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La verdadera seña de identidad

Seminario en Madrid sobre El bilingüismo en España. Anteayer le tocaba a Navarra. Sociólogos, filólogos, filósofos, juristas, historiadores y algunos políticos, venidos sobre todo de las Comunidades bilingües. Larga reflexión y vivo debate. Me quedo a estas horas con el resumen de un filólogo, historiador y hombre de letras a la vez: «No, la lengua no es tampoco esa seña privilegiada de identidad de la que hablan los etnonacionalistas vascos. Es verdad que ya no es la religión, ni la raza, ni la historia. Pero tampoco la lengua. La lengua es, sí, un medio poderoso, pero para cultivar, acrecer, potenciar y difundir la aversión y el odio a España, que es la verdadera seña de identidad de todos los etnonacionalistas vascos».

Entender lo diferente

El fracaso del hombre es su incapacidad de entender lo diferente”, escribió Kapuscinski, el universal periodista polaco, recientemente fallecido. ¡Si lo diferente es todo, incluido uno mismo! 

Estatuto y Constitución

«Si el Estatuto no cabe en la Constitución, habrá que cambiar la Constitución«, dice hoy en un diario nacional nada menos que el presidente de CIU, Artur Mas, con quien el presidente del Gobierno español hizo aquel pacto de última hora y dejó a Maragall en la estacada. No sólo es la España al revés, sino el derecho al revés. En ninguna clase de derecho público ni en ningún país del mundo se diría una cosa como ésta, un dislate como éste. No nos equivocamos, pues, quienes, con el máximo respeto, pero también con el máximo rigor criticamos en su día el Estatuto catalán. Los mayores responsables son quienes lo votaron en las Cortes, sabiendo, como lo habían dicho ellos mismos, que era ese enorme error que sigue siendo, y cuyas consecuencias están por ver. Pero lo votaron obedientemente, ciegamente, incluido el presidente de la comisión constitucional, con la obediencia ciega, de la que tantas veces se han reido. Pues, a verlas venir!

Democracia sin dignidad

El historiador y ex rector de la Univ ersidad del País Vasco, Manuel Montero, escribía hace unas semanas en EC un artículo, que se resume bien en el título, «El final de un sueño», refiriéndose al que él también denominaba proceso de paz, y concluía certero: «No puede funcionar una democracia sin dignidad«. Antes de cualquier proceso, en medio de él o después de él. Espero que el ilustre universitario no vuelva a soñar apoyado en tan débiles supuestos.

Tandas de comensales

Volviendo a la campaña contra el hambre. Cuando veo, oigo o leo que muchos hombres públicos, ricos y poderosos, entre ellos muchos políticos, comen y beben habitualmente en los restaurantes más caros, recuerdo aquellas palabras del joven político mallorquín Antonio Maura, cuando decía que los partidos políticos debían «nutrirse con la opinión» de las gentes, y no ser sólo «tandas de comensales«.

Contra el hambre

Día contra el hambre en el mundo. Me viene a la memoria un chiste negro reciente de Idígoras y Pachi en EM:  Dos altos y esqueléticos africanos subsaharianos, que tienen de la mano a unos niños esqueléticos, oyen por la radio la noticia de la huelga de hambre de un preso en España, al que alimentan por la fuerza. Y le dice uno al otro:
Vamos para España. Allí hasta te obligan a comer!

¿Para qué la historia?

¿Para qué la historia? Pues, al menos, «para impedir que las huellas de las buenas acciones se marchiten y lograr que los malvados teman quedar atrapados en su páginas«, al decir del historiador romano Tácito. La segunda parte de la sentencia nos parece hoy un tanto ingenua, y lo mejor de la misma ya va implícito en la primera. Creo que la frase, con  su lección, es superior a la de Cicerón, que define la historia como «maestra de la vida«. Aunque la historia sea todavía mucho más.

