Archivo del Autor: vmarbeloa

La mañana es toda música

 

La mañana es toda música.

Música es todo el universo.

El hondo silencio de las altas esferas

es parte de esa música.

Y en el mundo, nuestro mundo,

todo canta, todo es música.

 

Es menester callar del todo para oírla.

«El placer de vivir»

 

             Con este título me envió mi viejo amigo Cástor Olcoz, profesor, periodista y escritor, desde San Sebastián, donde reside, su útimo libro. Se subtitula Diario 2015-2019, aunque no se anoten ni los meses ni los días. Entre diario y cuaderno de bitácora, notas de bloc o notas de andar y ver; mucho menos formal  y  pretencioso que unas memorias, el libro se puede abrir por cualquier página y nunca decepciona. Porque es el vivir de una persona muy viva, un bon vivant en en el mejor sentido ético de la expresión -más adecuada en su sentido popular para un bon buvant-, porque es un una persona muy culta/cultivada y cultivante y muy representativa de un ejemplar ciudadano del mundo de los siglos XX y XXI. Sin esa tonta e inútil interpretación del ciudadano poco patriota o indiferente al lugar y tiempo en el que vive, porque el autor de este libro, si algo es, es un hombre intercomunicativo donde los haya, fiel a todas las buenas fidelidades de la tradición, que es la comunicación por excelencia entre las generaciones de los humanos. Escrito tras la muerte de su esposa, Teresa, el libro es un canto a su memoria, pero al mismo tiempo, a todo lo verdadero, bueno y bello en los hombres y en las cosas. Para resumir, es el libro de un humanista muy culto y cotidiano, que, a una edad muy alta, anda por la vida sintiendo y proclamando el placer de vivir.

Me gustaría, dentro del estilo muy sobrio de esta bitácora, citar algún fragmento, pero no acierto cuál, porque no pareciera representativo del conjunto, dentro del innumerable índice cultural, que abarca toda clase de saberes y toda clase de saber decir, Y al final, y para ser breve, dudando entre algunos de sus aforismos y pequeños poemas, raros pero bellos, al fin, me quedo con  esta décima por su toque de humor y de etnografía:

Navarricos domingueros
que llegáis hasta La Oliva
en caravana festiva
por distintos derroteros,
¿qué buscais allá tan serios:
los gozos del peegrino,
descifrar vuestro destino,
silencio, paz, canto llano,
conversar con un Hermano
o simplemente buen vino?

Empresarios y obispos por los indultos

 

              No creo que a nadie le hayan sorprendido las declaraciones del Círculo de Empresarios catalanes o del Fomento del Trabaj, asi como de la Conferencia Episcopal de Cataluña, en favor del indulto a los golpistas catalanes, mil veces anunciado, defendido y exaltado por el presidente Sánchez y ministros de su Gobierno. ¿Se acuerda alguien de alguna declaración semejante de las mismas instituciones, cuando la sedición era más recia, cuando se multiplicaban los actos del golpe, en favor del orden constitucional, de la unidad de España, de la convivencia y concordia entre todos los españoles? ¿Qué valor pueden tener ahora ante un español cualquiera esta retórica hueca en pro de los indultos en boca de unos ciudadanos cobardes, poco ejemplares, nada profesionales en su oficio público en favor de la estabilidad, ahora tan elogiada, y de  la paz, casi siempre tan torticeramente mentada.

La unidad de España, el orden constitucional, el respeto a la Justicia, la convivencia de todos los españoles, el honor del Jefe del Estado… ¿no merecen una sola palabra de apoyo y de solidaridad, y sí, en cambio,  muchas y amables los presos, ni arrepentidos ni rendidos, condenados por sedición y malversación de fondos públicos? ¿Solo por ser catalanes?

Dos castros en Tierra Estella (y II)

 

-¿Vamos a tomar un café a Labeaga?

¡En Labeaga no hay café!

Labeaga es un lugar, concejo del municipio de Igúzquiza, al este de Abaigar y Murieta. Una docena de casas llenas de plantas y flores en la calle Yerbín, una de ellas renacentista y otra con blasón del XVII. La iglesia parroquial de San Gervasio y San Servando, separada del caserío, es de origen medieval, muy trasformada  después. El terreno comunal llega a las 146 hectáreas, 16 de  secano, 2 de regadío, 9 de pastos y 120  de bosque maderable: un gran encinar, que aquí llaman monte, solo interrumpido por unas cuantas viñas.

