Se nos frustró el viaje a Elantxobe y a la reserva de Urdaibai por la pérdida de tiempo buscando una gasolinera, y nos detenemos en el parque Barandiarán del barrio Pontika de Errentería, que celebra este año su 50 aniversario. Tomamos un café en un bar frente a la pequeña iglesia de San Markos. La verdad es que, este gran anchurón, lleno de árboles y de espacios verdes, en medio de los grandes bloques de pisos de los años setenta, no parece aquella Rentería que vimos hace unos años, los años del plomo etarra.
Y de aquí ¿a dónde vamos? Nos vamos a Irún, pero esta vez, no a San Marcial, ni a la reserva de Txingudi (Ekoetxea), ni al museo romano. Nos vamos a recorrer la ciudad fronteriza, siguiendo el canal, hasta el parque Olabidea, donde reposamos, tomamos la colación campestre y sesteamos.
Después, salimos entre bosques, huertas y caseríos para llegar a la ciudad amurallada de Hondarribia, que antes llamábamos Fuenterrabía. Entramos al pacífico y sosegado asalto por la pasarela del norte y recorremos el paseo de ronda, al que dan las bellas fachadas multicolores de las primeras casas. Cuando yo recorría todo este casco antiguo, hace veinticinco años, todavía había espacios sin ajardinar y estaba inacabado el área de las murallas. Hoy todo está completo y coqueto.
Cuando estamos en la plaza de Armas, la plaza del castillo, comienza a gotear y nos metemos antes de lo quisiéramo, en la cafetería de la fortaleza de Carlos V, bajo banderolas renacentistas. Aqui pasé en aquellos tiempos una semana, donde coincidi con Carmen Castro, ya viuda de Xavier Zubiri.
Bajamos a la playa de Ramón Iribarren, el irundarra aqui esculpido, genio activo de la ingeniería portuaria en todo el mundo, y nos metemos por los pasillo de madera del puerto deportivo: nunca lo habíamos hecho. Es maravilla ver los muy diferentes barcos, que aqui se mecen ahora tranquilos, algunos pocos con sus propietarios dentro o cerca; los más, solos, con sus banderitas al viento, sus velas recogidas, sus mástiles erectos, sus cuerpazos blancos de gigantes marinos deseando volver al mar.
Luego nos vamos hasta el puerto pesquero para no perder la costumbre. Y nos quedamos contemplando San Marcial, las peñas de Aya, Larrun, la amiga Hendaya, la costa vasco-francesa, los barccos de vela, y el infinito mar…