Archivo del Autor: vmarbeloa

Por la calzada romana de Belate (y II)

 

           Saltamos la escalerilla de madera, que nos introduce en el llamado Ermitako Lepoa (El cuello-collado de la ermita). El edificio rectangular que veíamos al subir es el refugio-ermita (aterpe-baseliza) de Santiago, levantado por los Amigos del Camino de Santiago del Baztán el año 2016, con la ayuda de algunos ayuntamientos y donativos de particulares. Lo construyeron sobre los restos de la ermita del siglo XII, con buenos sillares baztaneses, entrada salediza al sur y una diminuta linterna coronada por una cruz. En una vitrina se conservan algunos pequeños objetos encontrados en los trabajos de la reconstrucción. Los desmontes de tierra y la valla de seguridad que rodea los alrededores del refugio afean bastante el conjunto. Hay una familia comiendo en una mesita de piedra  dentro del perímetro del recinto.

Rebrillan al sol las crines royas y morenas de las yeguas que pastan, apacibles. Un cromlec, fácil de ver, se extiende ante nosotros; tal vez  hay alguno más. Pero sobre todo vemos de frente el glorioso corredor de la calzada romana, que sigue segura hacia el este, escoltada por una veintena de monolitos, que es la estampa que yo tenía en la cabeza. Plantados por el hombre al lado norte de la vía, sobre la pendiente,  algunos de ellos se han doblegado al ímpetu de los elementos seculares, sobre todo por la cesión del terreno. No creo que se trate de menhires protohistóricos, que serían demasiados en este concreto lugar, o que hayan sido arrastrados hasta aqui desde otros yacimientos próximos. Pienso que los romanos los colocaron aqui para asegurar la visibilidad de la calzada, aún con las grandes losas laterales al descubierto, en tiempo de nieve y de niebla, muy frecuentes aqui, y mucho más entonces. El enigma es de dónde pudieron arrancar tales moles. Como de costumbre, beso una de estas piedras memorables y me abrazo a ella, en comunión de universalidad, perennidad y belleza.

Seguimos un rato por la calzada, que sigue hasta Berroeta, paralela a la carretera actual, bajando hasta la regata Marín, sin perder la anchura entre 2´5 y 4 metros, pero perdiendo en buena parte la visibilidad del enlosado, manteniendo mejor, y no siempre, el espacio de la caja. Antes de volver, damos una vuelta por el paisaje: Allí lejos, la blanca tiza de Larrun, el barrio fronterizo y comercial de Bera. Mucho más cerca, frente a nosotros, los restos del fuerte carlista, que hace muchos años visité y describí.  A un tiro de piedra el cerro rocoso de Urdanbidegi -¿una de las canteras primitivas?-, que el montañero y escritor Julio Asunción alcanzó y donde descubrió el dolmen de Matracola. Nos cuenta también en su libro tan útil sus ascensos a los cercanos montes de Azkenatz y Gartzaga, objetivos de muchos montañeros de esta mañana, donde encontró varios cromlechs y menhires.

Bajamos, como subimos, dudando, perdiéndonos y encontrándonos, mucho más lentos que otros más jóvenes. Vemos que dejamos, al partir, una ventana abierta en el coche, pero no pasó nada raro. Intentamos luego subir  hasta la ermita de Santiago, a donde vimos subir en coche a varios paisanos, pero hay en el acceso una puerta de metal que impide el paso. Como ningún sitio nos parece cómodo antes de cruzar el Puerto, bajamos hasta Almandoz y almorzamos en el parque, debajo del pueblo, junto a una fuente, donde nos miman el sol y el silencio.

Y, por ver los primeros colores del otoño baztanés, en honor de Ana Mari Marín, llegamos hasta el castiilo de Amaiur, cuyo ascenso es más llevadero que el de Belate. Todavía está el sol sobre el macizo que ahora nos cierra la visión última, mientras el Gorramendi megalítico, que tenemos encima, tapiza sus laderas con helechos otoñados, en contraste con el gris hosco de su cima pelada. Qué blanco el camposanto escalonado de Amaiur, y qué lindo el desfile de casas, de blanco y hastial, desde el palacio a la iglesia.

