Según Gottfried Leibniz, que lo fue todo, acaso el genio más grande que ha dado la Humanidad, Dios solo podía crear, moralmente hablando, el mejor mundo posible. El mal metafísico, que es solo una privación, es la imperfección, raíz de la posibilidad del error y del mal; imperfección propia del ser finito como tal; ser libre sí, pero necesariamente imperfecto. El filósofo alemán sostenía que que la armonía universal de la evolución hace progresar todas las cosas hacia la armonía entre el reino físico de la naturaleza y el el reino moral de la gracia.en un progreso interminable por toda la eternidad, dda la infinitud de Dios.
Pero la pregunta de Job a Dios no encuentra tampoco aquí una respuesta satisfactoria, sosbre todo cuando no entra en juego la libertad del hombre, sino las causas naturales de las catástrofes, enfermedades, pestes… La fe en Jesús de Nazaret, Palabra de Dios y hombre sufriente, que rompió el silencio de la Divinidad, nos conforta y nos acerca a enender mejor el dolor, la enfermedad y la muerte, aunque no la entendamos del todo, aun aceptando la radical finitud del hombre.
La inmensa pesadumbre de la secular injusticia y dscriminación en el mundo desde sus comienzos se convierte para la razón humanista el mejor argumento para postular otra vida mucho mejor que la terrena y para mejorar esta en lo posible. «¿Dónde está el hombre?».
Ya nos enseñó Immanuel Kant, otro genio, que, si la ley moral nos manda hacernos dignos de la felicidad, solo Dios, que desea esa dignidad para sus criaturas, puede facilitarles un día esa felicidad: «La esperanza de la felicidad comienza con la religión».