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Murugain y Gandiriain en Garinoain (I)

 

           Llegamos a la ermita renacentista, muy rehecha después, ya desafectada y sin campana en la espadaña, de la Virgen Blanca o de Nuestra Señora de la Blanca, Patrona del pueblo, en el extremo meridional de Garinoain, sobre el valle del Cemborain. Junto a ella, en un jardincillo preparado en su honor, fue colocado el miliario romano que el arqueólogo navarro Javier Armendáriz Martija encontró en las Ventas del pueblo, el año 2002. Le corteja un plantel de lavanda y, un poco más lejos, una corte de seis cipreses y un rodal de variadas plantas ornamentales.

El miliario está tallado sobre piedra arenisca en forma aproximadamente cilíndrica, y mide 2.35 m. de alto, 50 cm de diámetro en la parte cilíndrica y 61 cm de ancho en la base. Muy afectada la piedra por la erosión, las pocas letras mayúsculas romanas legibles que quedan han sido interpretadas por el experto epigrafista navarro Javier Velaza y por Armendáriz como un formulario largo de dedicación al emperador Caracalla (213-217 d.C), tras mencionar, como era costumbre, a su padre y a todos sus ilustres predecesores. Hasta ahora sólo se habían descubierto dos miliarios dedicados a ese emperador romano: uno en Castiliscar y otro en Añorbe.

El miliario se encontró, como veremos luego, a los pies de un importante núcleo de población, estructurado en la Edad del Hierro, a lo largo de la primera mitad del primer milenio a. C. Lleva el nombre de Muru-gain, nombre formado por la palabra latina murus (muro, muralla, fortaleza) y el sufijo vasco gain, sufijo habitual para para indicar altura. Muro Alto, Alto del Muro, Fortín o Fortaleza Altos. Castro Alto.

El castro, que  extendió con el tiempo su primitivo recinto habitacional-defensivo, se asienta, como es habitual en Navarra, en un espolón de terraza, en forma de lengueta de este a oeste,modelada por la acción erosiva de los pequeños ríos Cidacos y Cemborain-Leoz, que lo circundan por el oeste y el este, respectivamente, a una altura de 35-40 metros de sus cauces. Una reciente extracción de áridos en el foso al norte, que ha dejado en el hondón no pocas muestras de aquel trabajo, ha hecho más fácil calcular los 13 metros de anchura del mismo por 4 de profundidad, por debajo de los derrumbes caídos de la muralla principal. La finca, en la que se posan tres postes del tenido eléctrico, ha acogido este año un cultivo de colza.

Vamos abriéndonos pasos entre la maleza -cardos, tomillos, hinojos, zarzales…- desde el norte hacia el sur, y mirando la muralla y su derumbe que alcanza hoy un talud de ocho metros desde el fondo del foso. Llegados a  una plantación, muy descuidada, de manzanos, perales y hasta de unas parras de moscatel, vemos sobre el talud oriental toda una larga tapia de piedras, que pueden ser parte de la construcción del castro y parte de construcciones o arrreglos posteriores, a fin de afianzar el terreno para el uso agrícola de la planicie. Como aquí no ha habido excavación alguna, no es posible ir hoy por hoy más allá. Seguramente que ciertas partes del recinto fortificado  se cubrieron también, como era habitual, con empalizadas de madera.

Lo que sí podemos decir que, al no haber llevado consigo la romanización en el Valle del Cidacos y especialmente en la Valdorba un traumático abandono de los poblados de la Edad del Hierro, en tiempo del Alto Imperio romano una porción del castro de Murugain se desplazó por la ladera hacia el sur hasta la llanura aluvial del Cidacos, el solar de las actuales Ventas de Garinoain, lugar donde se encontró el miliario de Caracalla y por donde discurría la calzada entre Cara y Pompelo. Pero en la Alta Edad Media, la población residual del viejo fortín prefirió ir a vivir a medio kilómetro al norte, donde está hoy el pueblo de Garinoain, nombre típico navarro terminado en ain, llamado así seguramente por la finca, el fundus de Garindo, Galindo, o como se llamase su primer propietario romano.

