El papa entre los mapuches

 

      En su doloroso viaje a Chile, el papa Francisco visitó la Araucanía, donde viven 18 millones de personas (un  9% de la población chilena), y en Temuco, la capital, durante la homilía de la misa, recitó aquellos versos de Violeta Parra: Arauco tiene una pena /  que no la puedo callar / son injusticias de siglos / que todos ven aplicar. Tierras de los mapuches, pero también de aymaras, quechuas, sucameños y tantos otros. Apenas si sabía yo algo de todo esto, y con ocasión de la visita del papa Bergoglio antes de viajar a Perú y a la Amazonía, he ido enterándome de algo. Cuando el Estado chileno ocupó realmente estas tierras, entre  1879 y 1883, los mapuches se acordaron de que los españoles les habían respetado sus territorios en 1641 (Parlamento de Quilín), y los chilenos de que los mapuches habían ayudado a los españoles en la guerra de la independencia. Lo cierto es que desde entonces los mapuches fueron reducidos a reservas en tierras agrestes, y las mejores tierras entregadas a colonos chilenos y extranjeros, invitados por el Estado y protegidos por el ejército. Siguió, como en muchas colonizaciones, la prohibición de la cultura local y la pérdida de la lengua en aras de una mayor asimilación. A la que siguió la quema de vegetación de extensos territorios para el cultivo extensivo del cereal y, y como en la Amazonía, la explotación forestal, con las consecuencias de la miseria del pueblo mapuche y de otros pueblos indígenas, así como la escasez de agua. En la Araucanía, como en la Amazonía, ha trabajado la Iglesia más que el Estado: escuelas, hospitales, mejoras agrícolas…, hasta en que en 1962 el episcopado chileno creó allí la Fundación Instituto Indígena a fin de establecer allí un espacio de desarrollo y encuentro. Y a confirmar y promover todo eso ha ido Berglio, con grave disgusto de sus paisanos argentinos, que le han visto de nuevo pasar de largo, a un lado y otro de su país, sin entrar en él.