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Los diversos «radicalismos»

 

    Pensadores posmodernos pretenden demoler las estructuras de la llamada civilización occidental, y ellos mismos lo confiesan, con mayor o menor claridad, con mayor o menor sinceridad, con  mayor o menor cinismo. Pero todavía hay mucha gente, demasiada, que no se atreve siquiera a creerlo, porque piensa (teme)l que esa afirmación  tenga un origen integrista, es decir, restauracionista, involucionista. Y eso, no, todo menos eso, Todo menos  que a uno o a una lo/la tengan por no progresista, que es la maldición sistemática para no poder estar en el mundo de hoy, y tener que ser parte residual del Antiguo Régimen o, tal vez, de la Prehistoria. Y, sí, es cierto que todos los llamados radicalismos, es decir, extremismos y fanatismos, se llamen como se llamen y se autojustifiquen como se autojustifiquen, son los mayores enemigos de esa civilización -porque civilización sólo hay una-, que ha sido y sigue siendo la nuestra.

El toisón de oro

 

       En la linda, emotiva y muy significativa ceremonia de ayer, de la imposición de la Orden del Toisón de Oro por el rey Felipe VI a la princesa Leonor, en uno de los días más aciagos del separatismo catalán, más que en los argonautas de Jasón de mi admirado Apolonio de Rodas, que fueron a la búsqueda del carnero mítico hasta la Cólquida, al fin del mundo, y más que en la complicada historia del Ducado de Borgoña, con todos los antepasados de nuestro rey Carlos, primeros Jefes y Soberanos de la Orden, pensé en el fastuoso  Capítulo XIX de la misma, presidido por aquél, junio de 1519, en la capilla central de la catedral de Barcelona, que desde entonces muestra el esplendor de los artistas renacentistas, contratados para la ocasión. El nuevo rey de España preparó con todo esmero con mucha anticipación aquella serie de festejos que llevaba consigo el Capítulo: religiosos, diplomáticos, culturales, sociales, deportivos… Ya para  Jasón la piel y el vellón (toisón) del carnero sacrificado, convertido después en la constelación Ares (carnero), era símbolo de la realeza legítima, la que el héroe legendario iba buscando para poder ser rey legítimo de Yolcos en Tesalia. Y algo parecido fue para el tatarabuelo de Carlos, Felipe el Bueno de Borgoña, casado con la portugesa Isabel de Avís, fundador de la Orden, y para muchos Soberanos de la misma, que hicieron de ella un intrumento no sólo de prestigio y poder, sino también de buenas relaciones con los otros reyes y príncipes del mismo tiempo y cercanos espacios. A ella pertenecieron también en el siglo XV Alfonso el Magnánimo, rey de Aragón, Sicilia y Nápoles; su hermano Juan II de Aragón y Navarra, y el hijo de éste, Fernando el Católico. Carlos de Austria, de Borgoña y España, nº 111 de los galardonados con el collar en 1501, se sirvió de la Orden para su firme y exigente proyecto del Imperio cristiano, formado bajo su cetro por todos los príncipes  dispuestos a enfrentarse con la Sublime Puerta del Imperio islámico turco, enemigo número uno entonces de la Cristiandad.- Claro que el discurso del rey de España, Felipe VI, a su hija tenía que ser muy distinto de aquellos históricos discursos, pero tiene en su contenido pedagógico el valor de los mejores principios para un rey o una reina de nuestro tiempo: la legitimidad la da sobre todo el conjunto de virtudes personales y cívicas al servicio del pueblo al que representan y simbolizan.- Lástima que en toda esta alocada presencia del iluminado Puigdfemont en Bruselas, nadie nos haya hablado de las andanzas de nuestro rey en la capital flamenca y de los muchos recuerdos suyos en todos los centros de Flandes. Y tampoco de los consejeros áulicos y diplomáticos flamencos y borgoñones en España.Y ni siquiera de la larga estancia del futuro emperador europeo y universal, el año 1519, en Barcelona, poco antes de viajar para ser coronado en Bolonia, ¿A nadie le evocaba todo eso la presencia del expresident?

Una científica ortodoxa

 

