El hecho de que acabamos definitivamente en polvo, en cuanto organismo físico-químico, nos venía siendo recordando cada año, en el miércoles de ceniza, cuando quien nos la imponía sobre la cabeza recitaba la fórmula tétrica y admonitoria, hoy suprimida: Recuerda que eres polvo y en polvo te has de convertir. Mayor constancia de tal realidad tenemos hoy cuando llevamos entre manos la urna con la cenizas de un ser querido tras la cremación. En el panteón familiar de Puente la Reina mis primos han depositado las cenizas de su madre, mi tía María la de Puente. En el corro de los familares presentes había varios sobrinos nietos, niños y adolescentes, que acaso veían con sus grandes ojos por vez primera tan extraño acontecimiento. Los pájaros de la reluciente mañana de junio trinaban alborozados desde las florestas cercanas y unos perros próximos ladraron ferozmente durante un minuto impidiéndonos oír bien las palabras evangélicas que un sacerdote de los PP. Reparadores, vecino de la tía, iba recitando como una bendición primaveral y como un sentido a lo que parecía no tenerlo. Porque el polvo es el símbolo de la nada, de la amenaza de la nada, de la nada definitiva. Nada sin el alma o el espíritu que defendieron los filósofos griegos. Sin la nueva creación de la persona, del cuerpo espiritual que anunció y prometió Jesús de Nazaret, y sistematizó la primera teología cristiana. En la Oración final de su genial poema El Cristo de Velázquez, clama don Miguel de Unamuno: … Que no como en los aires / el humo de la leña, nos perdamos / sin asiento, de paso; ¡mas recógenos / y con tus manos lleva nuestras almas / al silo de tu Padre, y alli aguarden / el día que haga pan del Universo, / yeldado por tu cuerpo, y alimente / con él sus últimas eternidades!