Se asoma un señor al balcón y baja a decirnos por dónde se va  al monasterio -bueno, a las ruinas del mismo- de Santa Gema, y allá que vamos. Pero, pasados tres kilómetros de  monte, nos despista un indicador entre ramas de encinas, que indica el monasterio. Comenzamos a andar, que es bajar por una senda abierta en el encinar en dirección al valle del Ega. Pero cuando llevamos un buen rato andando, no encontramos ruina alguna y volvemos al pueblo. Damos con un matrimonio mayor en un jardín: los dos quieren ayudarnos; se impone el varón, con un papel y un lápiz:

Siguiendo siempre el orillo de la viña

Bueno, ahora parece que le entendemos. Y la verdad es que el indicador de madera sigue diciendo que el monasterio está a 0´600 metros, lo que no habíamos visto antes.

Siguiendo, pues, el orillo de la viña, no sin ciertos titubeos finales, vemos por fin las ruinas del monasterio de Santa Gema. Propiedad ahora de Bodegas Irache, un gran letrero en la fachada prohíbe la entrada por ruina total.  El monasterio está ubicado en un escarpe sobre el río Ega, aguas arriba del molino de Labeaga. Nos asomamos brevemente a la puerta de la iglesia gótica, que, con grandes grietas, aún sigue en pie; vemos derruida la entrada a la cripta, única en la Merindad, que salva el desnivel del terreno, y nos parece ver restos de pinturas en las paredes de la nave única. Sus muros orientales están rodeados por fresnos, encinas y quejigos; zarzas y hiedras cubren parte de las bóvedas.

Sabemos que el año 1063  el rey Sancho García, el de Peñalén, asignó el monasterio a la catedral de Pamplona, donde hubo todo un arcediano encargado de las rentas del mismo, que debieron de ser copiosas. Desde hace un montón de años, unos se han llevado sillares de los contrafuertes; otros el arco de la portada; estos el marco de una ventana; aquellos los sillarejos de las tapias… En la iglesia de Murieta se conserva una ventana redonda, extraída del convento. Ni las autoridades forales, ni las municipales hicieron lo suficiente por salvarlo de la ruina. Y Bodegas Irache intentó, incluso, derribarlo para extender los viñedos. Para colmo, fue declarado Patrimonio Cultural de Navarra, lo que, como se ve, no sirvió de mucho.

Digo todo esto del monasterio, porque nosotros no veníamos por él, sino porque el nombre del monasterio da nombre al poblado antiquísimo que buscamos, que se extendió desde el Neolítico Final y  Bronce Antiguo, pasando por la Edad del Hierro, el Imperio Romano  y la  Alta Edad Media. Piezas líticas y pulimentadas, correspondientes a los períodos más antiguos, se encontraron aquí, así como cerámicas manufacturadas y torneadas celtíbéricas, de la Edad del Hierro, y una estela romana, con un disco solar y radios curvos, que hacía de altar en la iglesia monacal.

Entramos, luchando con la alta maleza, en el espacio de lo que fueron las estancias del monasterio, donde toda imaginación tiene cabida. A los contrafuertes les hurtaron los sillares inferiores. Solo los cardos quedaron sin robar. Quedan algunos paños de muros, varios restos de arranques de paredes, donde el expolio ha sido máximo, y tal vez piedras del viejo castro reutilizadas para el monasterio posterior. El espeso encinar no nos permite ver ni siquiera el espolón de sotomonte, que defendía el poblado, y solo desde la carretera lo veremos después.

Cuando regresamos por Labeaga, encontramos a nuestro paisano guía que vuelve de un pequeño huerto y le contamos lo que hemos visto. Todavía tenemos tiempo paras bajar hasta el molino que fue del pueblo, un lugar idílico donde el río se remansa y supongo que lugar de baños veraniegos. El molino sigue allí, inactivo, y la casa sigue habitada, rodeada de árboles frutales. Sin saberlo, nos comemos unas cerezas de un cerezo tardío. Al otro lado del camino han levantado un casoplón –pensamos en un principio que era una fábrica- con dos terrazas superpuestas. Una pareja que sale del viejo molino y saca a pasear al perro nos dice con secas palabas que aquello es una casa. No parece que les haga mucha gracia.