España represora y violadora

Según The Times, que recoge unas declaraciones al diario inglés del preso etarra autor de 25 asesinatos, Iñaki De Juana Chaos, en huelga de hambre de propaganda etarra, éste habría dicho a su redactor cosas como éstas: «¿Can you blame the repressed for the actions of the repressor? ¿Can you blame the violated for the actions of the violated?» (¿Puede usted culpar al reprimido por los actos del represor? ¿Puede usted culpar a la violada por los actos del violador?) El repugnante asesino no se arrepiente de lo hecho: él es, como se ve, un reprimido y un violado por la España represora y violadora, por el Estado español (y también seguramente por el francés) violador y represor. Nos guste o no, esto le han enseñado en ETA, esto lo ha aprendido y lo ha enseñado él a los demás. Esto, de mil maneras, lo dijo y escribió Sabino Arana y los que le han continuado. Dejando aparte, naturalmente, los múltiples y espantosos crímenes del que ahora lo dice y su justificación directa, esto es lo que piensan en el fondo todo los independentistas activos, terroristas o no: que España es el principal causante del conflicto, es decir, también de ETA, del terror y de la muerte. Que España es la primera responsable de lo que sucede. Entre las consecuencias de esta convicción y de este mensaje, repetido a todas horas y de todas las maneras, es que ahora lo diga quien lo dice y en las circunstancias en las que lo dice. Y, si no entendemos esto, no hemos entendido nada. Y no haremos sino dar palos de ciego.

Católicos sociales

El día 20 de febrero de 1936, terminadas las elecciones con el triunfo pírrico en votos del Frente Popular, Manuel Azaña, flamante presidente del Gobierno, dedica parte de sus reflexiones diarias a la entrevista mantenida en el despacho del azañista Amós Salvador, nuevo ministro de la Gobernación, con el democristiano Manuel Giménez Fernández. Profesor sevillano, republicano, ex ministro de Agricultura con dos gobiernos radical-cedistas y líder el más social de la CEDA, a quien Gil Robles le había encargado una serie de contactos con los dirigentes de partidos republicanos en aquella situación política tan delicada y grave, el político alcalaíno, como es habitual en él, describe a su interlocutor con desprecio y anota mordaz que nunca le ha oido hablar ni ha leido nada suyo: «Ignoro si vale para algo«. Interpreta su visita sólo como una señal de miedo de la derecha católica tras perder las elecciones. Y añade unas líneas muy interesantes, que resumen bien cómo se veía en aquel tiempo, y hasta hace bien poco, desde fuera de la Iglesia, y más desde el mundo anticlerical y antieclesial, a los cristianos sociales: «Estos cristianos sociales reeditan la posición de Ossorio hace veinte años. Rigurosamente fracasada. En España lo «cristiano» es específicamente católico. Lo social, en cuanto sale de academias y ateneos (a veces sin salir), y abarca intereses vivos de las clases, es anticatólico. Y el catolicismo militante es acérrimo defensor del orden establecido. No sé cómo pueden conciliarse en una política ambas tendencias. Quien la mantenga de buena fe y con miras de conservación social está destinado al fracaso y la soledad, sobre todo entre las clases conservadoras. Porque las otras, ni siquiera lo oyen«. Después de espetar al diputado católico que los atropellos y asaltos de iglesias, periódicos y centros derechistas, de los que éste se queja, son «el resultado fatal de una opresión de casi dos años«, remata Azaña «riendo»: «Tienen ustedes que convencerse que la derecha de la República soy yo y ustedes unos aprendices extraviados».

Imperio Austro-Húngaro

Leemos en el libro El Estado fragmentado del catedrático Francisco Sosa Wagner, antiguo profesor del actual presidente del Gobierno cosas como éstas: «A fuerza de insistir en lo que nos separa y olvidar lo que nos une; a fuerza de complacernos y ensimismarnos con las naciones y con la «nación de naciones», con las diferencias de la España «plural», y manosearlas todas las mañanas y en todas las ocasiones; a fuerza de idear o magnificar litigios lingüísticos, y rememorar agravios, y distinguir en nuestro patrimonio créditos inextinguibles contra la cuenta de unos derechos históricos, en rigor prehistóricos y fantasmales, podemos llegar en efecto, pasito a pasito, con frívola parsimonia, a montar algo parecido al Imperio Austro-Húngaro, con sus monumentales y paralizantes líos«. Y en otro lugar: «Es lógico que los nacionalistas busquen munición para su propia supervivencia, pero que se les proporcione tal munición desde las instituciones estatales es una forma de jugar con fuego«. Fuera de algún adjetivo desmesurado, de llamar nacionalistas a los independentistas y decir estatales en vez de nacionales, el resto y, en general, todo el libro es una buena lección para antiguos y presentes alumnos como JLRZ y otros muchos como él.