¿Dónde está Dios? (I)

 

           Cuenta Elie Wiesel, premio Nobel de la paz, el judío icono del holocausto y mensajero de la Humanidad, en uno de sus libros estremecedores que un día, regresando del trabajo al campo de Auschwitz, estaban a punto de ahorcar a dos adultos y a un niño. Los prisioneros, como siempre, estaban obligados a presenciar el suplicio. Momentos antes de ser ahorcados, retiradas las sillas en las que estaban, con la soga puesta al cuello, los adultos gritaron: ¡Viva la libertad! Alguien que estaba detrás de Wiesel preguntó: ¿Dónde está el buen Dios?. El niño, que estaba callado, tardó media hora en morir en la horca, a causa de su escaso peso. Wiesel volvió a oír detrás de él la misma pregunta, y, sin poder contenerse, respondió: ¿Dónde está? Ahí está, está colgado de ahí, de esa horca. Años después, se muestra enfadado con los que dieron una interpretación atea a esas palabras. No: Solo tienen sentido en el interior de la fe. Yo no he renegado de Dios. Me he levantado contra su justicia, he protestado contra su silencio y contra su ausencia, pero siempre era una cólera que se alzaba en el interior de la fe, nunca fuera de ella. (…) Lo que nos afecta a nosotros, sus hijos, también le afecta a Dios, pero dejando bien claro que semejante compasión divina no anula ni palía el dolor humano. (…) Por eso solo está permitido preguntar al cielo de manera semejante a como lo hizo Job: ¿No tenemos bastante con nuestro sufrimieno como para añadir el tuyo?

La fe del judío piadoso, como era Wiesel, sin la fe en la  vida y muerte redentoras de Jesús, el Hijo de Dios, solo encuentra consuelo en la esperanza de una justicia futura. Lo cierto es que para muchos judíos y cristianos, en Auschwitz, o mucho antes, o  mucho después, en cualquier experiencia trágica que remueva los fundamentos de su fe, se derrumba el imaginario de un Dios omnisciente y omnipotente. Digo antes o después, porque alguien podrá decir: ¿Es que los judíos piadosos podían pensar, incluso en Auschwitz, que Dios iba a evitar aquel crimen contra la humanidad, donde las primeras víctimas eran judías -seguidas de las cristianas-, cuando no había evitado hasta entonces todos los restantes crímenes antihumanos, amén de catástrofes colectivas: hambrunas, pestes, mortandades, persecuciones, esclavitud, exilios masivos, guerras y genocidios sin cuento, el inmundo tráfico de negros…? ¿Es que la historia comenzaba en Auschwitz? ¿Es que nuestra fe y hasta nuestro humanismo se tambalean solo ante nuestro propio sufrimiento, o el de los nuestros, y no ante la inmensa injusticia que acontece desde la existencia del primer homínido, y aun antes?