En ese Dios confiaron nuestros padres.
Muchos siglos de seres humanos
confiaron en ese mismo Dios,
gloria de Israel,
o en dioses cercanos tutelares,
de santuarios domésticos.
En Dios, al fin y al cabo, todos confiaron,
y Dios los salvó, como ellos creyeron.
Millones y millones de varones y mujeres
murieron creyendo en ese Dios,
amaron a ese Dios,
y muchos de entre ellos
hasta dieron su vida antes de tiempo
por Él.
Salvaron su fe,
y con ella el sentido de su vida.
No, admirado salmista.
Aunque el hombre agustiado o moribundo
se parezca a un gusano,
no lo es.
Aunque sea el escarnio de su gente
y el asco de su pueblo.
Aunque todos se burlen de él
moviendo sus cabezas.
Un gusano no grita. «¡Dios mío!»
ni, elegido desde el vientre materno, (Jr 1, 5)
es capaz de decir (Jb 10, 9-11)
la oración más bella y completa de todas:
«¡Tú eres mi Dios!»
