Fuera ya de los primeros focos mediáticos, Egipto sigue siendo un caos político. El Consejo de ministros es inexistente. El Consejo de las Fuerzas Armadas no garantiza la seguridad de nadie. Y todo se deja al futuro que no llega. Para entender el caos, es menester recordar que a la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, suscrita por la República de Egipto ya en 1948, se le añadió en los primeros tiempos de la dictadura encubierta de Hosni Mubarak la coletilla con la condición que no sean incompatibles con la Sharía. Es decir, que en Egipto, país con fuertes minorías religiosas, rige la ley islámica. Pasaron ya los primeros buenos y nuevos tiempos, en los que, al socaire de la revolución del 25 de enero de este año, se vieron juntos musulmanes y cristianos clamar en la plaza Tarhir de El Cairo contra el régimen, a una mujer velada alzando la cruz y la media luna en sus dos manos, o a grupos de musulmanes protegiendo un templo cristiano: escenas que dieron la vuelta al mundo. Desde entonces los salafistas, inspirados en los wahabitas saudíes, enemigos de los sunnitas egipcios, a los que tienen por cercanos a los chiítas, campan por sus desafueros en muchas partes de Egipto, unidos a ciertos grupos extremosos de los Hermanos Musulmanes, único grupo organizado social y políticamente, y que espera su oportunidad en un próximo futuro. Decenas de asesinatos, incendios de iglesias, destrucciones de casas, expulsiones, ataques, secuestros de mujeres, agresiones múltiples, amenazas… todo lo está sufriendo una minoría cristiana copta, ortodoxa o católica, sin que nadie, ni de fuera ni de dentro, sea garantía alguna de protección y de defensa. Por eso son cada día más las voces que animan a los cristianos de toda condición a formar parte de los partidos liberales que van preparándose para la posdictadura de Mubarak. La Alianza de las Civilizaciones no tiene, por lo visto, tiempo para correr en ayuda de los perseguidos por la fe cristiana. Y la Unión Europea, salvo alguna voz suelta, como la de Sarkozy, bastante tiene, al parecer, con hacer las cuentas de Grecia, Portugal e Irlanda.