Biografía sobre Lenin

 

             En estos tiempos de tantos leninistas agazapados, que en en el mejor de los casos atribuyen a Stalin lo peor del lenismo, tenemos recién editada por Ático de los libros la documentadísima biografía del historiador húngaro Víctor Sebestyen: Lenin. Una biografía. La vida de um hombre frío, de fuerte emotividad, convencido de que el fin justifica los medios y de aplicar el  terror si conviene a sus propósitos.

Por otra parte, su pragamtismo en política es proverbial. El marxismo para él es más una orientación que una ortodoxia. Las circunstancias mandan siempre a los principios. Sus méritos propios fueron muchos mayores que la incompetencia de sus enemigos.

¿Largo Caballero, inocente?

 

                    Está achidemostrado -yo mismo he dedicado a esa cuestión muchas páginas de mi libro El quiebro del PSOE- que Francisco Largo Caballero, entonces presidente del PSOE y secretario general de la UGT, fue el primer responsable de la huelga revolucionaria, verdadero golpe de Estado, del 4 de octubre de 1934, que terminó en la sangrienta insurrección de Asturias y en el también sangriento golpe de Companys en Barcelona, dos días después. Como demostrado está que Indalecio Prieto contribuyó con todas sus veras a la operación de Asturias, aunque fuera el primero -¡pero después de la guerra!- en arrepentirse de ello.

No entro ahora en la cuestión menor de si tales personajes deben tener una calle o una estatua en el Madrid de hoy. Pero lo que me pareció demasiado grave es que El País del 3 de octubre dijera que una conocida catedrática de la universidad Carlos III  había declarado que está más que demostrado que Largo Caballero no promovió la revolución de Asturias de 1934! Recurro a mi admirado amigo, catedrático y para mí el mejor historiador de la República, además de prologuista de mi libro, Julio Gil Pecharromán, y le pregunto si lo que el diario madrileño le hace decir a tal catedrática puede ser cierto y si tan mal está la citada universidad.

Algo me consuela, anque no del todo, su amable respuesta: Escribes bien lo de «le hace decir». A saber lo que le dijo exactamente y lo que ha qerido interpretar el periodista en su resumen. Supongo que XX , que es una excelente profesional, se explayó en su explicación (¿quizás atribuyendo mayor protagonismo a Prieto?) y el plumilla cortó por lo sano.

Orantes

 

         Dionisia García (Fuente Álamo, Albacete, 1929) es una de nuestras poetas veteranas.  Atardece despacio (1976-2017) recoge sus trece poemarios, además del inédito Regresos. Su poesía ha sido traducida a varios idiomas, entre ellos, el chino y el árabe. Ha cultivado también el cuento, el aforismo, el ensayo y la autobiografía novelada. Aun a oscuras (2001) y La apuesta (2016) son libros que nos trasmiten la experiencia amorosa de Dios en ausencia y oscuridad. A este último pertenece el poema aqui elegido.

Y surgirá la rosa en lo baldío
sin que la voluntad trace el sendero.
Dejar que todo ceda en la quietud
y se avecine pronto lo esperado.
Nada que hacer, me dijo quien sabía,
Él llega si es propicia la morada,
si el silencio enmudece en los rincones
para poder oír una voz sola,
gustosa y singular, que no perciben
quienes buscan razón en lo impalpable.
Agradecer el bien sin recompensa;
atesorar la vida con sus dfádivas
en tiempos castigados y convulsos,
para que todo fluya entre nosotros
y venga, de la hondura, el beneficio.

De la Cueva de la Mora, en Fitero, al castillo de Valtierra (y II)

 

          Seguimos por el Camino de la Vega. Tenemos a la vista los Baños, pero nos desviamos por otro sendero hacia la izquierda, y entramos en un vallecico, entre la cordiline de la cueva y una serie de cabezos, cuyas laderas cubren la Gypsophila hispanica (la planta hispana amante de los yesos), la ontina, el sisallo, el escambrón, el tomillo y el enebro. En el fondo del vallecico han plantado también olivos, y olivos seguimos viendo alargando la mirada hasta la cordillera pinosa que nos cierra la vista por el sur. La pista es ancha y esta limpia por el lluviazo de la última noche. Pero llegamos a la altura de Roscas, que contemplamos de nuevo, con todas las metáforas que nos vienen a las mientes, y no vemos indicio alguno de castillo ni de ruinas de castillo. Al final del valle, en la última pista junto al último olivar, un coche blanquecino.