Vemos in situ los últimos trabajos de reconstrucción del castillo medieval y sus refuerzos en 1512-1522. Izan zirelako gara, gareleko izanen dira, dice un cartelito colgado, como si nada, en el paseo de ronda de la segunda muralla medieval, elogiando la propia obra llevada a cabo. El refrán se puede leer de muchas maneras. No de muchas maneras se puede tolerar, en cambio, que toda esta obra monumental la presida una bandera no oficial de Navarra, propia de un determinado partido o movimiento, signo que se repite varias veces en el recinto. ¿Esto es territorio navarro o territorio de Udalbiltza, uno de los firmantes del panel del castillo?

 

Por la calzada romana de Belate (I)

 

                 Tantas veces viendo aquellos altos mojones desde la carretera y hasta desde el frontero Fuerte carlista y nunca viéndolos de cerca… Asi que volvemos a entrar por la pista que nos llevó un día hasta el Monasterio, más bien Priorato, de Belate.  Entrada llena de coches, como de costumbre, los sábados y domingos. Un curioso panel con un mapa del sendero GR-12, se titula: Senderos de Euskalerría. La mañana de octubre, el mes más hermoso del año, está limpia y jubilosa y se refleja en el robledal, levemente enrojecido, del vallecico del Ultzama, que ya se llama así y corre ya sonoro, siendo solo uno de los muchos afluentes que nutren al río hecho y derecho, afluente a su vez del Arga. Ha llovido la noche y el día anteriores, y por la pista corren multitud de regatillos, que se desbocan sobre la vallonada. Vuelven varias parejas y grupos de gente joven y madura, que han salido al monte muy temprano, como los buenos montañeros y senderistas. Algunos también vienen todavía detrás de nosotros.

El camino es cómodo, excepto en un pequeño repecho. La vía romana, que por aquí ni se insinúa y que seguramente se construyó sobre otra vía anterior, rompe la continuidad del hayedo, al que antes hundió la fuerza del pequeño río. El hayedo continua espeso a nuestra izquierda, y algunas hayas crecen entre grandes piedras o retuercen sus troncos para desasirse de ellas, que es cosa de ver. Vemos allí arriba arriba unas yeguas. Cuando ya llegamos cerca del Priorato y estamos a punto de ver claramente el inicio de la calzada que sube hasta el collado, damos con nuestros amigos, también mascarillados, Sonsoles y Emilio, a quienes nos cuesta reconocer y que ya vuelven de su excursión. Con ellos echamos cuatro risas.

Sí, aqui está la calzada romana con una anchura de cuatro metros, con las losas verticales a los dos lados, construida con la piedra que aflora en el lugar. Puede corresponder a la vía número 34 del Itinerario de Antonino, y, en cualquier caso, fue una ruta que comunicaba la Hispania Citerior con las Galias. Solo en pequeños tramos la calzada se conserva entera y visible entre el bajo matorral que la cubre casi por completo o por completo en la mayor parte del ascenso. Por otra parte, las corrientes de agua que bajan tras las lluvias ha enfangado muchos de sus espacios. Dudamos una y otra vez por dónde subir, como haremos después por dónde bajar. Pasa una pareja joven, ya de vuelta de la subida al Saioa, y les preguntamos por la calzada de arriba. No saben de qué va y les sorprende que estemos pisando todos esa misma calzada. A veces el derrumbe del trazado de la vía romana ha dejado la ruta llena de piedras y desniveles, lo que dificulta el ascender, por lo que los caminantes cambian con frecuencia de sendero o lo hacen de nuevo.

Nos volvemos de vez en cuando, mientras tomamos aliento, hacia lo que queda del viejo Priorato-Hospital de pegrinos (1.160) en el Camino de Santiago desde el Baztán a Pamplona, un día muy poderoso en posesiones e influencia. Fue hospital mixto, a la manera del tiempo, con prior y priora, religiosas y religiosos. Tan aislado y tan a la intemperie, sobre todo cuando las peregrinaciones decayeron, padeció a lo largo del tiempo incendios y saqueos, incluso por parte de las tropas de don Juan de Labrit, en 1513, cuando volvían de ser derrotadas en Pamplona, y perseguidas de cerca por las tropas guipuizcoanas/castellanas. Incendiado en 1764 y devastado por las tropas de la Convención, terminó siendo una venta.

