas, pestes, mortandades, persecuciones, esclavitud, exilios masivos, guerras y genocidios sin cuento, el inmundo tráfico de negros…? ¿Es que la historia comenzaba en Auschwitz? ¿Es que nuestra fe y hasta nuestro humanismo se tambalean solo ante nuestro propio sufrimiento, o el de los nuestros, y no ante la inmensa injusticia que acontece desde la existencia del primer homínido, y aun antes?

Junto a la balsa de Zolina

 

        Avezados a dar la vuelta del Valle de Aranguren, recordamos que hace tiempo no nos hemos acercado a la balsa de Ezkoriz, más popularmenrte, balsa de Zolina. Sólíamos llegar desde el pueblo de ese nombre, al que pertenece, por una tranquila pista entre campos de cereal. Pero esta vez llegamos por un carretil, también entre sembradíos, desde Badostain, que es un paseo preferido por muchos viandantes, dejando a un lado la preciosa ermita románica-camposanto, que volvimos a vistar la semana pasada.

Hace muchos millones de años, en tiempos del Eoceno Medio, cuando el clima era muy cálido, la cuenca de Pamplona estaba cubierta por el mar, que formaba un golfo abierto al Atlántico, cuyas costas albergaban extensos manglares. La balsa de Ezkoriz, de 110 hectáreas, es mucho más reciente. Se construyó, en los años sesenta para recoger, por medio de tuberías subterráneas, las agua provenientes de las explotaciones de potasa en Subiza y Beriain: las mismas sales del antiguo mar pirenaico que quedaron depositadas en estas  tierras, una vez retiradas las aguas, igual que la piedra arenisca y las margas o tufas tan típicas de estos entornos.

Humberto Astibia, estratígrafo y paleontólogo de la UPV, que ha estudiado bien este enclave, nos enseña que algunos de estos  lugares potásicos presentan huellas de oleaje y también pisadas fósiles de aves, y que de modo análogo el vaivén del agua deja en las orillas de la balsa las rítmicas señales de  ese oleaje y que, igualmente, numerosas aves acuáticas, descendientes de las hoy fosilizadas, visitan la zona, dejando sus marcas impresas en el barro: charranes, espátulas, tarros blancos, zarapitos trinadores, correlimos, aviones zapadores, carricerines, chorlitejos, porrones europeos, milanos negros y gaviotas. En el pequeño islote piramidal del centro de la balsa se han llegado a ver alimoches. Sobre el barro del humedal  se desarrollan mucílagos coloreados de algas microscópicas que nos trasladan a remotísimo escenarios del alba de la vida sobre la Tierra. Ezkoriz es una metáfora del mar oceánico, con procesos y escenas que se repiten a lo largo de un tiempo cíclico y casi eterna, enfatiza Astibia.

Bajamos por un buen camino, adornado por muchas flores de junio, hasta cerca de la balsa, que tiene hoy un color azul cielo, circundada toda ella por campos de alholva y cebada, en los que los chubascos de las tormentas de los últimos días han postrado numerosos rodales de cereal. Nos entretenemos fotografiando una pequeña mariposa blanca con pintas de color, degustando, ciega, el néctar de una bellísima orquídea morada. 

Subimos luego hasta un pequeño mirador, con pinos y acacias, para ver mejor los contornos: al sur, la espesa sierra de Tajonar, velándonos Zolina y el pueblo de su nombre; en el sotomonte, las casetas con sus huertos, de Labiano, y algunas caserías aledañas. Al este, la sierra de Aranguren, con la punta más cercana de Santa Cruz. Al norte, el acantilado de Malkaitz, que cierra el valle, y los barrios alto y bajo de Ardanaz; más lejos, el museo de Oteiza en Alzuza, y debajo, el caserío de Olaz y las villas ajardinadas de Gorraiz en torno al campo de golf. Mientras al nordeste, se nos agolpan los trazos confusos de Burlada, Sarriguren, Mutilva…, que se alargan hasta el oeste de Cordovilla y el polígono de Esquiroz.

Caen unas gotas, unas golondrinas blancas vuelan bajas, y la gente desaparece del carretil. Unas nubes confusas no saben hacia dónde tirar. Vuelve a lucir el penúltimo sol, que resbala nostálgico sobre la balsa. Un coche rompe el hechizo del silencio mayor. Seguimos un rato recorriendo la tarde. La tarde más que el camino.

Inmortalidad nacionalista

 

     Dice Harari en su libro De animales a dioses, y hablando del Proyecto Gilgamesh, de quienes trabajan por hacer a los hombres amortales, mientras no lleguen a ser inmortales, que la única ideología moderna -liberalismo, comunismo, socialismo, feminismo, ecologismo…-, que todavía concede a la muerte un papel central, es el nacionalismo: En sus momentos más poeticos y desesperados, el nacionalismo promete que  quien muera por la nación vivirá para siempre en su memoria colectiva.

Es cierto que a renglón seguido añade que esta promesa es tan confusa, que incluso la mayoría de los nacionalistas no saben realmente qué hacer con ella. Pero es que las otras ideologías ni siquiera la tienen en cuenta. Ni Marx, ni Adam Smith, ni Simone de Beauvoir dicen una palabra en sus escritos. Y el nacionalismo, sí. Por confuso que sea su lenguaje, que a veces no lo es tanto, todo patriota tiene su cielo asegurado y su memoria un  grato recuerdo. Lo que no deja de ser un nuevo estímulo para su militancia.

