Teología de la Liberación

La celebración de la V Asamblea General del Episcopado Latinoamericano en Aparecida (Brasil) ha puesto de nuevo en antena la vieja polémica sobre la teología de la liberación. Mientras para unos es ya cosa del pasado, para otros está viva y se ha diversificado, enriquecido y fortalecido: teología profética, teología popular, teología negra, teología feminista o mujerista, teología ecumenista, o teología dalit (india), que conforman todas ellas la teología para otro mundo posible: intercultural e interreligioso, ético-práxico, utópico, simbólico, intergenérico, político… Sus más serenos defensores recuerdan que la instrucción de la Congregación para la doctrina de la fe, Libertatis nuntius (1984, llama la atención contra las graves desviaciones de ciertas teologías de la liberación y que, dos años más tarde, el mismo Juan Pablo II,en carta al episopado brasileño, afirmó que la TL «no es sólo oportuna, sino útil y necesaria». Su sucesor, Benedicto XVI, ha llegado a decir en su discurso de apertura de la actual Asamblea que la evangelización no puede separarse de la «auténtica liberación«. Más nos valdría a todos, dejando amplio espacio para todo crítica rigurosa y saludable en este y otros campos como éste, quedarnos con lo mejor de todo intento evangelizador y humanizador, venga de donde venga y por las cabezas y manos de quien venga. El admirable cardenal hondureño, el más papable de los latinaoamericanos, Oscar Rodríguez Maradiaga (¿por Madariaga?) comentaba al día siguiente los informes de todos los episcopados hermanos en un rueda de prensa y apelaba a una «conversión pastoral«, porque los «métodos aplicados se sienten ya agotados«; reconocía que para responder a estos «tiempos difíciles, de grandes cambios, se requieren nuevos discípulos y auténticos procesos, no acciones momentáneas o puntuales«; «No es fácil resistir a las acometidas culturales de una sociedad sin Dios -añadía-, y por eso se precisa una iniciación desde una antropología cristiana«. Unos días antes, dentro de la XXXVI Semana Nacional de Vida Consagrada, celebrada en Madrid, el mismo cardenal afirmaba que uno de los grandes desafíos de hoy es saber leer los signos de los tiempos: «necesitamos del Espíritu Santo como oftalmóogo, que nos recupere de una cierta miopía«. Animaba, en fin, a todos a remar «mar adentro» e «ir a la otra orilla«, poque «nos esperan los nuevos areópagos, las nuevas fronteras. Queremos colaborar en romper nuevos muros, establecer diálogos, mantener vínculos de iguales«. Todo un estilo, un espíritu y hasta un programa inicial liberador.