Adoración de los Magos



(Hans Memling)

Dos Magos, arrodillados,
vestidos al modo regio,
se presentan ante el niño
con el oro y el incienso.
Muy cerquita,
un tercero,
todavía de pie,
alto y negro,
al entrar,
se quita gentilmente el sombrero.
María, de azul, sentada,
tiene en brazos al pequeño.
José, solemne y de pie,
vestido de largo y rojo,
no parece un carpintero.
El buey y la mula, juntos,
están lejos.
Un séquito de curiosos,
tropa del cortejo,
mira a los lados del cuadro
ante un gran establo, dentro
de un templo desvencijado
del Antiguo Testamento.

Ya no son solo los Magos de Oriente,
si entre ellos hay un negro,
un negro que, al entrar,
se quita gentilmente el sombrero.

Cabalgata de luces



Árboles de luz,
guirnaldas y centellas deslumbrantes,
banderas luminosas, chorros lumínicos,
estrella bíblicas blancas o azules,
campeando en el espacio,
fachadas incendiadas de luces,
colores y dibujos…
en la Plaza Mayor,
Canalejas, Callao,
Cibeles, Castelar, o Castilla;
Puerta del Sol o de Alcalá;
Gran Vía, Paseo del Prado,
Recoletos, Castellana,
Serrano y calles adyacentes…
¡qué cabalgata de luces recorre estos días
la ciudad del lujo,
la ciudad del dinero y del poder,
pero también la ciudad del arte,
la ciudad de la belleza y la cultura,
y sobre todo la ciudad donde viven,
pasan, gozan y sufren
millones de personas,
que han oído hablar, al menos,
 de un tal Jesús de Nazaret,
o de Belén,
y de unos Magos, que un día
se asomaron al mundo,
siguiendo a una estrella errante,
y que hoy recorren las calles de pueblos y ciudades
llevando regalos e ilusión a niños y mayores!

¿No quería el evangelista en su midrash-comentario
enseñar que Jesús de Nazaret
había nacido para todos los mortales,
para liberar a las gentes de Oriente y Occidente? 

Todas estas luces y esplendores
nos recuerdan los pasos de aquella cabalgata parabólica
y todo Madrid es un belén iluminado
para que los Magos de la fe
dejen el regalo impagable
de su mágica presencia,
de su excelsa, generosa misión. 

Belenes del mundo



(Museo de San Isidro. Los orígenes de Madrid)

Uno de los muchos belenes expuestos es el de Bolivia, con ocho figuritas de alambre y madera, revestidas de lanas y telas, precedidas por un burrito y una llama. Una pastorcica cholita, tocada con un sombrero, lleva una flauta, no se sabe si para tocarla o regalarla; otro pastor, cubierto con un colorido chullo, más cercano quizás al propietario del rebaño-hemos hecho demasiado pronto autónomos a pobres pastores!- lleva en sus brazos un cordero. Los que hacen de Magos -blanco, negro, e indígena- calzan sandalias y calcetines de lana y portan rústicas diademas en sus cabezas, con capitas cortas de tejidos también rústicos sobre sus hombros. La Virgen viste de azul y gorrito claro de alpaca. José lleva poncho y chullo marrón de lana. En un canastillo de paja duerme un niño chiquitín, fajado herméticamente con dos cintas de colores.

Levantad a ese niño


(Dirk Bouts, Tríptico de la vida de la Virgen)


Levantad a ese niño
del duro suelo,
desnudo como un verme,
expuesto
a los aires,
los vientos,
las lluvias,
los hielos.
En vez de arrodillaros,
José y María,
levantad al niño
del duro suelo.
Angelitos ociosos,
que andáis de revuelo,
levantad al niño
del duro suelo.
Y vosotros, curiosos,
que miráis de lejos,
entrad, y, si los padres
y los ángeles
han perdido el tiento,
levantad al niño
del duro suelo.

Cumpleaños

 


Hoy no me dexisto
ni me desantaño.
Los noventa rondan
en mi calendario.
Día de recuerdos,
día de presagios,
día de balances:
perjuicios y daños,
y de beneficios
tamaños
de una larga vida,
de un regalo largo.

Ochentón fenezco,
noventeño avanzo,
más cerca de Dios,
siempre muy cercano.
Hasta que Dios quiera,
decían antaño.
Pero Dios dejó a las leyes
el destino exacto.

Hasta que las leyes
decidan, yo sigo
                                        y me callo.

La Sagrada Familia


(Bernard van Orley)

El Niño, muy crecidito,
busca el pecho de María.

El buen José, en una mano,
una fruta le ofrecía.
Con canastillo de flores
un arcángel le venía.
Y otro arcángel, en el aire,
una corona celeste
a la Virgen, en vano, le traía.

El Niño, muy crecidito,
solo busca el pecho de María.

La Virgen con el Niño


Rogier van der Weiden
(Madonna Durán)


Angelito celeste,
no le pongas
a la Virgen
esa corona.
Déjale al niño
revolver las hojas
del libro divino,
aunque las rompa,
y a la Virgen madre
de la veste roja
mirarle arrobada…
Pero no le pongas
sobre su cabeza
ninguna corona.

Que corona es el niño,
que basta y sobra.