Últimos aforismos

 

Todo confinamiento termina con  muchos confinados y muchos finados.

Aunque la palabra oligarquía y oligarca suenan muy mal, la inmensa mayoría de los gobiernos del mundo están formados por oligarcas. Son pocos (oligós -oi, en griego)  los que gobiernan, y menos aún los que mandan de verdad en todos los países.

El principio de la ciencia moderna es el principio de la ignoranca: Ignoramus.

Ni la potencia muscular ni la violencia parecen causas teóricas convincentes del dominio del varón sobre la mujer en la historia. Pero sin ellas no se explica el patriarcado, ni el machismo, que es su traducción vulgar.

 

 

 

 

 

De Leache, por Cáseda, a Javier

 

        Íbamos  a San Zoilo de Cáseda por la carretera pinosa que parte del nudo de direcciones de Lumbier. Estábamos mirando el bello retablo del caserío de Aibar, cuando vimos el letrero de Leache y nos tentó. Y a Leache que entramos, ayuntamiento separado del del Valle en 1846, situado en la vertiente meridional de la sierra de Izco, por campos de cereal ya maduro y viñas frondosas, frente a los pequeños montes rellenos de pinos de repoblación de Otabera y La Magdalena. En la historia fue famosa su encomienda de la Ordem Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, y luego de Malta, tal vez la primera en Navarra, desde que el rey Sancho el Fuerte donó en agosto de1195 la entonces villa a la Orden, que tuvo allí convento, iglesia de san Martín de Tours y hospital. Quién sabe si la leprosería que estuvo donde la antigua ermita de la Magdalena, entre el pueblo y Aibar, no  tenía relación con la encomienda. A la entrada vemos, a nuestra izquierda, los restos de la torre del palacio, uno de los dos que había en el lugar. No pensábamos más que echar un vistazo, pero vemos un pueblo tan limpio, tan refulgente en esta mañana de sol, tan elegantemene mantenido incluso en las viviendas más modestas, que nos bajamos y lo recorremos de absjo a arriba.

En la plaza del general Moriones, la figura más importante de su historia reciente, está el ayuntamiento y la gran masa de piedra, alta y robusta de la iglesia de la Asunción de origen románico tardío, con unas moreras en el atrio exterior y un  pino y un ciprés a su espalda. Un bello y simbólico tímpano en la puerta románica, de la misma mano del que adorna la base de la torre, traído de la portada de la iglesia de San Martín de Tours. Por cierto, debajo del mismo hay una inscripción en memoria de dos requetés y un soldado del pueblo, que muieron en la guerra civil. Nos sorprende esta acto de valentía en tiempos como estos, en que se pretende negar la historia, según conveniencia, ignorando que un día quisieron los más de trescientos habitantes del pueblo, cuya voluntad política era abrumadoramente favorable al Bloque de Derechas durante la Segunda República, según las cuentas electorales de entonces.

Difícil, en cambio, se nos hace saber algo del general liberal, marqués de Oroquieta, vayamos donde vayamos y leamos lo que leamos. En el borde sur de la plaza hay dos arcos de piedra de aquellos que cerraban los  viejos corrales en el campo, bien aprovechados aqui. Subimos por la calle que atraviesa de sur a norte el poblado y nos ladeamos por la calle de la Fuente, para ver, primero,  la vieja, junto al lavadero, muy bien reconstruida, y luego la nueva. Donde estuvo la encomienda,  en el extremo norte, queda solo una de sus paredes que hace de frontón, donde juegan a paleta esta mañana una familia. A su derecha, la planta de piedra del viejo templo de la encomienda, el único recuerdo, aparte la portada que antes hemos visto. El resto de sus piedras sirvieron para las construcciones varias del pueblo y algunas hasta para el castillo de Javier.

El lector puede encontrar mil noticias sobre Leache en una de las entradas, bajo ese nombre, escrita en la Red por una mano sabia que lo sabe todo. Alguien hay aqui  como mente inspiradora de la renovación de este bello pueblo con sus no más de 30 habitantes, pero multiplicado por los que se fueron y suelen volver, y sobre todo por la voluntad innovadora de los que quedaron.

Como se nos ha hecho tarde, dejamos San Zoilo para otro día y almorzamos entre las acacias, las moreras y los fresnos del sotillo a las puertas de Cáseda, frente a la cascada rumorosa del Aragón sobre la vieja presa debajo de los nueve arcos del poderoso puente medieval -el segundo de Navarra- antes de repartirse entre las isletas que pueblan el anchuroso cauce.

Por la carretera solitaria y placentera que, a la par del río, lleva hasta Javier, damos una vuelta por Gabarderal, viejo poblado de colonización, cien veces más bello que cuando lo vimos la última vez,  circundado de rosas por todas partes.

Y, por fin, nuestro siempre recorrido, querido, añorado Javier, al que este año no pudimos acudir en la Javierada. Visitamos al santo en las dos iglesias. El histórico convento de las Oblatas está ahora habitado por las Misioneras de Cristo Jesús, con cuartro religiosas de la comunidad -una vietnamita, entre ellas- que han venido de la casa que tienen en el pueblo. Está la terraza del hotel a rebosar.Y decenas y decenas de padres y niños por la explanada, por el castillo, por la zona recreativa y comercial, que está preciosa de árboles, de flores, de sol, de vida. Aun tenemos tiempo de subir al altillo de la estatua de bronce del Maestro Francisco, último acto de nuestro homenaje.