Subimos a uno de los mogotes para ver si vemos algo desde allí. No es fácil avanzar entre los escambrones y los enebros. Vemos bien la vega del Alhama, buscamos pero no identificamos el roquedo donde se esconde la cueva. Dudamos de un monte inclinado hacia la vega, con un buen espaldar de roca, una especie de joroba, y dos líneas de arbustos que lo recorren de arriba abajo, pero creemos no ver nada en la cima. ¡Ay, si hubiéramos sabido que se llama monte Castillo!

Un indicador de madera nos señala 3.800 metros en dirección a Fitero. Así que nos volvemos por donde hemos venido, entreteniéndonos de vez cuando con algunos hormigueros en medio de la pista, que ya han sacado de los agujeros todos los deshechos de la cosecha del verano.

Retomamos el Camino de la Vega y, al llegar al primer cruce, cerca ya de los Baños, tiramos hacia la izquierda, seguros de acertar. Pero pasa el tiempo y los Baños nos quedan cada vez más lejos. Llevamos a nuestra izquierda la serie de calveros que hemos ido viendo en nuestro paseo, y los olivares se han convertido en viñedos. Pasamos junto a una cabaña dentro de una especie de huerto, donde pastan unas cabras, y unos perros pastores se nos echan contra el coche. No sabemos dónde estamos ni a dónde vamos. El tontón marca solo un camino infinito. Vemos a lo lejos un pastor con un rebaño: le gritamos, pero no nos oye. Una cabaña derruida. Unos grandes olivos en una ladera. Vemos también, no muy lejana, una casa de campo a nuestra derecha, pero no parece haber nadie. La pista, que aqui aparece poco transitada, se cierra un poco. Unas viñas abandonadas. El tontón nos señala ahora el pueblo riojano de Cabretón.

Volvemos sobre nuestro error. Ya no hay perros en el camino. Ante el mismo cruce de marras  tiramos esta vez hacia la izquierda. Viñas y más  viñas, frutales y viejos olivos. Encontramos por fin alguna ánima viviente: una pareja de jóvenes fiteranos que hacen deporte. Les parecemos perdidos. Nos dicen que vamos bien pero que tenemos que atravesar el río, que lo tenemos casi a la vista. La aventura que nos faltaba. Les pedimos que se queden. Comprobamos que el vadear aqui no es heroico. Y con nuestros dos  testigos-garantizadores y unas risas, vadeamos el Alhama (¡los baños!), que nos parece aquí mucho más caudaloso que el del puente de Fitero.

Ya en la carretera, dispuestos a ver un castillo como sea, no paramos hasta Valtierra, donde sabemos que acaban de encontrar los restos de uno. Lo que pasa es que, como sabemos que está en lo alto del pueblo, vamos todavía más arriba, hasta el último pino local. Y la verdad que la repoblación ha hecho aquí la maravilla de adornar y verdear toda esta inmensa extensión de yesos del mesozoico. No, el castillo no está aquí, nos dicen unas chicas deportistas, sino más abajo, junto al colegio. De nuevo, nos encontramos con la falta de cualquier señalización.

Subimos hacia el teso por un sendero, bastante sucio por cierto, hasta la explanada del castillo de  Peñaflor, derruido entre el XIV y el XV, que hasta hace poco fue pieza de cereal, donde trabajan desde 2018 los arqueólogos Juanjo Bienes, Oscar Sola y otros, que descubrieron niveles de ocupación de época islámica y restos de la fortaleza. Ahora trabajan, tras la aparición de un silo o pozo ciego, en una estancia abierta que tiene un enlosado rústico de piedra y un canalillo de desagüe, que va a parar al pozo descubierto, lo que parece ser un establo de algún animal o de una casa con letrina. Además, están abriendo con pala excavadora una superficie de unos 20 x 30 metros, mientras otra zona donde están la muralla, la torre y más restos de urbanismo islámico, que están descubriendo ahora, ocupará unos 140 metros. Los arqueólogos esperan poder obtener la colaboración de algunas universidades españolas o francesas y la protección de todo tipo por parte de las autoridades competentes, a fin de conocer y hacer conocer este singular patrimonio de Valtierra, de Navarra y de todo el Valle del Ebro.

