Amarga es la muerte
-el último enemigo que nos queda-, (I Co 15, 26)
pero ¿qué decir de la muerte
de los torturados, los quemados,
de los arrastrados por el suelo,
de los despellejados,
de los descuartizados,
o de los crucificados…?
Jesús de Nazaret,
como muchos que murieron su muerte ignominiosa,
expiró acorralado
por los feroces toros de Basán,
por amarillos perros rabiosos
que llegaban a sus pies
-en forma de bandas de malhechores-,
por leones que le abrían de cerca sus fauces
furiosas.
Veía derramarse su hombría nazarena
como el agua,
y fundirse lo mismo que la cera de un cirio
su inmenso corazón.
Sed brotaba su reseca garganta (Jn 19, 28)
como teja sin lluvia,
perdidas las palabras
en su lengua apegada al paladar.
Y podían contarse, uno a uno,
sus huesos descoyuntados.
Con sus pies y sus manos inmóviles,
fijados por los clavos,
sentía hundirse su recia y joven vida
en el oscuro y revuelto polvo de la muerte.
Debajo de la cruz, soldados mercenarios
sorteaban su túnica inconsútil
de ambulante maestro galileo,
como hacían
con las ropas aún útiles
de los pobres colgados de las cruces.