       Gayle  Woloschack es una científica norteamericana (1955), de fama mundial, experta en bioética al frente de una laboratorio de investigación, y profesora de radio-oncología, radiología y biología molecular en la universidad de Chicago. De religión ortodoxa, es  profesora a la vez en dos altos centros de Teología. Fue presidenta de  de la Sociedad de Teología Ortodoxa de USA entre 2014 y 2016. Leo una entrevista con ella y me sorprende la insistencia que pone en subrayar lo mucho que la ciencia desconfía de la religión y de ahí la reticencia de los científicos en hablar de su fe. Una salida práctica a este desencuentro grave le parece, dentro de la dificultad, la creación de grupos interdisciplinares en las universidades y altos centros de investigación, lo que podría rebajar la tensión y hacer más normal el diálogo y el trabajo en común. Cree que los teólogos pueden ayudar a conocer y valorar la dimensión espiritual de los mismos científicos, en cuanto hombres que son, y la creatividad y poder de intuición de esa espiritualidad. Un caso demasiado excepcional, como mujer, dentro de la Iglesia ortodoxa, que se va abriendo desde hace poco tiempo a la mujer, GW nota que las mujeres, también en  el campo de la investigación  tienen un  enfoque más holístico que los varones. Tambien a ella el transhumanismo le parece un desafío social, ya que no cuenta con instrumento alguno de reglamentación: sin embargo, estima urgente y crucial una reflexión sobre la forma de reglamentar sus aplicaciones tecnológicas, v.g., en el caso de «las tijeras moleculares», en el que la Iglesia, en sentido amplio, de los Estados Unidos ha sido muy influyente. GW piensa que las corporaciones, las empresas, el mercado, que suelen tener lq capacidad de poner el límite en esos ámbitos, tienen demasiados intereses para ello: tendría que ser toda la sociedad, incluida la Iglesia, la llamada a  discernir y a intervenir en el campo científico y en el cultural, a una con los científicos y hombres de cultura. Claro que para todo ello, las rigidices ideológicas no ayudan, sno que impiden el crecimietno espiritual y el crecimiento humanista. Cristo -dice con soltura GW- ha afrontado la rigidez de  los fariseos  y de otros grupos.

El papa entre los mapuches

 

      En su doloroso viaje a Chile, el papa Francisco visitó la Araucanía, donde viven 18 millones de personas (un  9% de la población chilena), y en Temuco, la capital, durante la homilía de la misa, recitó aquellos versos de Violeta Parra: Arauco tiene una pena /  que no la puedo callar / son injusticias de siglos / que todos ven aplicar. Tierras de los mapuches, pero también de aymaras, quechuas, sucameños y tantos otros. Apenas si sabía yo algo de todo esto, y con ocasión de la visita del papa Bergoglio antes de viajar a Perú y a la Amazonía, he ido enterándome de algo. Cuando el Estado chileno ocupó realmente estas tierras, entre  1879 y 1883, los mapuches se acordaron de que los españoles les habían respetado sus territorios en 1641 (Parlamento de Quilín), y los chilenos de que los mapuches habían ayudado a los españoles en la guerra de la independencia. Lo cierto es que desde entonces los mapuches fueron reducidos a reservas en tierras agrestes, y las mejores tierras entregadas a colonos chilenos y extranjeros, invitados por el Estado y protegidos por el ejército. Siguió, como en muchas colonizaciones, la prohibición de la cultura local y la pérdida de la lengua en aras de una mayor asimilación. A la que siguió la quema de vegetación de extensos territorios para el cultivo extensivo del cereal y, y como en la Amazonía, la explotación forestal, con las consecuencias de la miseria del pueblo mapuche y de otros pueblos indígenas, así como la escasez de agua. En la Araucanía, como en la Amazonía, ha trabajado la Iglesia más que el Estado: escuelas, hospitales, mejoras agrícolas…, hasta en que en 1962 el episcopado chileno creó allí la Fundación Instituto Indígena a fin de establecer allí un espacio de desarrollo y encuentro. Y a confirmar y promover todo eso ha ido Berglio, con grave disgusto de sus paisanos argentinos, que le han visto de nuevo pasar de largo, a un lado y otro de su país, sin entrar en él.

¿Una Iglesia sin puentes?

 

        Comenta José Lorenzo, redactor-jefe de VN, los tiempos de la pre-Transición  en los que la Iglesia tenía contactos con los políticos de la oposición… Y él, que tan bien conoce el paño, escribe cosas tan tristes como éstas, refiriéndose a la Iglesia de hoy: Hoy la Iglesia mantiene muy pocos puentes abiertos con la clase política. Ya con el mundo de la cultura, el panorama es desolador. Más de dos décadas de ombliguismo, de acariciar la tentación del gueto, de conducir a conciencia como un kamikaze por el carril contrario, de mecer sólo una opción política a cambio de mirar para otro lado han dejado una imagen que las encuestas no logran levantar del suelo. Añade que algunos obispos lamentan no tener puentes con la joven centro derecha laica de Ciudadanos, tras apostar todo a la misma ficha, sin querer ver que sus hijos tenían otros boletos, a la vez que afirma que hay nuevos obispos que pueden mediar porque también padecieron las estridencias del lamento monocorde. Vamos a ver. El olor a oveja, que ha hecho célebre el papa Francisco también es olor a político. Que los políticos no son ovejas apestadas, ni ovejas de otro redil.

