Ayer, fiesta de Santa Teresa, mi santa más cercana, más querida, a pesar de sus manías visionarias: por santaza, por humanísima, por divertida y por escribir tan sinceramente, tan bellamente, como nadie. Mis visitas a los lugares carmelitanos son experiencias inolvidables: San José, La Encarnación, Santo Tomás, Alba de Tormes, y otros Carmelos. Sus obras han sido durante años en mi casa lectura pública familiar. Y ese aviso espiritual -más que oración-, ese epítome de estoicismo a lo divino, fundado en el amor de Dios, Nada te turbe, nada te espante…, ha sido un estribillo constante en mi vida espiritual.
He escrrito alguna vez, y ya no sé dónde ni cuándo, alguna glosa sobre él. Ayer, a la vuelta de una misa funeral por un amigo, me vino de nuevo a las mientes, y arrebatadamente escribí… no mi antítesis, Dios me libre, sino mi pobre experiencia frente a la de la Santa:
Muchas cosas me turban.
Muchas cosas me espantan.
Todo, sí, pero a qué duro precio, se pasa.
Dios no se muda, pero parece mudo y no habla.
Mis impaciencias pocas cosas me alcanzan.
Mis dioses no me consiguen lo mucho que me falta.
Sólo Dios basta.
¿Qué Dios, Dios mío? ¡Ven! ¡Pasa!
Para, al final, volver a recitar: Nada te turbe. Nada te espante…