Avezados a dar la vuelta del Valle de Aranguren, recordamos que hace tiempo no nos hemos acercado a la balsa de Ezkoriz, más popularmenrte, balsa de Zolina. Sólíamos llegar desde el pueblo de ese nombre, al que pertenece, por una tranquila pista entre campos de cereal. Pero esta vez llegamos por un carretil, también entre sembradíos, desde Badostain, que es un paseo preferido por muchos viandantes, dejando a un lado la preciosa ermita románica-camposanto, que volvimos a vistar la semana pasada.
Hace muchos millones de años, en tiempos del Eoceno Medio, cuando el clima era muy cálido, la cuenca de Pamplona estaba cubierta por el mar, que formaba un golfo abierto al Atlántico, cuyas costas albergaban extensos manglares. La balsa de Ezkoriz, de 110 hectáreas, es mucho más reciente. Se construyó, en los años sesenta para recoger, por medio de tuberías subterráneas, las agua provenientes de las explotaciones de potasa en Subiza y Beriain: las mismas sales del antiguo mar pirenaico que quedaron depositadas en estas tierras, una vez retiradas las aguas, igual que la piedra arenisca y las margas o tufas tan típicas de estos entornos.
Humberto Astibia, estratígrafo y paleontólogo de la UPV, que ha estudiado bien este enclave, nos enseña que algunos de estos lugares potásicos presentan huellas de oleaje y también pisadas fósiles de aves, y que de modo análogo el vaivén del agua deja en las orillas de la balsa las rítmicas señales de ese oleaje y que, igualmente, numerosas aves acuáticas, descendientes de las hoy fosilizadas, visitan la zona, dejando sus marcas impresas en el barro: charranes, espátulas, tarros blancos, zarapitos trinadores, correlimos, aviones zapadores, carricerines, chorlitejos, porrones europeos, milanos negros y gaviotas. En el pequeño islote piramidal del centro de la balsa se han llegado a ver alimoches. Sobre el barro del humedal se desarrollan mucílagos coloreados de algas microscópicas que nos trasladan a remotísimo escenarios del alba de la vida sobre la Tierra. Ezkoriz es una metáfora del mar oceánico, con procesos y escenas que se repiten a lo largo de un tiempo cíclico y casi eterna, enfatiza Astibia.
Bajamos por un buen camino, adornado por muchas flores de junio, hasta cerca de la balsa, que tiene hoy un color azul cielo, circundada toda ella por campos de alholva y cebada, en los que los chubascos de las tormentas de los últimos días han postrado numerosos rodales de cereal. Nos entretenemos fotografiando una pequeña mariposa blanca con pintas de color, degustando, ciega, el néctar de una bellísima orquídea morada.
Subimos luego hasta un pequeño mirador, con pinos y acacias, para ver mejor los contornos: al sur, la espesa sierra de Tajonar, velándonos Zolina y el pueblo de su nombre; en el sotomonte, las casetas con sus huertos, de Labiano, y algunas caserías aledañas. Al este, la sierra de Aranguren, con la punta más cercana de Santa Cruz. Al norte, el acantilado de Malkaitz, que cierra el valle, y los barrios alto y bajo de Ardanaz; más lejos, el museo de Oteiza en Alzuza, y debajo, el caserío de Olaz y las villas ajardinadas de Gorraiz en torno al campo de golf. Mientras al nordeste, se nos agolpan los trazos confusos de Burlada, Sarriguren, Mutilva…, que se alargan hasta el oeste de Cordovilla y el polígono de Esquiroz.
Caen unas gotas, unas golondrinas blancas vuelan bajas, y la gente desaparece del carretil. Unas nubes confusas no saben hacia dónde tirar. Vuelve a lucir el penúltimo sol, que resbala nostálgico sobre la balsa. Un coche rompe el hechizo del silencio mayor. Seguimos un rato recorriendo la tarde. La tarde más que el camino.