Desde aquí nos aparece la iglesia de Santa Maria la Real de Belate como una gran tortuga rectangular de siglos, bajo caparazón de lajas, con cinco patas de contrafuertes a cada lado y boca románica apuntada  con cuatro arquivoltas. Quieta, muda, impasible. Alguien más espiritual que yo la verá tal vez como una continua e intensa oración colectiva, anclada en la eternidad relativa del tiempo y del espacio, en medio de la implacable y divina Naturaleza. La primera vez que la vimos, pastaban vacas en una era contigua, bien vallada, y en la era paralela, también vallada, contigua a la antigua hospedería-hospital, que algunos llaman monasterio, frente a la iglesia. Hoy no vemos vacas, pero el tejado colorado de este segundo edificio, en forma de caserío, desentona sobradamente. Mejor alzar un poco más la vista y descansar en el hayerío superior.

En nuestra ascensión nos guían los colores rojo y blanco de la GR-12, que se cruzan a veces con las flechas amarillas del Camino de Santiago, que desde el Norte de Navarra, por la calzada romana, llegaba hasta el Priorato-Hospital, y que en el último kilómetro se desvía del camino madre para descender, autónomo, hasta su destino.

 

Premios Princesa de Asturias

 

              No voy a comentar, como he hecho alguna vez, algunos de los discursos de los premiados por la Fundación Princesa de Asturias. Sólo quiero mostrar una vez más mi entusiasmo por la misma, por su existencia, su continuidad, su organización, sus aciertos hasta ahora. Y por la edición de ayer, claro. No creo que España haya creado y  patrocinado en estos cuarenta años (desde 1981) un evento cultural mejor que este, que solo puede compararse con el Nobel.

Este año, sobre todo, teníamos necesidad de vivir una fiesta así. Una fiesta de la inteligencia, de la voluntad creadora, de los sentimientoss universales. Una fiesta de conocimiento, reconocimiento y exaltación de las ciencias, las artes, las letras, la cooperación al desarrollo  y el humanismo ejemplar, encarnados en mujeres y varones ejemplares, elegidos pòr los mejores analistas y críticos entre los mejores del mundo.

Qué alivio, qué descanso, qué fruición sublime olvidar por un buen rato nuestra miserable vida política nacional y autonómica, arrastrada, vulgar, ignara, cainita y autodestructora, y abismarse en esa placidez y sabiduría, entre ecuménica y patriótica, que nos trae cada año la Fundación. Junto al encanto juvenil y prometedor de doña Leonor, la Princesa de Asturias, y a las palabras verdaderamente regias y reconfortantes de don Felpe VI, rey de España, siempre en su tiempo  y en su sitio.

 

«Nada te turbe. Nada te espante…»

 

 

          Ayer, fiesta de Santa Teresa, mi santa más cercana, más querida, a pesar de sus manías visionarias: por santaza, por humanísima, por divertida y por escribir tan sinceramente, tan bellamente, como nadie. Mis visitas a los lugares carmelitanos son experiencias inolvidables: San José, La Encarnación, Santo Tomás, Alba de Tormes, y otros Carmelos. Sus obras han sido durante años en mi casa lectura pública familiar. Y ese aviso espiritual -más que oración-, ese epítome de estoicismo a lo divino, fundado en el amor de Dios, Nada te turbe, nada te espante…, ha sido un estribillo constante en mi vida espiritual.

He escrrito alguna vez, y ya no sé dónde ni cuándo, alguna glosa sobre él. Ayer, a la vuelta de una misa funeral por un amigo, me vino de nuevo a las mientes, y arrebatadamente escribí… no mi antítesis, Dios me libre, sino mi pobre experiencia frente a la de la Santa:

 

Muchas cosas me turban.
Muchas cosas me espantan.
Todo, sí, pero a qué duro precio, se pasa.
Dios no se muda, pero parece mudo y no habla.
Mis impaciencias pocas cosas me alcanzan.
Mis dioses no me consiguen lo mucho que me falta.
Sólo Dios basta.
¿Qué Dios, Dios mío? ¡Ven! ¡Pasa!

Para, al final, volver a recitar: Nada te turbe. Nada te espante…

Últimos aforismos

 

 

-En el Nanocosmos, el gran descubrimiento de la física y de la biología del siglo XX, no hay enanos.

-El conservador se distingue del reaccionario en que no quiere salvar a nadie, pero tampoco condenar a nadie.