La luz se nos anochece y volvemos a Pamplona.

 

 

Dos castros en Tierra Estella (I)

 

         Elegimos un día de junio, que no pase de los 23 grados. Lleva Luis en sus provisiones un botellín de agua, dos tetrabriks de jugo de naranja y dos manzanas. En Abaigar, 82 habitantes, el primer pueblo alfabético de Navarra, el paisano a quien saludamos y preguntamos no ha oído nunca que en Oco haya habido un castro celtíbero, pero sí sabe que allí está el Pozo de la Mora y nos da toda clase de precisiones.

Pero vayan pronto, que va a calentar de lo lindo.

Mi amigo, en premio, le regala un libro.

Y allá que vamos. Cruzamos la carretera Olejua-Oco y nos desviamos hacia Piedramillera, dejando a la derecha la ermita de San Bartolomé que es el centro de Valdega. Los campos de cereal, que lo llenan todo, tienen buen color. Algunos cebadales están ya cosechados. A punto de llegar, en una curva, estamos a punto de chocar con el primero de un grupo de moteros, que, al parar de repente, casi se da con nuestro coche. Nos pide que salgamos de la curva, porque vienen más moteros detrás. Por este camino transitaban a diario los vecinos de Piedramillera, cuando iban o venían a/de tomar el tren Estella-Vitoria desde Ancín.

Pasado el susto, el castro se nos aparece poco antes de llegar a Piedramillera, que tenemos delante, y en un pequeño recodo dejamos el motor. Ahí debajo está el morro rocoso o espolón calizo septentrional del oppiddum, al que rodea un hondo barranco con agua, que llega de la sierra de Learza y se llama San Juste. El pozo,  la poza, llamado también Covacho del Pozo de la Mora, es bien visible. Es también un manantial de fuente natural. Lugar ideal para sentarse y sentir en silencio el agradable sonido al precipitarse el agua por la cascada o desfiladero. Intentamos pasar directamente al otro lado, pero nos es imposible: el cauce es más hondo y ancho de lo que parecía. Así que volvemos para afrontar el  castro por el sur, cerca de la carretera.

En la Carta Arqueológica del Señorío de Learza (1977) el arqueólogo Alberto Monreal Jimeno, profesor de la universidad de Deusto, y, más tarde (1997-198), el arqueólogo vizcaíno Mikel Unzueta junto con él, estudiaron los yacimientos romanos aledaños El Pozo Remigio, San Juste y El Cruce, y supieron con certeza la existencia de este castro anterior, pero no llegaron a estudiarlo. Lo estudió después Javier Armendáriz. El barranco abrió los profundos fosos y dejó patentes los empinados taludes roqueños que lo defienden por el norte y el oeste, mientras los terraplenes hechos por sus habitantes en los flancos más vulnerables hicieron lo demás. El recinto septentrional, dedicado tal vez a la ganadería y otros servicios artesanales, va subiendo de altura hasta la llamada acrópolis para volver a bajar después en el recinto sur, algo más corto y donde debió de situarse el poblado. El conjunto ocupa 31.300 metros cuadrados de superficie y es uno de los más grandes de la zona.

Su cultura material está compuesta por abundantes testimonios de cerámicas manufacturadas y torneadas de tipo celtibérico, así como molinos de mano, canas de piedra y muchos restos de escorias de fundición.  Fue habitado en los años del Hierro antiguo y despoblado a mediados del siglo I a. C., probablemente en favor de los asentamientos romanos en llano antes citados.

Cuando bajamos por los terraplenes de suroeste, dos motoristas de la policía foral nos gritan que tenemos el coche mal aparcado y que lo tenemos que retirar. No es fácil correr  entre ollagas, tomillos, escaramujos y matorral. Mi compañero, que es su dueño, se adelanta, y, como quien no dice nada, se excusa:

Es que somos arqueólogos y estábamos mirando…

– Sigan con lo suyo, pero ponga mejor el coche.

– No, que ya hemos concluido.

– Buenos días.

– Buenos días. Gracias.

