Para esclarecer el misterio del dolor inocente -dice la Biblia de Jerusalén en la introducción al Libro de Job- era necesario esperar hasta que llegase la seguridad de las sanciones de ultratumba y se conociese el valor del sufrimiento de los hombres, unido al sufrimiento de Cristo. Y añade que dos textos de San Pablo responderán al angustioso problema de Job: Los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros (Rm, 8, 18). Y: Completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia (Col 1, 24).
¿De verdad estas dos citas de Pablo responden al angustioso problema de Job, que es el de muchos cristianos y no cristianos de hoy?
Entre las respuestas e interpretaciones del holocausto judío, del que venimos hablando, está la tradicional del castigo personal o colectivo, que era el argumento que solían dar los profetas y que daban a Job sus tres sabios amigos. Están también los que ven en Auschwitz la señal de un diálogo entre Dios y su pueblo, donde el holocausto representaría la imperiosa necesidad del pueblo judío por reafirmar su fe en su Dios y la constante búsqueda de Dios en la historia. No muy distinta es la tesis de la purificación, con fundamento en el célebre capítulo 53 de Isaías, llamado del siervo del Eterno, al considerar que los sufrimientos de las personas y de los colectivos -¡de los que sabe bien el pueblo judío antes y después del año 70!- son purificadores tanto personal como socialmente. O la tesis del mandamiento, según la cual una misión permanente para el hombre es reconstruir a través de los escombros, ya que la vida del hombre es la virtud de rehacer y rehacerse.
Toda la teología y la teología filosófica han intentado salvar a Dios de esta tragedía histórica -¿acaso -repito- fue la primera, incluso para el pueblo judío?- y ha centrado la culpabilidad en el hombre, libre como es para elegir entre el bien y el mal, para abrazar el racismo y el nazismo, construir los campos de concentración y los hornos crematorios. Dios, todoamoroso, no sería todopoderoso, sino impotente ante esa libertad donada al hombre para su libre actuación. Lo que obliga rotundamente a cambiar el sujeto de la pregunta, sin restarle un átomo de tragicidad: no dónde está Dios, sino ¡dónde está el hombre!
La antropodicea, por su parte, al insistir igualmente en la responsabilidad del hombre, deja a Dios como no culpable, incluso como víctima de Auschwitz o de cualquier otro excidio que caiga dentro de la libertad humana. Dios sería un Dios sufriente, un Dios que se manifiesta en el dolor de los demás.