-Los posmodernos suelen menospreciar y hasta despreciar las convicciones profundas, los testimonios heroicos, y hagiografías varias. De ahí que se les haga tan intolerable la idea del Dios de la metafísica.

-El clásico Carpe diem horaciano lo convierten muchos en Carpe noctem.

 

Clericalismo religioso

 

         Juan Arana, hijo de uno de los notarios de la ciudad, era en los años 1963-1965, cuando fui profesor de Historia y Arte, en el Colegio Diocesano de Nuestra Señora del Puy de Estella, lo que se dice un alumno brillante. Ahora, ya jubilado de su cátedra de Filosofía de la universidad de Sevilla, y autor de varios libros importantes, me envía su Teología para incrédulos, editado por la BAC Popular. Libro leve dentro de su densidad, humilde, divertido a la par que erudito, y más que apologético, con ganas de esclarecer lo que también para él es a veces oscuro o, simplemente, super-humano.

Juan Arana nos confiesa desde el principio que sufrió durante muchos años una crisis de fe, lo que le ayuda mucho, a la hora de escribir el libro, para no querer dar lecciones a nadie, sino razones muy humanas y cercanas, sin levantar demasiado la voz y sin esperar más de lo que se puede esperar entre humanos. Partiendo de la inteligencia tradicional de la fe, aporta sugerencias muy sagaces a temas como la libertad, la religión, el purgatorio, el infierno, el problema del mal, el clericalismo… (Seguramente me dará pie para otras entradas). Hablando del clericalismo, distingue entre el clericalismo secular, que implica la intromisión de los clérigos en cuanto  tales en la esfera de lo secular, y el clericalismo religioso, consistente en que los habilitados para el sacerdocio ministerial interfieran, suplanten o impidan el ejercicio del sacerdocio común, que compete a los creyentes.

El autor piensa, con razón, que el primero está felizmente superado o en vías de superación, pero que el segundo sigue todavía ampliamente extendido, tanto por falta de contención de los clérigos, como, sobre todo, por deficiente compromiso o indolencia de los laicos. La verdad es que solo por fuerza mayor, es decir, por no poder más, dada la escasez de clero y la escasez de fieles, va a ser posible por fin que los clérigos se contengan de acapararlo todo en una Iglesia clericalizada -como repite nada menos que el papa Francisco- y los laicos dejen su indolencia y sean un poco más activos y dolientes, comprometiéndose en tantos quehaceres que durante siglos se les negaron. Esto, en una interpretación optimista de una triste, pero seguramente liberadora, situación.

Las encíclicas del papa Francisco

 

 Un amigo me cuenta que una persona muy importante le ha dicho que no le gustan nada las encíclicas del papa actual, porque habla de todo menos de Dios y trata de cosas que otros podían hablar mejor que él.

Le digo yo que le pregunte, en primer lugar, si ha leido seriamente las tres encíclicas de Francisco, que, por cierto, han dado la vuelta al mundo, lo que muy pocas veces ha ocurrido. En cuanto a las referencias a Dios, me viene a las mientes aquel chiste del predicador del Bajo Aragón, al que, cada vez que nombraba a San Roque, le daban un real de vellón. Como supongo que en este caso no se trata de las veces que se cita a Dios en cada enciclica, sino de las veces que se  habla sobre Dios en ellas, le añado a mi amigo que le anime al suyo a leer las diferentes encíclicas desde la Quanta Cura (y su listado el Syllabus), de Pío IX (1864), y que compare cuánto hablan y cómo sobre Dios los diferentes papas en cada una de sus diferentes encíclicas sobre muy diferentes temas. Y ya verá  cómo le gustan más las del papa Francisco y el Dios del que en ellas se habla -el Dios de Jesús de Nazaret-, en relación, claro, con los hombres de este mundo.