Qué tristes nos parecen desde aqui los restos de las viejas cuevas donde vivió tanta gente durante tanto tiempo. Y qué majestuosas las palmeras que ornan el cercano Centro de Salud. Merendamos en el parque frontero al Colegio, donde juegan un grupo de adolescentes, y  contemplamos el longo caserío de Valtierra, con su iglesia renacentista de la Asunción, edificada sobre la mezquita; el palacio de los Gómara (s. XVIII), y lo que queda de la todavía enhiesta torraza medieval, con sus tendiletes de ladrillo y entepaños de tapial, de factura islámica, sobre un monumento funerario romano, de grandes sillares. Cerca  de un vasto cementerio de urnas, y consiguiente poblado de la Segunda Edad del Hierro (primera mitad del siglo V a. C.), bien estudiado por Maluquer de Motes en 1953 y por Amparo Castiella en 1989.

¡Qúé museo protohistórico e histórico el de Valtierra! Pero sin señalización y decoro alguno. Hoy, la torraza, nido de palomas, grajos, gorriones y vencejos, resiste en un entorno de suciedad y de abandono. Y nada podría hacer pensar al más imaginativo que aqui pudo haber un poblado y un cementerio hace 2.500 años. Ahí está, además, el luminoso y polícromo tablero del regadío valtierrano, partido por el Ebro, más difícil de vadear que el Alhama.

De la Cueva de la Mora, de Fitero, al castillo de Valtierra (I)

 

    Sabíamos algo del castillo de Tudején, Turujén, Tudellén y o Tudillén, del siglo X, por la historia general de España y de Navarra y los libros de mi tocayo Manuel García Sesma; nos sedujo siempre la leyenda de Bécquer, y nos ilustró cumplidamente un trabajo riguroso de Manuel Medrano Marqués sobre los orígenes celtibéricos, romanos, visigodos, musulmanes y cristianos del lugar, cuando incluso el río Alhama (los baños, en árabe) corría por un cauce distinto al de hoy. Además del castillo, existía en el llano contiguo un lugar del mismo nombre, que nadie se atreve a interpretar,  y que sobrevivió hasta el siglo XIV, cuyos exiguo restos aparecen hoy entre los nuevos olivares, y una fortificación aledaña, que se llamaba Sanchoabarca.

Sabemos por la historia general que en octubre de 1146 Alfonso VII, el emperador, fue a Tudején para ver a su hija, casada con el rey de Navarra, García Ramírez, y que en enero de 1151 se firmó allí el Tratado entre Alfonso VII de León y Castilla, y Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona, con el fin de declarar la guerra al Reino navarro y repartirse sus territorios.

Teníamos unas vagas indicaciones de un amigo que había visitado hace años el lugar, pero seguros de nuestro instinto descubridor, nos fuimos con los fríos primeros de octubre al encuentro del  tesoro. A la entrada de Fitero, antes de pasar el puente, hoy ampliado y afeado, en el parque de los plátanos cupulares y de las mesas de piedra, donde celebrábamos, en la víspera de la Ascensión, la Romería del Barranco o de la Empanada, despachamos esta vez un almuerzo frugal y nutritivo. Baja el Alhama frágil y desnudo, y nos da la fría impresión de un niño recién bañado, salido bajo el puente. Luego enfilamos la Ruta de las Roscas (o de Roscas, como dicen aquí) y nos metemos por el fértil regadío de la villa, con toda una antigua red de canales y canaletas. Parece mentira que con este aprendiz de río, que nace en la sierra Almuerzo, cerca de Suellacabras (Soria) pueda regarse este bello e intenso regadío, donde hoy brillán, a  la luz macilenta de esta mañana, entre otras hermosuras, los tomates, los pimientos y las manzanas rojas. Cubren las orillas del Alhama carrizales frondosos,  y colonizan los suelos de la vega sauces blancos, álamos blancos, chopos negros, fresnos de hoja estrecha, olmos y algún que otro almez.

