Es evidente la crispación -palabra de moda- en ciertos sectores españoles, no en toda España, ni mucho menos. Crispadores son sobre todo muchos políticos y periodistas, no se sabe a veces quiénes más, quiénes menos. La Iglesia, por supuesto, no debiera tener a su cargo crispadores de oficio, ni identificarse con crispación alguna, que nunca puede equipararse a una firme y juiciosa actitud ante cualquier tipo de acontecimientos. La historia de España nos enseña cuán difícil es a muchos españoles entender las razones de los otros, antes de condenarlos o de enfrentarse cívicamente a ellos, y respetar al menos las convicciones, los deseos y los sentimientos legítimos, distintos de los suyos propios. Tras el Concilio Vaticano II y la encíclica de Benedicto XVI, Deus caritas est, resulta más fácil entender que el cristianismo es una religión de amor, incluso, ay, para los enemigos, como nos recordaba el evangelio de la misa hace un par de domingos. Y el cristianismo, dejando a cada cristiano la libertad debida en sus opciones temporales, tiene hoy también la gran tarea de conntribuir a la reconciliación entre los ciudadanos, en España y fuera de España, y de articular de la mejor manera posible la variadísima diversidad de los hombres de nuestro tiempo.