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Mañana de Resurrección

La mañana está pascual.
Cristo vive
y el mundo estrena luz celestial.

Es el día de la nueva creación.
Por pasiva y por activa,
el día de la Resurrección.

La muerte ha sido vencida.
Todo es gracia.
Dios es Dios de la fuerza que da vida.

El muerto ya no está aqui.
Porque el cuerpo espiritual
es así.

Rompe la ley de las cosas,
la pesadumbre
de la masa y de la losa.

¿Se quedaron los guardas dormidos?
Es igual.
Aqui no valen mucho los sentidos.

El mensaje del ángel mensajero,
símbolo de Dios,
es muy certero:

Que vuelvan a Galilea.
No hay que mirar al cielo.
Hay que seguir la tarea.

Fueron ellas las primeras que lo oyeron,
mas los sesudos varones
no les creyeron.

Mujeres al fin, mujeres.
Durante siglos
no se tuvieron en cuenta sus pareceres.

La primera en todo, María Magdalena.
Santa mujer,
excluida pronto de la escena.

Enhorabuena a Cristo Salvador:
Él nos salva
de la muerte y del horror
de una noche sin alba.

Salmo 22 ( y VI)

Cuando sepan lo que ha hecho el Señor
con el Justo de Israel,
con su Siervo, con su Hijo;
lo que ha hecho con aquéllos
que creyeron en sus firmes promesas;
lo que hace y hará con nosotros
en su día,
volverán hacia Él
los confines de la tierra,
las familias de los pueblos.

Y será  nuestro Dios el rey de las naciones,
el regidor querido y admirado.
Y vendrán  a sus brazos paternales
los que duermen en el polvo,
los que nunca esperaron
ver de nuevo la luz.
Y unos a otros
recordarán sus maravillas,
y la mejor herencia
será la fe confiada en su palabra
y el amor
a todos los que habitan en su reino.

Porque así actuó el Dios de las justicias
el día de la prueba contundente,
los días de la angustia, el dolor y el sobresalto.
El Señor
es el padre de los pobres y los justos.

Salmo 22 (V)

Dios no pudo librarle de la muerte
porque era mortal.
Pero Dios le salvó del sinsentido
de la vida,
de la noche sin alba,
de la eterna sombra del sheol.
Y todo llegó a su cumplimiento. (Jn 19, 30)

Los que fuimos liberados con él
y por él
contaremos la fama del Dios de nuestros padres
en medio del linaje de Jacob
y de todos los pueblos de la  tierra.
Porque no desdeñó ni despreció
la desgracia del pobre acorralado,
ni le ocultó su rostro en la hora crucial,
y escuchó su gemido innenarrable
y acogió su postrer encomienda.
(Luc 23, 46)

Sabemos por fin ahora
que, un no lejano día,
los pobres serán saciados, (Luc 6, 21)
que encontrarán a Dios los que le buscan
y vivirán sus corazones para siempre.

Salmo 22 (IV)

¿Quién fue el canalla que dijo
que Jesús de Nazaret
quiso morir en la cruz?
¿Qué teólogo blasfemo sugirió
que Dios, su Padre amoroso,
le hizo crucificar?
¿Quién quiso disimular
la culpa hedionda y macabra
de todos los responsables
de aquel crimen?
Los cuatro evangelistas
acuden a los salmos
para poner en labios de Jesús
agonizante
las palabras más próximas
a su íntimo ser.
Sabemos qué es ser hombre.
No sabemos qué es ser Dios.
Tampoco cómo es
un hombre habitado y poseído
por la Divinidad. (Col 1, 19)
Pero hombre como era
Jesús de Nazaret,
hombre perfecto, al decir
de un Concilio venerable,
sufrió la norma implacable de la muerte,
con todo el horror
de los crucificados.
Vivió y murió invocando
la fuerza de su Padre,
buscando su cercanía,
la que libra de los perros rabiosos,
la que salva de las fauces furiosas del león
y defiende de los cuernos feroces
de los toros de Basán.

Su grito apocalíptico (Mc 15, 37)
fue la muerte del hombre más justo
de la Tierra.

Salmo 22 ( III)

Amarga es la muerte
-el último enemigo que nos queda-, (I Co 15, 26)
pero ¿qué decir de la muerte
de los torturados, los quemados,
de los arrastrados por el suelo,
de los despellejados,
de los descuartizados,
o de los crucificados…?

Jesús de Nazaret,
como muchos que murieron su muerte ignominiosa,
expiró acorralado
por los feroces toros de Basán,
por amarillos perros rabiosos
que llegaban a sus pies
-en forma de bandas de malhechores-,
por leones que le abrían de cerca sus fauces
furiosas.
Veía derramarse su hombría nazarena
como el agua,
y fundirse lo mismo que la cera de un cirio
su inmenso corazón.
Sed brotaba su reseca garganta  (Jn 19, 28)
como teja sin lluvia,
perdidas las palabras
en su lengua apegada al paladar.
Y podían contarse, uno a uno,
sus huesos descoyuntados.
Con sus pies y sus manos inmóviles,
fijados por los clavos,
sentía hundirse su recia y joven vida
en el oscuro y revuelto polvo de la muerte.