Sí, allá arriba están las Roscas. O Roscas, como dicen los de Fitero. Roscas o enormes rosquillas de piedra, a veces amontonadas, a veces verticales, como panes de piedra. Podríamos llamarlas también antorchas geológícas, que sostienen la luz de los días solares, pero también toscas vasijas prehistóricas que recogen las pocas lluvias de la zona, o pararrayos gigantes que luchan contra Eolo y sus tomentas. O boinas para los fiteranos: boinas de rosca protectoras, encasquetadas sobre la villa y sus entornos, sobre su historia, su presente y su futuro, defendidas por ese primer gendarme, con boina. El escritor e historiador fiterano García Sesma inventó para ellas una leyenda y la cantó en un bonito romance:

Roscas no es  una montaña
sino un lamento de piedra…

Apenas la zona de regadío tradicional termina, y, aunque desgraciadamente no haya indicación alguna, damos con la hermosa y robusta Casa del Soto, de dos plantas y ático, construida por el fiterano Pedro Angós Mañeru, entre 1671 y 1673, para apoyar los trabajos agrícolas de los cistercienses, dueños de estos campos, y como  casa de salud, ya que junto a ella manaban dos fuentes, una de agua normal y otra de aguas sulfurosas. Dwebió de estar rodeada de un tupido soto de árboles, mucho más extenso que el de hoy. La casa, de propiedad particular, ha sido arreglada y sostenida en su base hace poco, pero merece alguna señalización para cualquier caminante por esta amena y legendaria Ruta. Esto mismo nos dice una pareja de paisanos no navarros, a los que encontramos dando vueltas a la mansión.

 Un poco más arriba comienzan los campos de olivares, regados gota a gota, aprovechando la cercanía del cauce. La mayor parte  de los mismos están recientemente  plantados, a imitación de los nuevos viñedos, en forma lineal y en seto, lo que ha sido una verdadera revolución en la olivicultura, desde su invención en Huesca a comienzos de los noventa, con rendimientos muy superiores y mucho menor coste de mano de obra. Todo el tiempo que dura nuestra excursión, en todos los los vallecicos de nuestro recorrido por tierras de Fitero, nos vemos rodeados por estos nuevos olivares, y por un circuito de montes más altos cubiertos por pinos carrascos de repblación.

Seguimos por el llamado Camino de la Vega o la nueva Ruta de los Roscas, y pronto encontramos la Cueva de la Mora, cuya leyenda había leído yo a los quince años. No sé cómo subiría a ella Gustavo Adolfo en aquellos años de estancia en los cercanos Baños, débil y enfermo como estaba, pero a nosotros nos acaban de facilitar el acceso con una cómoda barandilla de madera de dos tramos. La cueva, corta de tamaño, abierta en la roca yesífera y colorida del cerro, fue cegada hace años para evitar cualquier accidente humano. Ya no puede nadie imaginar, como los paisanos que hablaban con el poeta, que no la vio entera, ningún pasillo oculto y misterioso que llevase hasta el castillo cercano. Pero al autor de la leyenda le vino muy bien la hipótesis para poder narrar el desgraciado final de la bella mora, hija del alcaide moro, y del caballero cristiano, su loco enamorado, que por ella puso en jaque el castillo reconquistado y a todos los que lo defendían en una y otra ocasión.

Los frondosos y espesísimos matorrales que vio el poeta andaluz están reducidos hoy a unos cuantos cardos, hinojos, lechetreznas, tomillos, y poco más, y en la parte baja hay unos cerezos, nogales y tamarices, a cuya vera han puesto recientemente un banco, en el cual se puede vaciar cómodamente la mochila del condumio y hasta echarse una breve siesta.

Pero lo nuestro es encontrar las ruinas del castillo de Tudején, y a ello nos aprestamos ahora que vuelve a salir el sol y estamos a varios grados más que en Pamplona.

 

«Quién se lo iba a decir si fue un don nadie»

 

       Me envía mi amigo Alfonso Pascal Ros, uno de nuestros mejores poetas, todavía joven,  su precioso libro 130 pulsaciones (Antología poética 1985-2020). Con una poderosa imaginería, nostálgico, partisano, coherente, alérgico al grergarismo, reportero que contempla el futuro, dice de él en un breve prólogo su editor y escritor J. Gonper.

