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Frente a la crispación

Es evidente la crispación -palabra de moda- en ciertos sectores españoles, no en toda España, ni mucho menos. Crispadores son sobre todo muchos políticos y periodistas, no se sabe a veces quiénes más, quiénes menos. La Iglesia, por supuesto, no debiera tener a su cargo crispadores de oficio, ni identificarse con crispación alguna, que nunca puede equipararse a una firme y juiciosa actitud ante cualquier tipo de acontecimientos. La historia de España nos enseña cuán difícil es a muchos españoles entender las razones de los otros, antes de condenarlos o de enfrentarse cívicamente a ellos, y respetar al menos las convicciones, los deseos y los sentimientos legítimos, distintos de los suyos propios. Tras el Concilio Vaticano II y la encíclica de Benedicto XVI, Deus caritas est, resulta más fácil entender que el cristianismo es una religión de amor, incluso, ay, para los enemigos, como nos recordaba el evangelio de la misa hace un par de domingos. Y el cristianismo, dejando a cada cristiano la libertad debida en sus opciones temporales, tiene hoy también la gran tarea de conntribuir a la reconciliación entre los ciudadanos, en España y fuera de España, y de articular de la mejor manera posible la variadísima diversidad de los hombres de nuestro tiempo.

Ciudad Juárez

Hay veces en que una buena noticia nos informa de su correspondiente mala noticia. Eso me ha ocurrido cuando he leído al azar sobre el III Premio Internacional Abogados de Atocha, concedido por el Gobierno de Castilla la Mancha a la asociación Nuestras hijas de regreso a casa, de Ciudad Juárez (Méjico). Me he metido en su página web (www.mujeresdejuarez.org) y he visto con horror lo que no me imaginaba, lo que no hubiera querido ver. La asociación nació en 2001, cuando muchas madres, padres y familiares habían perdido ya muchas hijas, hermanas, sobrinas, primas, todas jóvenes y casi siempre guapas, que después habían sido torturadas, mutiladas, violadas antes / o después de ser asesinadas y arrojadas por ahí. Desde 1993 son ya 460 mujeres asesinadas y más de 600 desaparecidas, casi siempre en el trayecto entre el trabajo, la escuela y la casa. ¿Cómo es esto posible? Pregunta inútil. Hoy mismo sigue siendo tabú. Quien habla de eso, y sobre todo quien lo denuncia, corre el riesgo de que le insulten, le excluyan, le amenacen, o le quiten el aliento. Cuanto más tiempo pasa, la impunidad aumenta. Ni empresas ni autoridades parecen hacer algo para garantizar la seguridad de las mujeres.Otro crimen múltiple de lesa humanidad, casi oculto y desconocido tal vez por casi todos. ¡Y muchos de nosotros, entretenidos hasta hace poco con la reyerta pública y cotidiana entre los candidatos a la presidencia de la República..! ¿Habrán visitado los dos contendientes esa negra Ciudad Juárez y habrán hablado con esas mujeres que acaban de recibir ese bendito premio en Toledo?

La Cuaresma con los Cuarenta

La Cuaresma es algo todavía más que oración, ayuno y misericordia, según el célebre comentario de San Pedro Crisólogo. La Cuaresma -hablemos mejor en lenguaje simbólico- es desierto y es perdón, encuentro y luz, esfuerzo y silencio, y sobre todo cruz y triunfo liberador. Hace un año -lo decía con sorpresa y gozo también en esta bitácora recién estrenada- encontré una manera muy real y cotidiana de vivir los cuarenta días de la Cuaresma con los los cuarenta países más pobres del mundo, a través de la página web de la Familia Marianista en España (www.marianistas.org). Una información básica de cada uno de ellos, con mapas, fotos, gráficos, sinopsis y principales datos e indicadores, servidos por la Guía del Mundo (www.guiadelmundo.org.uy), obra del Instituto del Tercer Mundo, editada en español por la editorial marianista SM, se completa con una serie de t historias, testimonios de vida, relatos literarios, etc. , procedentes mayormente de la revista Mundo Negro y del archivo de los Misioneros Combonianos. Una forma, tan nueva como eficaz, de vivir este tiempo fuerte para todo cristiano que quiera seguir siéndolo aqui y ahora.

«Un logro que revaloriza la pelea»

Por muchos eximentes políticos y sociales que se vean o se quiera ver en la decisión del Gobierno en el caso del terrorista etarra, autor de 25 crímenes, en huelga de hambre, no arrepentido y amenzante, enviado a su casa, la imagen final es la de un chantajista que se sale con la suya, la de ETA triunfante -no hay más que oir la declaraciones de sus edecanes-, la de un Estado débil cuando no humillado, y la de un Gobierno negociador más que compasivo. Ha sido la medida que ha colmado el vaso de la indignación de la asociaciones de víctimas y varias plataformas cívicas, que llaman públicamente a la respuesta y rebelión cívicas, piden la dimisión del Gobierno y la convocatoria de elecciones anticipadas. En medio de todo este deteriorado panorama, sigue impresionándome la biografía de este pobre canalla. Hijo de médico militar, condecorado tres veces en la guerra civil y falangista activo, y de madre hija de militar nacida en Tetuán; hermano de una mujer, a cuyo suegro, comandante, asesinó ETA en 1977; vecino en Legazpia de niños hijos de guardias civiles con los que jugaba; soldado en Alcalá de Henares; agente «españolista» de la Ertzaintza… ¿qué ha ocurrido en su alma, en su vida, para llegar a tan infame degradación humana? ¿La rebelión freudiana contra el padre? ¿El complejo de inferioridad del inmigrante castellano en Legazpia y San Sebastián? ¿El rechazo de todo un mundo heredado que el odio convierte en otro mundo contradictorio al pie de la letra? ¿El hechizo de la violencia, de las armas, de la sangre y de la muerte, a juzgar también por sus increibles comentarios en la prisión? Lo peor de todo, siendo lo anterior tan malo, es que este ejemplar vesánico pase de ser mártir a héroe, justifique por su parte la historia de la banda asesina y sirva de guía a los que le siguen: «Un logro que revaloriza la pelea«, ha resumido uno de los dirigentes de una asociación en favor de presos etarras, denominados «presos políticos vascos«.

