Íbamos a San Zoilo de Cáseda por la carretera pinosa que parte del nudo de direcciones de Lumbier. Estábamos mirando el bello retablo del caserío de Aibar, cuando vimos el letrero de Leache y nos tentó. Y a Leache que entramos, ayuntamiento separado del del Valle en 1846, situado en la vertiente meridional de la sierra de Izco, por campos de cereal ya maduro y viñas frondosas, frente a los pequeños montes rellenos de pinos de repoblación de Otabera y La Magdalena. En la historia fue famosa su encomienda de la Ordem Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, y luego de Malta, tal vez la primera en Navarra, desde que el rey Sancho el Fuerte donó en agosto de1195 la entonces villa a la Orden, que tuvo allí convento, iglesia de san Martín de Tours y hospital. Quién sabe si la leprosería que estuvo donde la antigua ermita de la Magdalena, entre el pueblo y Aibar, no tenía relación con la encomienda. A la entrada vemos, a nuestra izquierda, los restos de la torre del palacio, uno de los dos que había en el lugar. No pensábamos más que echar un vistazo, pero vemos un pueblo tan limpio, tan refulgente en esta mañana de sol, tan elegantemene mantenido incluso en las viviendas más modestas, que nos bajamos y lo recorremos de absjo a arriba.
En la plaza del general Moriones, la figura más importante de su historia reciente, está el ayuntamiento y la gran masa de piedra, alta y robusta de la iglesia de la Asunción de origen románico tardío, con unas moreras en el atrio exterior y un pino y un ciprés a su espalda. Un bello y simbólico tímpano en la puerta románica, de la misma mano del que adorna la base de la torre, traído de la portada de la iglesia de San Martín de Tours. Por cierto, debajo del mismo hay una inscripción en memoria de dos requetés y un soldado del pueblo, que muieron en la guerra civil. Nos sorprende esta acto de valentía en tiempos como estos, en que se pretende negar la historia, según conveniencia, ignorando que un día quisieron los más de trescientos habitantes del pueblo, cuya voluntad política era abrumadoramente favorable al Bloque de Derechas durante la Segunda República, según las cuentas electorales de entonces.
Difícil, en cambio, se nos hace saber algo del general liberal, marqués de Oroquieta, vayamos donde vayamos y leamos lo que leamos. En el borde sur de la plaza hay dos arcos de piedra de aquellos que cerraban los viejos corrales en el campo, bien aprovechados aqui. Subimos por la calle que atraviesa de sur a norte el poblado y nos ladeamos por la calle de la Fuente, para ver, primero, la vieja, junto al lavadero, muy bien reconstruida, y luego la nueva. Donde estuvo la encomienda, en el extremo norte, queda solo una de sus paredes que hace de frontón, donde juegan a paleta esta mañana una familia. A su derecha, la planta de piedra del viejo templo de la encomienda, el único recuerdo, aparte la portada que antes hemos visto. El resto de sus piedras sirvieron para las construcciones varias del pueblo y algunas hasta para el castillo de Javier.
El lector puede encontrar mil noticias sobre Leache en una de las entradas, bajo ese nombre, escrita en la Red por una mano sabia que lo sabe todo. Alguien hay aqui como mente inspiradora de la renovación de este bello pueblo con sus no más de 30 habitantes, pero multiplicado por los que se fueron y suelen volver, y sobre todo por la voluntad innovadora de los que quedaron.
Como se nos ha hecho tarde, dejamos San Zoilo para otro día y almorzamos entre las acacias, las moreras y los fresnos del sotillo a las puertas de Cáseda, frente a la cascada rumorosa del Aragón sobre la vieja presa debajo de los nueve arcos del poderoso puente medieval -el segundo de Navarra- antes de repartirse entre las isletas que pueblan el anchuroso cauce.
Por la carretera solitaria y placentera que, a la par del río, lleva hasta Javier, damos una vuelta por Gabarderal, viejo poblado de colonización, cien veces más bello que cuando lo vimos la última vez, circundado de rosas por todas partes.
Y, por fin, nuestro siempre recorrido, querido, añorado Javier, al que este año no pudimos acudir en la Javierada. Visitamos al santo en las dos iglesias. El histórico convento de las Oblatas está ahora habitado por las Misioneras de Cristo Jesús, con cuartro religiosas de la comunidad -una vietnamita, entre ellas- que han venido de la casa que tienen en el pueblo. Está la terraza del hotel a rebosar.Y decenas y decenas de padres y niños por la explanada, por el castillo, por la zona recreativa y comercial, que está preciosa de árboles, de flores, de sol, de vida. Aun tenemos tiempo de subir al altillo de la estatua de bronce del Maestro Francisco, último acto de nuestro homenaje.