Elijo al azar para este breve cuaderno -porque todos son buenos- uno de sus poemas, que reza como proclama el título:

 

Quién se lo ib a a decir si fue un don nadie
y no presume más porque es prudente,
él en pleno Consejo de Ministros
donde las decisiones que se cuecen
no son cosa cualquiera, bien lo sabe,
y adopta una postura trascendente,
la mano en el mentón, calcada pose
que exhiben las personas eminentes.
Empecemos, señores, hay tarea,
se dirigen a él, Luis, lo de siempre,
dos solos sin azúcar, dos cortados,
dos largos de café y otro con leche.

 

Una especie joven

 

                        Pensábamos que los Homo sapiens habían llegado a Europa hace unos 48.000 años, pero científicos alemanes han revisado unos fósiles encontrados en Grecia y han datado un cráneo con 210.000 años. Sea lo que fuere, somos una especie joven, comparada con el Homo antecessor (600.000 años), encontrado en Atapuerca -qué lugar tan hermoso y sagrado para volver y volver a él-, y, no digamos, con el Homo habilis (2´8 millones).

No éramos los más fuertes. Ni quizás los más sabios. Los neandertales tenían cerebros más grandes, mejor vista y eran más robustos que nosotros. Tal vez fueron ellos los autores de las primeras expresiones artísticas en las grutas, en las rocas, en  las necrópolis… Tal vez.

Somos ya la única especie humana que queda, frágil, expuesta a mil peligros de extinción, y, sin embargo, si no caníbal, como especies anteriores, sí odiadora, vengativa, agresiva, belicosa y homicida.

Humanos (del indoeuropeo dhghem = tierra). Y  del latín humus. Como para no ser humildes.

Julián Besteiro, el ostraciado

 

       Una mano amiga me envía el artículo que un diario digital madrileño dedica a Julián Besteiro (Madrid, 21.IX.1870 – cárcel de Carmona, 27.IX.1940), en el 150 aniversario de su nacimiento y 80 de su muerte. El título del trabajo es ya muy triste: La memoria de Julián Besteiro que incomoda tanto al PSOE de Pedro Sánchez: así es ocultada: una exposición abierta tres horas diarias durante diez días y visitada por solo 240 personas, y el gazapo de un ignorante ministro Abalos, que habló de su asesinato, cuando lo cierto es que murió en la cárcel de una grave enfermedad.

La verdad es que me acordé de los aniversarios de Besteiro, cuyas obras completas leí y cuya trayectoria política he seguido muy de cerca en algunos de mis libros. Hace cincuenta años, cuando traté en Madrid a su mujer Dolores Cebriain, publiqué en Cuadernos para el diálogo un artículo sobre la figura de su marido. Pero hoy, ¿dónde publicar algo parecido, cuando a nadie le importa un comino todo esto, y cuando decir la verdad sobre este socialista, ostraciado en años clave por su partido, puede parecer una carga en profundidad contra el PSOE de entonces y de ahora?

El diario madrileño recuerda la actitud del sucesor de Pablo Iglesias frente a la revolución del 34 –un absurdo imposible-, contra la dictadura del proletariado, y a favor del golpe del coronel Casado contra la República en marzo de 1939 para no prolongar inútilmente la guerra y negociar  una paz. Fue el único dirigente republicano que permaneció en Madrid –me quedaré con los que no pueden salvarse-. Detenido, fue condenado a muerte en un consejo de guerra, y, conmutada la pena, tras un periplo por diversas cárceles, enfermo y envejecido, murió en el penal de Carmona.

Objeto de ostracismo en el partido y en el sindicato a partir de febrero de 1934, fue el diputado socialista más votado en Madrid en febrero de 1936: tal era la popularidad del ex presidente de las Cortes en 1931-1933. Sus enérgicas palabras dichas por radio tras el golpe de Casado y sus palabras escritas dejaron claro su pensamiento sobre el fracaso del bando republicano en la guerra civil: Estamos derrotados nacionalmente por habernos dejado arrastrar a la «línea» bolchevique, que es la aberración política más grande que han conocido quizás los siglos. (…) La reacción contra ese error de la República de dejarse arrastrar a la «línea» bolchevique, la representan gernuinamente, sean los que quieran sus defectos, los nacionalistas, que se han batido en la gran cruzada «anticomitern».