Murugain y Gandiriain en Garinoain (y III)

 

      Cuatro días más tarde, llegamos a Garinoain y, pasando por encma del  Cidacos y de las vías del tren, tomamos la pista que nos lleva a la ermita de Santa Cecilia, rectangular, a dos aguas, que conocemos desde hace muchos años: subida a un teso en forma de óvalo casi perfecto, solo desfigurado por el camino que sube hasta la la ermita, que tiene su romería el martes anterior a la fiesta del Corpus Christi. Desde que la vimos por vez primera, vimos en ella un castro protohistórico, dada su configuración, el muro de piedras que corría por sus límites, los derrumbres de piedras, sobre todo en la parte occidental y septentrional, su doble foso… Sobre la puerta, una inscripción: Santa Cecilia, ora pro nobis, y encima, una sencilla cruz. Unos lirios azules suelen florecer junto a la puerta en tiempos de la romería. Un coro de robles, propios de la zona, rodea a la ermita por casi todos los lados. Como en el caso de los castros anteriores, no se ha llevado a cabo estudio alguno  acerca del poblado protohistórico. Probablemente, tras el paso de los romanos, la población del castro pasó a vivir in planum, a un terreno más llano, al sur del cerro, como casi todos los poblados de su época.

Y ya puestos, nos vamos a buscar el útimo castro local conocido, el de Ohianburu -cabeza o límite de bosque-, en la muga con Artajona. Pero hemos tomado el camino incorrecto, buscamos por lugares incorrectos -una gran pieza en pendiente, con algnos montones de piedras que nos despistan, rodeada de coscojas y encinas- y no encontramos nada. Pero tenemos la suerte de encontrar un desfile de hormigas, nunca visto. Desde la maleza de un ribazo salen en filas de diez o doce, formando una cinta negra bien visible, y durante veinte o treinta metros recorren el sendero de entrada a la serna, luego siguen por la pista principal, en un momento dado se dividen en dos filas para reagruparse de nuevo, hasta perderse para nosostros en la maleza de otro ribazo. La mayoría de ellas llevan alguna carga en la boca- Es la primera vez que hemos visto un hormiguero tan copioso: millones de hormigas corredoras, veloces, disciplinadas, hacendosas, que van o vienen a/de su trabajo cotidianao, tal vez hoy extraordinario, mientras nosotros… buscamos un castro.

Desde Oihanburu el mapa la Valdorba es espléndidao, aparte el arco iris que nos regala durante un rato su collar  de colores. De una parte a otra del arco de visión, los molinos eólicos -quizás la más grande concentración de toda Navarra- son aves blancas gigantescas, que revolotean sin parar bajo e cielo azul de la tarde en retirada. Volviendo hacia Garinoain el penúltimo sol nos va rosicleaando el cerrito de Santa Cecilia, y a la vez la cima de Pueyo, las estampas de Sansoain, Garinoain-Barasoain, Solchaga y su ermita, Unzué y su penacho rocoso…,. para luego, tras quitarles el color, verlos palidecer y seguir con su color de tierra o su color de cal.

Vamos a las Ventas de Garinoain, donde Amendáriz encontró el miliario, a la vera del Cidacos y de la carretera N-121. Se edificaronn en torno a la ermita o iglesia de San Clemente y se llamaban Posaderías de San Clemente. La iglesia, que no aparece ni en el Catálogo Monumental, era sede de la cofradía de la Trinidad, existente al menos desde mediados del siglo XVI. Se llamaron igualmente Ventas del Hospital, así como El Mesón. Que de todo debio de haber aquí. Está casi oscuro cuando nosotros nos acercamos a un hilada de cuatro edificios de dos plantas, a la puerta de uno de los cuales hay unn señor entrado en años. Le saludamos y todo eso, y le preguntamos cuántas personas viven allí:

-Antes estaba yo solo. Ahora ya somos tres. Aunque eso no se si es para mejor…

Nos dice que para ver la antigua iglesia es mejor verla por atrás. Y la verdad es que el primer edificio, aunque no lo parezca, es una iglesia de piedra de sillería con planta rectangular, de una sola nave, con ocho gruesos contrafuertes laterales y cubierta de teja sobre canecillos lisos. Seguramente de finales del siglo XII o comienzos del XIII. La iglesia fue convertida hace mucho tiempo en vivienda y fue desfigurada exteriormente casi por completo. La pared lateral oriental está totalmente cubierta por la hiedra, donde duermen decenas de gorriones, que se asustan por nuestro paso y salen de estampida. Las otras dos casas contiguas son muy sencillas, con huertas y corrales en la parte trasera, pero la vivienda que lleva el número 1 es una casa reciente, que tiene una  losa a la entrada, que algunos creen fue un ara de altar,  pero yo creo ver en su cabecera el pomo de una espada, parecido al de la lápida funeraria. de Eristain, por lo que podría ser otra del mismo tipo, trasladada desde el interior de la iglesia de San Clemente.