«Este diosecillo…»

El profesor de la UPV y miembro de Gesto por la Paz, Pedro Luis Arias Ergueta, ha escrito un razonado, aunque poco crítico, pliego en la revista VN, titulado Una lectura creyente del conflicto. Tras resaltar en sus conclusiones la contribución de las comunidades cristianas en el País vasco, advierte también la tardanza de la reacción pública, la muy lenta toma de conciencia de la necesidad de acercarse a las víctimas del terrorismo, y la que me parece más grave de las carencias y hasta perversiones, que el autor llama, modosito, «sombras»: «Una tarea educativa en valores que, en determinados casos no ha vacunado contra el virus de la intolerancia o contra la sustitución del Dios cristiano por una sacralización del denominado pueblo vasco. Este diosecillo, en vez de morir en la cruz a manos de los poderosos, ha servido de pretexto para asesinar en su nombre, como esos ídolos sangrientos que tanto escándalo nos producen cuando repasamos las mitologías de pueblos antiguos».

Hora cambiada

Del libro inédito Cantata para una madre difunta, de mi amigo Jesús Mauleón, lleno de bellos poemas, elijo este brevísimo y bellísimo:
Buenos días.
Aquí es de soledad, aquí es de noche.
Buenas noches aquí. Allí es de día.
Allí es de Dios, de ti, un derroche
de amor en cegadora compañía.

Profesores de religión

Oigo en una tertulia radiofónica a un representante de la Asociación de Profesores de Religión con motivo de la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el recurso de una profesora despedida por conducta no apropiada a su misión de enseñante de religión. No me hubiera gustado que este señor me hubiera enseñado religión en clase. Mejor estaría enseñando geografía o geometría, o quizás no enseñando nada. Entre enseñar el catecismo en casa, en la iglesia o en el salón parroquial, y enseñar religión como una mera asignatura, igual que las matemáticas o la gramática, hay un punto medio, que pide el sentido común y el respeto a la confesión del niño y de sus padres. Quien no lo entienda así está fuera de juego. Se lo podían enseñar en Alemania, Holanda o Bélgica, y en cualquier país donde el Estado reconoce a las Iglesias, corporaciones de derecho público o no, esa facultad. A no ser que alguien quiera, en nombre de la laicidad, del aconfesionalismo o del laicismo, que el Estado nombre los profesores de religión , decida quién la enseña bien o mal y hasta cómo se enseña. La cuestión más delicada creo que está dentro de cada confesión y de cada iglesia. Ahí es donde el diálogo y el debate son posibles y recomendables. Dentro de una casuística interminable, hay casos y casos, márgenes, límites, exigencias y perfecciones. Hoy no es ayer. La teología y la moral actuales no son las del siglo XIX, aunque la cristianía -la médula de la fe y de la moral cristianas- sea la misma. Tampoco el laicado de nuestros días -al que pertenecen seguramente la mayoría de los profesores de religión- tiene por qué hacer buenas, cuando se presenten, todas las pretensiones y condiciones de un cierto clericalismo. La cosa, ya digo, se las trae, y es necesario poner toda la inteligencia, voluntad y sentimiento posibles en buscar la mejor salida, porque solución, lo que se dice solución general, para todos y en cualquier caso, es imposible. Y evitemos andar de tribunal en tribunal. Y, no digamos, lanzar a diestro y siniestro condenas, descalificaciones, desprecios y burlas. ¡Cómo se divierten con eso los anteclericales de profesión, periodistas o no! Eso sí que no entra en clase de religión ni en religión de ninguna clase…

La felicidad

Me toca hablar a un centenar de señoras de cierta asociación muy arraigada en Pamplona y elijo, no sé por qué, tal vez como un reto, el tema de la felicidad. ¿Qué voy a decir yo de eso que ellas no sepan? ¿Y con qué autoridad? Con ninguna. Pero hablo, y hablo durante tres cuartos de hora: lo que no es, lo que parece ser, lo que no parece y es, lo que se entiende entre los mejores ejemplos de nuestra civilización judeo-cristiana que debe ser, las muchas clases de felicidad… Jefferson, el padre de la Declaración de la Independencia de los Estados Unidos de América, la puso, junto a la vida y a la libertad, entre los primeros e inalienables derechos del hombre: «el derecho a la búsqueda de la felicidad». Ese deseo radical de todos nosotros, hasta de toda creatura viviente. Siempre estamos caminando hacia ella, inencontrable e inaprensible como es, pero sí fruible: la máxima fruición de nuestra caminante personalidad.