Pero mucho antes, tras ser defenestrado de la presidencia de la UGT, mantenida desde la muerte de Iglesias hasta comienzos de de 1934, fue convertido por el largocaballerismo imperante en la encarnación del reformismo y revisionismo burgués, como he mostrado en mi libro El quiebro del PSOE (1933-1934), II. Para Besteiro, en la sesión del comité nacional de la UGT, el 31 de diciembre de 1933, proclamar la Repúbloca social en España y el Estado totalitario socialista es cosa absurda, imposible en muchos países y más imposible  todavía en España. El líder ugetista se queja de que la prensa del partido envenena a los trabajadores y sigue una campaña para llevarlos a los molinos del comunismo. Llega a decir que hay algún elemento que dirige eso a sabiendas y que nos ha metido ya espiritualmente dentro del comunismo a ese Partido y a esta Unión que se ha estado matando con el comunismo para defender su posición y que hemos visto caer camaradas nuestros muertos por defender esta posición… (…) Y a eso decimos: no, conste que eso por nosotros, no. Que nosotros dejamos aqui bien señalado que por ese camino de locuras decimos a la clase trabajadora que se la lleva al desastre, a la ruina y en último caso que se la lleva al deshonor, porque una clase que se deja embaucar de esta manera y arrastrar sin que haya habido una deliberación en los Congresos…

Un catalanismo cívico

 

         No pienso dedicar una sola línea a la nueva epopeya secesionista de Torra, de Puigdemont o de Aragonés, que bastante tiempo y meninges hemos perdido con ellos. Por eso, cuando me entero de la inhabilitación, tan merecida, del primero, prefiero revivir el articulo que publicó hace unos meses en la revista El Ciervo, de Barcelona, el politólogo Josep Maria Margenat, con el título de Catalanismo cívico ahora.

El catalanismo civíco -escribe Margenat- procede de los primeros industriales liberales decimonónicos, de la menestralia, de las casas obreras y de los centros parroquiales. Es un catalanismo transversal, modernizador, laico. Es el catalanismo pluralista por antonomasia, de los de dentro y de los llegados de fuera, de todos en relación con todos los demás.

Añade que en su día defendió el federalismo ibérico, desde el cabo de Creus al de San Vicente y que hoy propone un federalismo abierto para unir más, no para disgregar, trasversal a las clases sociales, ideologías, lenguas maternas o religiones, europeísta, cosmopolita integrador y católico, es decir, ecuménico y universal. Además, político, no nacionalista, activista, socialmente comprometido, democrático y favorecedor de los más pobres y excluidos. Perfecto, al parecer.

Pero no sé de qué catalanismo perfecto habla este hombre, pues muchos no lo vemos por ninguna parte. Si no me engaño, el cabo San Vicente está en Portugal, y no creo que ERC, por ejemplo, sueñe con eso. El PDCat y la CUP tampoco. ¿Tal vez el PSC, que se se declara federal (asimétrico con Maragall) y no se atreve a ponerle el adjetivo de español? Fuera de todos esos partidos ¿ve Margenat una masa notable de catalanistas angélicos en Cataluña? ¿Acaso entre los que no toleran la enseñanza en la lengua materna? ¿O los que reniegan del bilingüismo como si fuera una peste?

Escribe también Margenat ingenuamente que  como Cataluña puede liderar en España otra forma de construir Europa, como Cataluña puede y debe constribuir a un desarrollo europeo y español con una fuerte orientación social…,  así puede servir al bien común de todos los pueblos hispanos desde la  legalidad, que es un valor cultural, moral y cívico, frente a la absolutización del legalismo burocrático y frente a la absolutización de la negación de la ley anti-instituciobal de los primitivos o montaraces.

No, beatífico Margenat. Hoy por hoy, y por desgracia, aunque usted no se atreva a decirlo y quiera darnos al final de su discurso pan con queso, con la clásica equiparación propia de todos los tibios, Cataluña no puede liderar nada ni en España ni en Europa.  Quizás en el cabo de Creus o en el de San Vicente. Pero no en los pueblos hispanos. Se lo digo con cierta nostalgia pretérita.