El joven partido PODEMOS pensó hace tres años que todo lo podía, se lanzó ciegamente al poder pensando que corría entre las ruinas del Régimen de 1978, por un Estado, sin nombre, desvencijado por la casta y plurinacional a la intemperie. Hoy es, sin haber conseguido apenas nada, un partido quebrado, demagógico, caótico en su división territorial y totalmente desprestigiado tras su actuación durante el esperpento independentista catalán, a cuyo servicio ha jugado siempre que ha podido, blandiendo como seña de identidad el falso derecho a a la autodeterminación. En Navarra el grupo parlamentario acaba de romperse en dos (4 v. 3 ); la hasta ahora secretaria general ha sido suspendida de militancia y exonerada de todos sus cargos, a lo que ha seguido la desobediencia de la mayoría del grupo y la rebelión, que incluye la reversión de la dirección. Lo más suave que dicen los rebeldes mayoritarios acerca de la antigua dirección es que lo ha podrido todo, y el calificativo que les merecen es el de burócratas, es decir, la casta de siempre. Las consecuencias políticas para el partido, para el Parlamento y para el Gobierno pueden ser varias, pero aqui sólo quiero dar fe del fracaso de aquel partido, que levantó hace bien poco no pocas simpatías, y que una dirección -muchas direcciones, mejor- leninista-laclaulista, soberbia y demagógica, la ha arrastrado a la actual postración, que en Navarra es ya una ruina.