Entramos en el pequeño pueblo de Oco, y luego en Legaria, muy llano y muy bonito, de 125 habitantes, con un parquecito  en la Plaza entre  moreras, árboles de morera. Tiene una iglesia del siglo XVI y un palacio de cabo de armería. Sus barrios son cuatro: el de San Martín, alrededor de la iglesia de su nombre; el del Río; el del Monte, y el barrio de la Rochapea, sobre una terraza del río Ega. Y el mismo alcalde desde 2007. Es famosa su Granja Legaria, la mayor productora de huevos de Navarra.

Damos una vuelta por el nuevo Ancín, que no deja de construir chalés, robando sitio al encinar, y, a pesar de todo, no pasa de los 338 habitantes, lo que quiere decir que  muchos son solo segundas residencias. Y nos vamos a comer a Murieta, capital industrial de Valdega, con los mismos habitantes  que Ancín.

 

 

 

 

Bienaventurados los perseguidos.

 

              Es el otro lado, también oscuro, de la hedionda pedofilia. Todo un cardenal del Vaticano y arzobispo de Sydney, George Pell, pasó más de un año en la cárcel, tras dos juicios en su país, uno con jurado, acusado por un drogadicto, que cambió 24 veces su declaración. Hasta que le absolvió con todas la de la ley el Tribunal Supremo de Australia.  El profesor de historia de la universidad de Notre Dame (USA), Felipe Fernández Armesto, bajo el título de esta entrada, escribe: Admitimos por tanto la verdad improbable; que se le condenó no por criminal, sino por sacerdote y portavoz del catolicismo ante una sociedad permisiva, impía, irreligiosa y anticlerical.  (…) Pero a George Pell no se le condenó por sus defectos, que son los de todos, sino por sus virtudes, que son genuinamene excepcionales.

Una de las confesiones que más me han impresionado, en la entrevista que le hace Darío Menor en VN al que fue prefecto de la Secretaría para la Economía en el Vaticano, desde junio de 2017, al tratar de la campaña acusatoria que se le montó en Roma es esta: MI mayor error  fue subestimar las fuerzas de la oscuridad y su persistencia. Una de las mayores resistencias fue para evitar la entrada de auditores en la Secretaría de Estado. Explicaban su resistencia argumentando que esto era la Iglesia, no un negocio, y que el Vaticano es un Estado cuyos secretos no pueden darse a coocer a otras entidades. Y poco más adelante: Las verdaderas diferencias no eran entre anglos e italianos, antiguos o modernos, sino entre quienes querían la transparencia  y acabar con la incompetencia, la pérdida de dinero y la corrupción, y quienes deseaban que las cosas permanecieran como antes. Ese es el gran punto de división.

El poeta Emilio Rodríguez

 

          No conocí a Emilio Rodríguez González (1938-2020), poeta dominico asturiano, dibujante y pintor, fundador de la revista salmantina Papeles del Martes, que pasó, dejando honda huella, por los conventos de Salamanca, El Escorial, Parquelagos y Montesclaros, fallecido a finales del pasado año. Ni conozco su copiosa obra anterior. Solo el breve libro de poemas, Dimensión y alarido, editado por Edibesa hace solo dos meses, y que ha diseñado y cuidado exquisitamente su amigo el navarro Javier Olite Ariz, residente en Parquelagos, quien me lo envía. Valentín Tascón, en su Comentario  introductorio, le llama un maestro indiscutible de la palabra y maestro de los endecasílabos y de la prosa poética. Para el prologuista de su penúltimo libro, Rimero de silencios, se convierte en el San Juan de la Cruz de nuestro desorientado siglo.

Con el austero estilo habitual de este cuaderno de bitácora, elijo dos poemas, breves como el resto, que lo dicen  todo en el lenguaje singular de la poesía. Mercdes Marcos y Antonio Sánchez, que conocían muy bien a Emiio Rodríguez, entienden esta vez al hermético poeta como El hombe frente a Dios, el poeta frente a Dios, sin otros paisajes que no sean los de su alma:

HERMETISMO

El aullido del ocaso
tiene un eco
que va grabando huellas
por todo el interior
de nuestros ojos.
Cariátide de un tiempo
como el mar
que nos fascina
con su estático
silencio.

***

FRONTERA

El bosque no es aquí
ni es ahora.
Ropajes de penumbra
me aclimatan
en otra dimensión,
rostros y voces.
Explosión de silencio
susurrante.