Debajo de la cruz, soldados mercenarios
sorteaban su túnica inconsútil
de ambulante maestro galileo,
como hacían
con las ropas aún útiles
de los pobres colgados de las cruces.

Salmo 22 (II)

En ese Dios confiaron nuestros padres.
Muchos siglos de seres humanos
confiaron en ese mismo Dios,
gloria de Israel,
o en dioses cercanos tutelares,
de santuarios domésticos.
En Dios, al fin y al cabo, todos confiaron,
y Dios los salvó, como ellos creyeron.
Millones y millones de varones y mujeres
murieron creyendo en ese Dios,
amaron a ese Dios,
y muchos de entre ellos
hasta dieron su vida antes de tiempo
por Él.
Salvaron su fe,
y con ella el sentido de su vida.
No, admirado salmista.
Aunque el hombre agustiado o moribundo
se parezca a un gusano,
no lo es.
Aunque sea el escarnio de su gente
y el asco de su pueblo.
Aunque todos se burlen de él
moviendo sus cabezas.
Un gusano no grita. «¡Dios mío!»
ni, elegido desde el vientre materno,  (Jr 1, 5)
es capaz de decir                      (Jb 10, 9-11)
la oración más bella y completa  de todas:
«¡Tú eres mi Dios!»    

Semana Santa. Salmo 22 (I)

Millones y millones de hombres en el mundo
mueren abandonados,
y Dios parece
estúpidamente ajeno
                              a sus gritos agónicos,
al rugido inaguantable
de sus broncas voces mortecinas.

¿De qué nos sirve
decir «¡Dios mío!» por tres veces,
por un millón de veces, si es preciso;
intentar agarrarnos a ese Dios,
si ese Dios se desprende de nosotros,
si ese Dios nos tiene abandonados?

Mas, si el Cristo crucifixo, en su agonía,
llama a Dios por tres veces;  (Mc 15, 34)
si el «maldito» en su trono     (Gal 3, 13)
de congoja y soledad,
le invoca fervoroso,
es que Dios es más hondo todavía
que el físico abandono del hombre agonizante,
más íntimo y presente
que la terrible desesperación.

Ramos y palmas. Palmas y ramos

   Palmas y ramos,
   ramos y palmas
   para un rey que no lleva
   reales armas.

   Ramos y palmas,
   palmas y ramos
   para un rey que carece
   de cortesanos.

   Palmas y ramos,
   ramos y palmas
   para un rey que no tiene
   oro ni plata.

   Ramos y palmas,
   palmas y ramos
   para un rey que no quiere
   tronos ni estrados.

   Ramos y palmas,
   palmas y ramos…

Ocho poetas navarros

Mi amigo Javier Asiain, uno de esos ocho, me envía el precioso libro, editado y presentado en Madrid, de 196 páginas, en el que se recoge la antología de ocho poetas navarros, maduros jóvenes o jóvenes maduros, desde los 37 a los 57, algunos de los cuales ya estaban en la antología, que publiqué sobre poetas navarros del siglo XX, en 1903. ¿Quiénes son los nuevos y qué dicen, cantan o lloran? Por ahora, importa menos. Lo que ahora me importa es hacer patente el gozo que me causa esta nueva antología, o floración, a la que seguirán otras y otras. La poesía de los poetas navarros sigue viva, tal vez más viva que nunca, y sobre todo vivificadora, dentro de los pequeños ámbitos en los que se le deja vivir. Qué bien que los poetas de hoy tengan unas posibilidades de creación, promoción, edición, distribución y recepción que nosotros no tuvimos, aunque hicimos lo posible por tenerlas. Espero que algo de lo que hicimos haya servido de algo y siga sirviendo en los años próximos. Contenidamente, claro porque, como escribe JA: Escribir es desangrarse / y la Poesía es siempre / un acto heroico.

Una huelga general

La huelga política que pretenda ser general, y toda huelga política suele pretenderlo, no tiene más remedio, por definición, que ser coactiva, con mayor o menor violencia. De ahí, los piquetes informativos: informativos de la coacción que imponen y van a imponer: con insultos, empellones, a veces agresiones, clavos y silicona. Como ayer en Pamplona y en otros muchos lugares de España, aunque a muchos les parezca a todos normal, con tal que no haya tiros ni muertos. Y asi se desvirtúa, se desnaturaliza, se corrompe una huelga, derecho fundamental de todo trabajador. Así no vale nada el alarde de los números de huelguistas en la industria y en el transporte, si el resultado numérico final es el efecto de la coacción más o menos violenta. Asi se desprestigian, más de lo que están, los sindicatos. Así siempre gana «la patronal» y el Gobierno de turno. Es hora ya de que sindicatos y partidos políticos en España, mimados justamente en la Transición, se acomoden, como todo el mundo, a los nuevos tiempos, a las exigencias de la nueva economía y de la nueva sociedad. Es triste decirlo, pero la realidad se impone. En Barcelona, por ejemplo, los sindicatos hacen miuy poco esfuerzo para evitar a los incontrolados en las manifestaciones. Y en Navarra y Euskadi, los sindicatos españoles quisieron coincidir con los sindicatos independentistas vascos en un mismo día de acción. Y ahí está el fruto violento de táctica tan desdichada.