Por muchos eximentes políticos y sociales que se vean o se quiera ver en la decisión del Gobierno en el caso del terrorista etarra, autor de 25 crímenes, en huelga de hambre, no arrepentido y amenzante, enviado a su casa, la imagen final es la de un chantajista que se sale con la suya, la de ETA triunfante -no hay más que oir la declaraciones de sus edecanes-, la de un Estado débil cuando no humillado, y la de un Gobierno negociador más que compasivo. Ha sido la medida que ha colmado el vaso de la indignación de la asociaciones de víctimas y varias plataformas cívicas, que llaman públicamente a la respuesta y rebelión cívicas, piden la dimisión del Gobierno y la convocatoria de elecciones anticipadas. En medio de todo este deteriorado panorama, sigue impresionándome la biografía de este pobre canalla. Hijo de médico militar, condecorado tres veces en la guerra civil y falangista activo, y de madre hija de militar nacida en Tetuán; hermano de una mujer, a cuyo suegro, comandante, asesinó ETA en 1977; vecino en Legazpia de niños hijos de guardias civiles con los que jugaba; soldado en Alcalá de Henares; agente «españolista» de la Ertzaintza… ¿qué ha ocurrido en su alma, en su vida, para llegar a tan infame degradación humana? ¿La rebelión freudiana contra el padre? ¿El complejo de inferioridad del inmigrante castellano en Legazpia y San Sebastián? ¿El rechazo de todo un mundo heredado que el odio convierte en otro mundo contradictorio al pie de la letra? ¿El hechizo de la violencia, de las armas, de la sangre y de la muerte, a juzgar también por sus increibles comentarios en la prisión? Lo peor de todo, siendo lo anterior tan malo, es que este ejemplar vesánico pase de ser mártir a héroe, justifique por su parte la historia de la banda asesina y sirva de guía a los que le siguen: «Un logro que revaloriza la pelea«, ha resumido uno de los dirigentes de una asociación en favor de presos etarras, denominados «presos políticos vascos«.