 

 

En la prehistoria y protohistoria de Los Arcos (y III)

 

         Se nos ha hecho tarde y arrecia el calor, el primer gran calor del año. Llevamos clavadas en las zapatillas deportivas decenas de espiguillas tras andar y desandar por el yacimiento. Oímos también desde aquí los ecos de la competición que tiene lugar en el cercano Circuito. Podríamos visitar los dos castros celtíberos próximos de El Castillar y Los Cambrotes, pero ese no era nuestro propósito hoy, sino dejarlos para otro día, junto con El Castillo, y, a lo más, pasar por La Atalaya, al regreso a Pamplona.

Así que acompañamos un rato al río Odrón y su frondosa vegetación -chopos lombardos, fresnos, tamarices, sauces, cañas y carrizos- debajo del pinar, donde vemos una pequeña fuente de piedra y lo seguimos en su curso hacia tierras de Lazagurría y Mendavia. Si conocíamos bien el  famoso somontano cerealístico de la villa arqueña, no conocíamos su extensión hacia el sur, sorteando algunos mogotes y cabezos, pinosos algunos de ellos también. Así que vamos adentrándonos entre sernas de cebada y trigo, ya maduras, por caminos estrechos donde es difícil dar la vuelta. No hay árboles ni dejamos la altura de los 400 y pico metros. Mirando después el mapa, veo, no estoy seguro, que hemos ido por los términos de El Charcal, Las Campadas, La Planilla, Los Llanos, La Mesa… Dios mío, qué nombres para campos de pan llevar, y qué silencio  vasto y amarillo en estas vísperas de san Antonio, cuando antaño se segaban las cebadas. Cuando vemos cerca la depresión de las tierras aluviales del Ebro, sabemos que no debemos de estar lejos de Mendavia o Lodosa, y nos volvemos en cuanto podemos.

A la sombra de unos  pinos y con la compañía de dos agraciadas acacias, organizamos nuestro almuerzo campestre y nuestra siesta reparadora. Luego enlazamos con la carretera Los Arcos-Sesma, y podemos ver la hilada de cinco grandes granjas y la nueva, enorme huerta fotovoltaica, que es cosa ver rebrillar a estas horas dando cara al sol menguante.

Entramos por la puerta de nuestro señor Phelipe Quinto y tomamos un café a la sombra de la belleza de la torre singular de Santa María, y a la vera del palacio de los Sada y de los Ichaso. Hay una gran paz parecida a la de los lejanos campos de los que venimos, hasta que un grupo de peregrinos de las mesas aledañas imponen el inglés al silencio.

Visitamos, cómo no, a Santa María, la “de los ojos zarcos”, que diría mi dilecto Ricardo García Villoslada, en su catedral barroca y buscamos luego el gótico del claustro para sosegarnos de nuevo. Nos acercamos luego al peñascón donde estuvo el poblado celtíbero de El Castillo y pasamos por el barrio de las Cuevas.

Atemperado el sol de la tarde, nos acercamos, ya de vuelta, a lo que un día fue el castro u oppidum  de La Atalaya, descubierto por el paisano arqueño, Gerardo Zúñiga -descubridor de antigüedades y celoso protector de las mismas-, y estudiado después en varias ocasiones por diferentes arqueólogos. En sus inmediaciones se encontraron vasos completos de cerámica manufacturados y torneados, molinos abarquillados y circulares, así como varias herramientas agrícolas, lo que  haría remontar al poblado desde el Bronce Final hasta la Segunda Edad del Hierro, cuando desapareció.  Los castros El Castillo y El Castillar estaban demasiado cerca.

Apenas si podemos identificar hoy el castro primitivo. Nos parece ver cerca algún antecastro, y poco más, porque el cerro, un día amesetado, es hoy una leve colina, en la que vemos una máquina cosechadora haciendo su oficio. El espacio ha sufrido, aparte el laboreo secular, una reciente parcelación de la cumbre y de sus laderas; el derribo de varios ribazos para la unión de varias parcelas, y los trabajos últimos para la construcción de la autovía Pamplona-Logroño. Solo se ha salvado una parte del flanco nororiental gracias a la acumulación de depósitos, y donde se han podido exhumar algunos niveles y estructuras del conjunto celtibérico.

