Sabíamos algo del castillo de Tudején, Turujén, Tudellén y o Tudillén, del siglo X, por la historia general de España y de Navarra y los libros de mi tocayo Manuel García Sesma; nos sedujo siempre la leyenda de Bécquer, y nos ilustró cumplidamente un trabajo riguroso de Manuel Medrano Marqués sobre los orígenes celtibéricos, romanos, visigodos, musulmanes y cristianos del lugar, cuando incluso el río Alhama (los baños, en árabe) corría por un cauce distinto al de hoy. Además del castillo, existía en el llano contiguo un lugar del mismo nombre, que nadie se atreve a interpretar, y que sobrevivió hasta el siglo XIV, cuyos exiguo restos aparecen hoy entre los nuevos olivares, y una fortificación aledaña, que se llamaba Sanchoabarca.
Sabemos por la historia general que en octubre de 1146 Alfonso VII, el emperador, fue a Tudején para ver a su hija, casada con el rey de Navarra, García Ramírez, y que en enero de 1151 se firmó allí el Tratado entre Alfonso VII de León y Castilla, y Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona, con el fin de declarar la guerra al Reino navarro y repartirse sus territorios.
Teníamos unas vagas indicaciones de un amigo que había visitado hace años el lugar, pero seguros de nuestro instinto descubridor, nos fuimos con los fríos primeros de octubre al encuentro del tesoro. A la entrada de Fitero, antes de pasar el puente, hoy ampliado y afeado, en el parque de los plátanos cupulares y de las mesas de piedra, donde celebrábamos, en la víspera de la Ascensión, la Romería del Barranco o de la Empanada, despachamos esta vez un almuerzo frugal y nutritivo. Baja el Alhama frágil y desnudo, y nos da la fría impresión de un niño recién bañado, salido bajo el puente. Luego enfilamos la Ruta de las Roscas (o de Roscas, como dicen aquí) y nos metemos por el fértil regadío de la villa, con toda una antigua red de canales y canaletas. Parece mentira que con este aprendiz de río, que nace en la sierra Almuerzo, cerca de Suellacabras (Soria) pueda regarse este bello e intenso regadío, donde hoy brillán, a la luz macilenta de esta mañana, entre otras hermosuras, los tomates, los pimientos y las manzanas rojas. Cubren las orillas del Alhama carrizales frondosos, y colonizan los suelos de la vega sauces blancos, álamos blancos, chopos negros, fresnos de hoja estrecha, olmos y algún que otro almez.
Sí, allá arriba están las Roscas. O Roscas, como dicen los de Fitero. Roscas o enormes rosquillas de piedra, a veces amontonadas, a veces verticales, como panes de piedra. Podríamos llamarlas también antorchas geológícas, que sostienen la luz de los días solares, pero también toscas vasijas prehistóricas que recogen las pocas lluvias de la zona, o pararrayos gigantes que luchan contra Eolo y sus tomentas. O boinas para los fiteranos: boinas de rosca protectoras, encasquetadas sobre la villa y sus entornos, sobre su historia, su presente y su futuro, defendidas por ese primer gendarme, con boina. El escritor e historiador fiterano García Sesma inventó para ellas una leyenda y la cantó en un bonito romance:
Roscas no es una montaña
sino un lamento de piedra…
Apenas la zona de regadío tradicional termina, y, aunque desgraciadamente no haya indicación alguna, damos con la hermosa y robusta Casa del Soto, de dos plantas y ático, construida por el fiterano Pedro Angós Mañeru, entre 1671 y 1673, para apoyar los trabajos agrícolas de los cistercienses, dueños de estos campos, y como casa de salud, ya que junto a ella manaban dos fuentes, una de agua normal y otra de aguas sulfurosas. Dwebió de estar rodeada de un tupido soto de árboles, mucho más extenso que el de hoy. La casa, de propiedad particular, ha sido arreglada y sostenida en su base hace poco, pero merece alguna señalización para cualquier caminante por esta amena y legendaria Ruta. Esto mismo nos dice una pareja de paisanos no navarros, a los que encontramos dando vueltas a la mansión.
Un poco más arriba comienzan los campos de olivares, regados gota a gota, aprovechando la cercanía del cauce. La mayor parte de los mismos están recientemente plantados, a imitación de los nuevos viñedos, en forma lineal y en seto, lo que ha sido una verdadera revolución en la olivicultura, desde su invención en Huesca a comienzos de los noventa, con rendimientos muy superiores y mucho menor coste de mano de obra. Todo el tiempo que dura nuestra excursión, en todos los los vallecicos de nuestro recorrido por tierras de Fitero, nos vemos rodeados por estos nuevos olivares, y por un circuito de montes más altos cubiertos por pinos carrascos de repblación.
Seguimos por el llamado Camino de la Vega o la nueva Ruta de los Roscas, y pronto encontramos la Cueva de la Mora, cuya leyenda había leído yo a los quince años. No sé cómo subiría a ella Gustavo Adolfo en aquellos años de estancia en los cercanos Baños, débil y enfermo como estaba, pero a nosotros nos acaban de facilitar el acceso con una cómoda barandilla de madera de dos tramos. La cueva, corta de tamaño, abierta en la roca yesífera y colorida del cerro, fue cegada hace años para evitar cualquier accidente humano. Ya no puede nadie imaginar, como los paisanos que hablaban con el poeta, que no la vio entera, ningún pasillo oculto y misterioso que llevase hasta el castillo cercano. Pero al autor de la leyenda le vino muy bien la hipótesis para poder narrar el desgraciado final de la bella mora, hija del alcaide moro, y del caballero cristiano, su loco enamorado, que por ella puso en jaque el castillo reconquistado y a todos los que lo defendían en una y otra ocasión.
Los frondosos y espesísimos matorrales que vio el poeta andaluz están reducidos hoy a unos cuantos cardos, hinojos, lechetreznas, tomillos, y poco más, y en la parte baja hay unos cerezos, nogales y tamarices, a cuya vera han puesto recientemente un banco, en el cual se puede vaciar cómodamente la mochila del condumio y hasta echarse una breve siesta.
Pero lo nuestro es encontrar las ruinas del castillo de Tudején, y a ello nos aprestamos ahora que vuelve a salir el sol y estamos a varios grados más que en Pamplona.