Con el Gobierno de la Nación

 

 No basta siquiera estar sólo desde la distancia, como dicen que están el PSOE y Ciudadanos. En estas horas graves hay que estar desde la cercanía. Decimos que estamos cansados de que el Gobierno no haga política, sino seguidismo del Poder Judicial, y en el momento álgido del esperpento catalán, ¿vamos a echarnos atrás, como hace, v.g., El Mundo, siguiendo al cómodo y jurídicista Consejo de Estado? En estos momentos no hay otra salida política y decente que impedir el nombramiento de un prófugo de la Justicia como presidente de una Comunidsd Autónoma. Lo contrario sería no sólo la máxima befa a esa misma Justicia, sino otro y mayor esperpento, esta vez personal, durante cuatro años, encima de nuestras cabezas, encima de toda Europa. Diga lo que diga, y haga lo que tenga que hacer el Tribunal Constitucional, el Gobierno español debe contar con la adhesión y el respaldo de todos los demócratas españoles.

La impotencia de PODEMOS

 

         El joven partido PODEMOS pensó hace tres años que todo lo podía, se lanzó ciegamente al poder pensando que corría entre las ruinas del Régimen de 1978, por un Estado, sin nombre, desvencijado por la casta y plurinacional a la intemperie.  Hoy es, sin haber conseguido apenas nada, un partido quebrado, demagógico, caótico en su división territorial y totalmente desprestigiado tras su actuación durante el esperpento independentista catalán, a cuyo servicio ha jugado siempre que ha podido, blandiendo como seña de identidad el falso derecho a a la autodeterminación. En Navarra el grupo parlamentario acaba de romperse en dos (4  v. 3 ); la hasta ahora secretaria general ha sido suspendida de militancia y exonerada de todos sus cargos, a lo que ha seguido la desobediencia de la mayoría del grupo y la rebelión, que incluye la reversión de la dirección. Lo más suave que dicen los rebeldes mayoritarios acerca  de la antigua dirección es que lo ha podrido todo, y el calificativo que les merecen es el de burócratas, es decir, la casta de siempre. Las  consecuencias políticas para el partido, para el Parlamento y para el Gobierno pueden ser varias, pero aqui sólo quiero dar fe del fracaso de aquel partido, que levantó  hace bien poco no pocas simpatías, y que una dirección -muchas direcciones, mejor- leninista-laclaulista, soberbia y demagógica, la ha arrastrado a la actual postración, que en Navarra es ya una ruina.

Carlos, en Bruselas

 

    En mis años de diputado europeo, aproveché también mis estancias en Bruselas para conocer de cerca Bélgica, y sobre todo Brabante y Flandes, y para re-correr y re-cordar la presencia política, social, cultural, militar y religiosa de España en aquellos territorios durante muchos años.

Cansado de luchar contra viento y marea, y viendo que era imposible mantener el Imperio de unidad religiosa, ejercido por él a lo largo de treinta años, dejó Carlos V en manos de su hermano Fernando el gobierno imperial y se retiró a Bruselas (6.II.1553), donde había pasado varios años de su adolescencia, cerca de su Gante natal. Fernando se vio obligado no mucho después a firmar la paz de Augssburgo (25.IX.1555), por la que el Sacro Imperio Romano-Germánico se nacionalizaba en una Alemania fraccionada: cujus regio, ejus et religio (cada región, su religión).

Carlos, en su semiretiro de Bruselas, se desengañó igualmente de su propia actuación política. Emperador del más vasto imperio que vieron los siglos y que habían de ver jamás, sintió íntimamente también  que Dios no le había dado el éxito que él esperaba, y entendiendo el poder más como deber que como placer, y no sin antes conseguir el matrimonio de su hijo Felipe con la reina María de Inglaterra (julio de1554), una pieza clave en su política de paz cristiana, en los dos años siguientes fue entregando a su hijo Felipe los reinos de España en Europa y América, y a su hermano Fernando el Imperio Romano-Germánico. El 18 de septiembre de 1556, se embarcó para España, camino del semi-retiro de Yuste

 

Amanecer en Arakil

 

    El tenue sol invernal envía su primera luz, rosa clara -rosicler- al Valle de Arakil-Araquil (Ara coeli), altar  del cielo, en cuya cima los cristianos pusieron, siglos más tarde, al arcángel san Miguel, adalid de la angelería celestal, en lugar del quasi angélico y sanador dios Mercurio.

Los romanos eligieron el hondo fondo del valle como ruta de primer orden con varios establecimientos (mansiones) famosos, base tambien del futuro Valle. Y el río, que lo abrió y conformó, se quedó igualmente con el nombre.

La luna, pálida luz de la noche y de los muertos (ilargi), se difumina y se esfuma.

Arakil-Araquil.

ara del cielo,

ara del sol,

ara de la mañana limpia y del día diáfano.

Tras el canto de la alborada, al amanecer (al mañanear), siempre milagroso, una flauta raveliana despierta al pastor émulo de Daphnis, que descubre a su amada Chloé, y el dios Pan preside la danza de la luz y del movimiento universal.

Un iluminado

 

           Me resisto a ir más allá del calificativo que da hoy EP al expresidente catalán y ahora fugado de la Justicia democrática española, Carles Puigdemont: un iluminado. Y los iluminados no nos iluminan, sino que nos oscurecen y, al oscurecernos, nos hacen confundirnos a cada paso.