En el Circuito terminó la competición de la mañana, pero siguen las pruebas ordinarias. En la vistosa Estación de servicio aledaña nos aguarda el último refresco.

Para mi una pica, por favor.

En la prehistoria y protohistoria de Los Arcos (II)

 

         El término se llama Los Cascajos por las cascajeras de las que se extraía grava para las carreteras  y caminos de concentración: piedra menuda con buena arena, producto de las inundaciones del Odrón, pequeño río que nace en la Sierra de Codés, drena todo el  Valle de la Berrueza, recorre de norte a sur el territorio de Los Arcos, recogiendo varios arroyos locales, como el Cardiel o el Melgar, y rinde sus aguas en el Ebro, cerca de Mendavia. Otros dicen que desemboca en el Linares, hijo también de Codés, cerca de Lazagurría.

En 1995, cuando la maquinaria hacía su labor en la gravera, apareció un esqueleto, que algunos pensaron fuera de algún fusilado en 1936. Pero no. Era muchísimo más antiguo. Entonces fue cuando el arqueólogo Jesús García Gazólaz y la empresa Trama comenzaron las excavaciones que duraron desde 1996 a 1999 sobre 14´5 ha del terreno. Alterada la estratigrafía original por la erosión durante tantos siglos y por las anteriores labores agrícolas, encontraron  nada menos que 345 hoyos. Entre ellos los hoyos de tres cabañas o chozas circulares, pero sin poste central ni hogar interior, como solía ser común en las viviendas de ramas, cañas y tierra mojada. En la necrópolis, situada en medio del poblado, se registraron 32 inhumaciones; en una de ellas se encontró el esqueleto de un hombre en posición flexionada sobre el costado izquierdo; otras sepulturas estaban dispersas por el poblado. La mitad de las tumbas albergaban un pobre ajuar: cerámica casera, dentalia (cuentas de dientes) y cuentas discoides.

Había depósitos con huellas de fuego en cubetas de grandes dimensiones. Depósitos de almacenaje: molinos, manos de moler y recipientes cerámicos. Depósitos rituales: cubetas con lechos de fauna consumida y hacha pulimentada, con restos de vasijas, rodeados por fragmentos de molino y una losa a modo de estela. Depósitos de basura. Depósitos de grano. Depósitos vacíos. Junto a ellos, algunos hitos y bloques de piedras o lajas de piedra arenisca hincados en tierra.

En los útiles domésticos encontrados, de sílex y cristal de roca, además de los citados, son de resaltar: cuchillos, hoces, raspadores, hachas, molederas y morteros. Entre las piezas de cerámica: botellas, marmitas, cuencos, tazas, platos, algunos con acanaladuras  e impresiones digitales. De las piezas óseas: punzones, espátulas y agujas.

Todo lo cual nos lleva a una sociedad agrícola-ganadera, estable y de carácter igualitario, que poseía ganado  bovino y ovino, del cual se alimentaba, con progresivo dominio del primero. De la fauna salvaje, apenas algunas muestras anecdóticas de  ciervo. El hallazgo de conchas marinas nos está diciendo de intercambios comerciales con poblaciones lejanas de la suya propia.

El yacimiento neolítico, por su importancia, fue declarado Bien de Interés Cultural.

Nosotros perdemos unos minutos visitando primeramente una gravera al otro lado del camino, donde el suelo más bajo se ha convertido en un trigal. Pero volvemos se seguida al otro lado, donde podemos ver, con esfuerzo, algunos hoyos y algunos montones de piedras. Nos ponemos a recordar lo que sabemos de los relatos de los arqueólogos y a imaginar. Nada nos ayuda a ello. Ni una señal. Ni un indicador. Y menos un panel informativo. ¿Se puede creer que en toda la villa de Los Arcos no haya un solo panel, que fije y recuerde su riqueza prehistórica, protohistórica y romana?

Ni siquiera en un yacimiento que es Bien de Interés Cultural. ¿A dónde ha ido a parar hallazgo tan singular en toda Navarra? ¿Qué y quién lo recuerda? Los cardos y las olivardas o mosqueras (Dittrichia viscosa), muchas de ellas reducidas a ramas leñosas,  colonizan la parte alta del yacimiento. Y los tamarices colonizan las partes inferiores.

