Juan Arana, hijo de uno de los notarios de la ciudad, era en los años 1963-1965, cuando fui profesor de Historia y Arte, en el Colegio Diocesano de Nuestra Señora del Puy de Estella, lo que se dice un alumno brillante. Ahora, ya jubilado de su cátedra de Filosofía de la universidad de Sevilla, y autor de varios libros importantes, me envía su Teología para incrédulos, editado por la BAC Popular. Libro leve dentro de su densidad, humilde, divertido a la par que erudito, y más que apologético, con ganas de esclarecer lo que también para él es a veces oscuro o, simplemente, super-humano.
Juan Arana nos confiesa desde el principio que sufrió durante muchos años una crisis de fe, lo que le ayuda mucho, a la hora de escribir el libro, para no querer dar lecciones a nadie, sino razones muy humanas y cercanas, sin levantar demasiado la voz y sin esperar más de lo que se puede esperar entre humanos. Partiendo de la inteligencia tradicional de la fe, aporta sugerencias muy sagaces a temas como la libertad, la religión, el purgatorio, el infierno, el problema del mal, el clericalismo… (Seguramente me dará pie para otras entradas). Hablando del clericalismo, distingue entre el clericalismo secular, que implica la intromisión de los clérigos en cuanto tales en la esfera de lo secular, y el clericalismo religioso, consistente en que los habilitados para el sacerdocio ministerial interfieran, suplanten o impidan el ejercicio del sacerdocio común, que compete a los creyentes.
El autor piensa, con razón, que el primero está felizmente superado o en vías de superación, pero que el segundo sigue todavía ampliamente extendido, tanto por falta de contención de los clérigos, como, sobre todo, por deficiente compromiso o indolencia de los laicos. La verdad es que solo por fuerza mayor, es decir, por no poder más, dada la escasez de clero y la escasez de fieles, va a ser posible por fin que los clérigos se contengan de acapararlo todo en una Iglesia clericalizada -como repite nada menos que el papa Francisco- y los laicos dejen su indolencia y sean un poco más activos y dolientes, comprometiéndose en tantos quehaceres que durante siglos se les negaron. Esto, en una interpretación optimista de una triste, pero seguramente liberadora, situación.