Sí, el problema de la contradicción entre Dios y el Mal lleva muchos siglos. Algunos sabios intentaron resolverlo, antes y después de Cristo, con la invención de dos principios o dioses, uno del del Mal y otro el del Bien (mazdeísmo, maniqueísmo…), incompatibles entre sí. Pero sin explicarnos cuál de los dos creó y mantiene las leyes que rigen su existencia y la lucha entre sí.
Elie Wiesel nos evocaba a alguien más cercano, y dentro de la misma tradición judía. Un israelita de comienzos del siglo V a. C., después del Destierro, nutrido en las obras de los profetas y en la enseñanzas de los sabios, que vivía probablemente en Palestina y que debió de residir en Egipto, escribió el Libro de Job, la obra maestra literaria del movimiento sapiencial de Israel, a la que se añadieron después varos capítulos espurios, de los que hay que prescindir. El personaje principal es un héroe de los viejos tiempos que se supone vivió en época patriarcal, en los confines de Arabia y del país de Edom. La tradición le consideraba como un gran justo, que se había mantenido fiel a Dios en una prueba excepcional. El autor considera el caso de un justo que sufre: la enfermedad propia, la muerte de sus seres queridos, la pérdida de todos sus bienes, la rechifla de sus paisanos… Para la doctrina judía corriente de la retribución terrena, semejante caso sería una paradoja irreal: el hombre recibe aqui abajo en premio o el castigo de sus obras. Pero entonces, ¿cómo es posible que sufra el justo? Los tres sabios amigos de Job, que intentan aclararle las cosas y consolarle, una especie de viejos escolásticos apegados a la tradición, dan las respuestas tradicionales: la felicidad de los malos es de breve duración, el infortunio de los justos prueba su virtud, o bien la pena es castigo de faltas cometidas por ignorancia o debilidad. Pero los gritos que el dolor arranca a Job y sus arrebatos contra Dios -uno de los momentos más conmovedores de la literatura mundial- les llevan a pensar, y asi lo dicen, que los males que sufre su amigo no pueden explicarse más que como castigo de graves pecados personales.
Contra esa correlación rigurosa se alza Job con toda la fuerza de su inocencia. No niega la retribución terrena y la espera, pero para él resulta un escándalo el que le sea negada, y en vano busa el significado de su prueba. Lucha desperadamente para encontrar a Dios que se le oculta y a quien sigue creyendo bueno. Y cuando Dios interviene, lo hace para revelar la transcendencia de su ser y de sus designios, y para reducir a silencio a Job. Esta es la lección religiosa del libro: el hombre debe persistir en su fe incluso cuando su espíritu no encuentra sosiego. Yahvé censura a los tres sabios porque no han hablado bien de Él, como Job, y solo por consideración a este no les infligirá un castigo. Job ha captado el misterio de Dios y se inclina ante su omnipotencia. Sus preguntas sobre la justicia quedan sun respuesta. Pero ha comprendido que Dios no tiene por qué rendir cuentas a nadie y que su sabiduría puede dar un sentido insospechado a realidades como el sufrimiento y la muerte.
En aquella etapa de la revelación, el autor del Libro de Job no podía avanzar más.