Cerca de aqui, entre un montón de piedras, expuestas para la venta, tras la demolición de alguna de estas casas o corrales, encontró Armendáriz el miliario y lo puso a buen recaudo. Tanto él como Velaza sostienen el trayecto de la calzada romana entre Jacca y Vareia por los poblamientos protohistóricos  y romanos de Murubitarte (Alto de Lerga) San Juan y Mendigain (Maquirriain de Valdorba,) Murugain (Garinoain), donde se juntaría con la calzada mayor entre Summus Pyrineus-Pompelo-Cara-Cesaraugusta, para seguir cerca de Santa Cecilia, Oihanburu, Cerco de Artajona, camino de Andelo y, en dirección a Vareia. Mejor que el defendido por otros arqueólogos: San Martín-Tafalla-Artajona.

Estamos, pues, en un nudo viario del Imperio de Roma en la Hispania Citerior. Ahí es nada.

 

 

Murugain y Gandiriain en Garinoain (II)

 

     Del castro de Murugain nos vamos a otro término no lejano del pueblo, de nombre Gandiriain o Gandirain, despoblado del que no quedan restos, otro de los antropónimos antiguos de propiedad y pertenencia -con sufijo en ain-, pero que no me atrevo a descifrar. Es un pequeño alturón, a un tiro largo de piedra enfrente y encima de la iglesia de Catalain, joya del románico y santuario por antonomasia de la Valdorba, de donde se sube y a donde se baja por un camino natural atravesando el río Cemborain-Leoz. Según rumores muy extendidos por el pueblo, en una viña del término se encontró hace tiempo, al hacer el hondalán, una urna con cenizas.

El talud que tenemos delante tiene toda la pinta de un castro, con un gran foso natural, ahora lleno de pinos y cipreses Es una pieza larga, de norte a sur, de cultivo de cereal y por la parte occidental tiene una hilada de piedras en los lindes que dan al camino.Por el flanco oriental el cerco natural es más bajo. En el extremo sur el  terreno se eleva un poco y está poblado por un rodal de encinas. Nos quedamos con la duda y pensamos en volver a tener datos más precisos de ciertos vecinos que algo de esto saben.

Volvemos una vez más a pasar por Catalain, que nos gusta tanto, y tomanos luego el carretil hacia Solchaga. Lo vemos muy crecido con una hilada de villas nuevas por el norte. Nos paramos también en Eristrain (¿Evaristi fundus?), lugar domentado ya a finales del siglo XI donde hay dos notables viviendas, rodedadas de sus respectivos jardines. La primera de ellas fue durante siglos palacio de cabo de armería. En medio de las dos sigue en pie una igesia románica de San Juan Bautista, del siglo XI, a la que se le añadió un ábside de tambor en el XII y la portada a finales del XIII. En el XIV fue decorada en su interior y en el siglo XVI se le añadió el pórtico y se reforzó la torre.

Durante los  trabajos de restauración del templo a comienzos de 1993 y bajo el nivel de la zanja de saneamiento -de ahí su integridad- se encontró una bloque rectangular de piedra en la esquina noroeste del edificio, con una inscripción romana en muy buen estado de conservación: Invocando a los dioses Manes, Lunia Materna dedica (el monumento funerario) a su marido Emiliano, de 70 años, y a su hijo Emilio Materno, de 25. Carmen Castillo y Mercedes Unzu, que estudiaron el epígrafe dicen que, escrito entre los siglos I y II, podria tratarse, dados los defectos del mismo, de una familia indígena romanizada y con ciertas pretensiones, pero de ambiente rural.

Es muy probable que en el lugar primitivo de la iglesia existiese un monumento funerario romano perteneciente a una villa (¿de Evaristo?), que sirvió, tras su ruina, de cantera a la construcción del templo. Este ha servido también de lugar de sepultura entre los siglos XII y XVIII, dentro y fuera del recinto sacro. En un lado del suelo del pórtico, de grandes ruejos, hay tres sepulturas con sus laudas. La del centro lleva como único signo una espada vertical- propia de caballero-, que ocupa toda la lápida desde el pomo hasta la punta afilada de la misma.

También el próximo pueblo de Olóriz tiene varias atracciones protohistóricas, pero este día de septiembre no nos da para más.