De la Cueva de la Mora, en Fitero, al castillo de Valtierra (y II)

 

          Seguimos por el Camino de la Vega. Tenemos a la vista los Baños, pero nos desviamos por otro sendero hacia la izquierda, y entramos en un vallecico, entre la cordiline de la cueva y una serie de cabezos, cuyas laderas cubren la Gypsophila hispanica (la planta hispana amante de los yesos), la ontina, el sisallo, el escambrón, el tomillo y el enebro. En el fondo del vallecico han plantado también olivos, y olivos seguimos viendo alargando la mirada hasta la cordillera pinosa que nos cierra la vista por el sur. La pista es ancha y esta limpia por el lluviazo de la última noche. Pero llegamos a la altura de Roscas, que contemplamos de nuevo, con todas las metáforas que nos vienen a las mientes, y no vemos indicio alguno de castillo ni de ruinas de castillo. Al final del valle, en la última pista junto al último olivar, un coche blanquecino.

Subimos a uno de los mogotes para ver si vemos algo desde allí. No es fácil avanzar entre los escambrones y los enebros. Vemos bien la vega del Alhama, buscamos pero no identificamos el roquedo donde se esconde la cueva. Dudamos de un monte inclinado hacia la vega, con un buen espaldar de roca, una especie de joroba, y dos líneas de arbustos que lo recorren de arriba abajo, pero creemos no ver nada en la cima. ¡Ay, si hubiéramos sabido que se llama monte Castillo!

Un indicador de madera nos señala 3.800 metros en dirección a Fitero. Así que nos volvemos por donde hemos venido, entreteniéndonos de vez cuando con algunos hormigueros en medio de la pista, que ya han sacado de los agujeros todos los deshechos de la cosecha del verano.

Retomamos el Camino de la Vega y, al llegar al primer cruce, cerca ya de los Baños, tiramos hacia la izquierda, seguros de acertar. Pero pasa el tiempo y los Baños nos quedan cada vez más lejos. Llevamos a nuestra izquierda la serie de calveros que hemos ido viendo en nuestro paseo, y los olivares se han convertido en viñedos. Pasamos junto a una cabaña dentro de una especie de huerto, donde pastan unas cabras, y unos perros pastores se nos echan contra el coche. No sabemos dónde estamos ni a dónde vamos. El tontón marca solo un camino infinito. Vemos a lo lejos un pastor con un rebaño: le gritamos, pero no nos oye. Una cabaña derruida. Unos grandes olivos en una ladera. Vemos también, no muy lejana, una casa de campo a nuestra derecha, pero no parece haber nadie. La pista, que aqui aparece poco transitada, se cierra un poco. Unas viñas abandonadas. El tontón nos señala ahora el pueblo riojano de Cabretón.

Volvemos sobre nuestro error. Ya no hay perros en el camino. Ante el mismo cruce de marras  tiramos esta vez hacia la izquierda. Viñas y más  viñas, frutales y viejos olivos. Encontramos por fin alguna ánima viviente: una pareja de jóvenes fiteranos que hacen deporte. Les parecemos perdidos. Nos dicen que vamos bien pero que tenemos que atravesar el río, que lo tenemos casi a la vista. La aventura que nos faltaba. Les pedimos que se queden. Comprobamos que el vadear aqui no es heroico. Y con nuestros dos  testigos-garantizadores y unas risas, vadeamos el Alhama (¡los baños!), que nos parece aquí mucho más caudaloso que el del puente de Fitero.

Ya en la carretera, dispuestos a ver un castillo como sea, no paramos hasta Valtierra, donde sabemos que acaban de encontrar los restos de uno. Lo que pasa es que, como sabemos que está en lo alto del pueblo, vamos todavía más arriba, hasta el último pino local. Y la verdad que la repoblación ha hecho aquí la maravilla de adornar y verdear toda esta inmensa extensión de yesos del mesozoico. No, el castillo no está aquí, nos dicen unas chicas deportistas, sino más abajo, junto al colegio. De nuevo, nos encontramos con la falta de cualquier señalización.

Subimos hacia el teso por un sendero, bastante sucio por cierto, hasta la explanada del castillo de  Peñaflor, derruido entre el XIV y el XV, que hasta hace poco fue pieza de cereal, donde trabajan desde 2018 los arqueólogos Juanjo Bienes, Oscar Sola y otros, que descubrieron niveles de ocupación de época islámica y restos de la fortaleza. Ahora trabajan, tras la aparición de un silo o pozo ciego, en una estancia abierta que tiene un enlosado rústico de piedra y un canalillo de desagüe, que va a parar al pozo descubierto, lo que parece ser un establo de algún animal o de una casa con letrina. Además, están abriendo con pala excavadora una superficie de unos 20 x 30 metros, mientras otra zona donde están la muralla, la torre y más restos de urbanismo islámico, que están descubriendo ahora, ocupará unos 140 metros. Los arqueólogos esperan poder obtener la colaboración de algunas universidades españolas o francesas y la protección de todo tipo por parte de las autoridades competentes, a fin de conocer y hacer conocer este singular patrimonio de Valtierra, de Navarra y de todo el Valle del Ebro.

Qué tristes nos parecen desde aqui los restos de las viejas cuevas donde vivió tanta gente durante tanto tiempo. Y qué majestuosas las palmeras que ornan el cercano Centro de Salud. Merendamos en el parque frontero al Colegio, donde juegan un grupo de adolescentes, y  contemplamos el longo caserío de Valtierra, con su iglesia renacentista de la Asunción, edificada sobre la mezquita; el palacio de los Gómara (s. XVIII), y lo que queda de la todavía enhiesta torraza medieval, con sus tendiletes de ladrillo y entepaños de tapial, de factura islámica, sobre un monumento funerario romano, de grandes sillares. Cerca  de un vasto cementerio de urnas, y consiguiente poblado de la Segunda Edad del Hierro (primera mitad del siglo V a. C.), bien estudiado por Maluquer de Motes en 1953 y por Amparo Castiella en 1989.

¡Qúé museo protohistórico e histórico el de Valtierra! Pero sin señalización y decoro alguno. Hoy, la torraza, nido de palomas, grajos, gorriones y vencejos, resiste en un entorno de suciedad y de abandono. Y nada podría hacer pensar al más imaginativo que aqui pudo haber un poblado y un cementerio hace 2.500 años. Ahí está, además, el luminoso y polícromo tablero del regadío valtierrano, partido por el Ebro, más difícil de vadear que el Alhama.