Millones y millones de hombres en el mundo
mueren abandonados,
y Dios parece
estúpidamente ajeno
a sus gritos agónicos,
al rugido inaguantable
de sus broncas voces mortecinas.
¿De qué nos sirve
decir «¡Dios mío!» por tres veces,
por un millón de veces, si es preciso;
intentar agarrarnos a ese Dios,
si ese Dios se desprende de nosotros,
si ese Dios nos tiene abandonados?
Mas, si el Cristo crucifixo, en su agonía,
llama a Dios por tres veces; (Mc 15, 34)
si el «maldito» en su trono (Gal 3, 13)
de congoja y soledad,
le invoca fervoroso,
es que Dios es más hondo todavía
que el físico abandono del hombre agonizante,
más íntimo y presente
que la terrible desesperación.
