Después de haber afirmado solemnemente en campaña electoral que no pactaría con Bildu en ninguna de las instancias, el presidente López, derrotado ampliamente en las elecciones municipales de Euskadi, decidió encontrarse con la coalición batasúnica, dentro de la ronda de partidos, no se sabe para qué: sí, para ciertos acuerdos parciales. Imitó a López, un día más tarde de la campaña, el candidato de los socialistas navarros, Jiménez, ampliamente derrotado también en las elecciones forales y municpales de Navarra, y decidió después lo mismo que su mentor. ¿Para qué? Para gloriarse seguramente de pluralismo, de apertura a todos los escenarios; para amenazar ahora, además, con que podría presentarse en el Parlamento de Navarra como candidato a la investidura de presidente y aceptar los votos de Bildu. Un ejemplo más, por si no había bastantes, de la falta de palabra, de la falta de decoro, de la falta de sentido común. ¿Cómo no va a desconfiar esa pobre ciudadanía, tantas veces engañada, de la palabras de los políticos? ¿Que es sólo un acto más de la comedia que precede a la mesa de negociaciones? No me negará nadie que es un acto zafio, burdo, indigno de un político serio. Dentro de cuatro años los votantes vivos se acordarán de este disparate, como se acordaron el pasado 22 de mayo de lo que sucedió en el verano de 2007. Ay, los complejos del PSN (PSOE). Definiéndose de izquierdas, sin saber qué es eso de verdad, frente a tres partidos independentistas vascos, y otro navarro que se llama federal, todos ellos autodefinidos como de izquierdas. Queriendo ser el paradigma del progresismo, sin saber tampoco qué puede ser eso, entre partidos que se llaman, esta vez todos, progresistas. Proclamándose en la campaña electoral más navarrista que nadie y no haciendo ahora ascos -infiel a lo dicho hce sólo quince días- a una coalición que tiene como fin principal la anexión de Navarra a Euskal Herria y la separación de España… No sabiendo contentarse tampoco con el hermoso nombre de socialdemócrata (no de socialista, término ya muy contaminado) y con una renovada programación de sus ideales. Y todo por no tener una personalidad propia, una definición de la que no avergonzarse, una política coherente, una lealtad elemental a la nación española, mentada en su nombre de pila. Sin tener que depender siempre de los viejos lugares comunes, de los paralizadores prejucios, de los complejos, que indican siempre inseguridad, miedo, impotencia y malestar. Hace más de treinta años algunos hicimos este triste diágnóstico en circunstancias favorables. Hace quince lo repetimos, en circunstancias muy dificiles, y nadie nos hizo caso. El partido ha ido de mal en peor desde 1989, cuando se ganaron las últimas elecciones (las europeas). Renuente a cualquier autocrítica justa, no pensando desde hace años sino en salvar los muebles de los pocos movilizados en las listas, cada vez más recortadas, después de cada elección, Navarra se merece, necesita, exige otros hombres, otros programas, otros modos…