¡Qué desolación!

 

En la prehistoria y protohistoria de Los Arcos (I)

 

                                 La villa de Los Arcos es uno de los lugares de Navarra que cuenta con mayor número de yacimientos prerromanos, prehistóricos y protohistóricos. Trece municipios navarros, según mis rústicos cálculos, cuentan con numerosos -al menos, cuatro- asentamientos de esta antgüedad, descubiertos y de alguna manera estudiados: Yerri, Leoz, Sangüesa, Etxauri, Lónguida,  Ujué, Oteiza de la Solana, Galar, Miranda de Arga, Monreal, Mendavia y Lodosa.  Solo Leoz, con siete, y Yerri, con quince, superan a Los Arcos, que posee seis. Pero sus rivales son municipios compuestos, con mucha mayor superficie.

El yacimiento arqueño de más remota datación es el de Los Cascajos, plenamente neolítico (al menos, desde mediados del s. V y a lo largo del siglo IV a. C.), cuando no muy anterior,  y uno de los primeros y mejor estudiados en Navarra. Los yacimientos neolíticos conocidos en Navarra no eran muchos, pero en la primera década de este siglo, con ocasión de la construcción de la autovía de Pamplona-Logroño (2003-2006) se multiplicaron. El arqueólogo navarro Mikel Ramos dio cuenta, sin contar los hallazgos aislados, de, al menos, 15 yacimientos anteriores a la Edad del Hierro, muchos de ellos Campos de Hoyos, encontrados en aquellos trabajos de investigación. Entre ellos, dos yacimientos en el término de Los Arcos: un asentamiento agrícola romano (Cortecampo I) y un Campo de Hoyos (Cortecampo II), del Bronce Medio.

Hoy por hoy, mediados de junio, vamos a ver Los Cascajos, y después ya veremos. Pero antes tengo que decir que, días atrás, quisimos ver otro yacimiento de esa época, cercano a Pamplona, Paternainbidea, entre Paternain, Ibero y Olza, y lo encontramos en medio de un cebadal, ya bien granado y ceriondo. Así que solo pudimos admirar la belleza de las espigas ya doradas frente a un trigal adjunto, todavía verde clarescente. Lo descubrió  en su día J. M. Martínez Choperena, y lo estudió el equipo de Amparo Castiella. Encontraron nueve hoyos de enterramientos dobles, ocho del Neolítico y uno del primer Bronce, con algunas prendas de ajuar. Los restos se conservan hoy en el Almacén de Arqueología del Gobierno de Navarra.

Mejor suerte hemos tenido en Los Arcos. Siguiendo las indicaciones precisas de quien lo sabe todo de la villa, mi amigo Víctor Pastor, llegamos a su pueblo, y siguiendo al río Odrón, que baja con su color natural arcilloso entre sus lezcas, sauces, álamos, fresnos y tamarices, enfilamos el Camino del Regadío. En el término llamado de San Ginés -¿recuerdo de una ermita?- nos paramos a ver, en una finca alta, los olivos más viejos del pueblo y  tal vez de Navarra, de doble o múltiple pie, oscuro y acartonado o retorcido, en contraste con la abundante flor blanca con que se adornan estos días.

Pasamos el puente sobre la autovía. Preguntamos a un paisano, que se baja del tractor y nos indica que debemos seguir todo recto hacia una balsa y un criadero de patos. Así lo hacemos. Tenemos delante de nosotros una larga cordillera baja, cubierta de pinos de repoblación, que nos cierra todo el sur. Los mapas apenas la resaltan ni  le dan nombre;  en Los Arcos ocupa los términos de La Rá y Valdelaguardia. A la derecha de la balsa artificial se alinean las pequeñas bóvedas verdes (o pequeñas naves) a ras de tierra, del criadero de patos, que antes habíamos visto en Zúñiga. Antes se habían criado ahí avestruces. Nos detenemos junto a un extenso socavón en el terreno, como de máquinas excavadoras, a nuestra izquierda, separado del camino en dos de sus tramos por unas vallas de alambre: ¡Esto tiene que ser! ¿Dónde está el indispensable Odrón? A 50 metros, como  dicen los arqueólogos. Vamos a constatarlo. Sí. ¡Estamos en Los Cascajos!