Oposición-posición

    Qué difícil es gobernar. Y qué difícil asimismo hacer una buena oposición a los que gobiernan. Qué aburrido y hasta molesto oír a todas horas a quienes gobiernan celebrar en demasía y exceso lo que tienen el deber de hacer y acusar de todos los errores y deficiencias a los adversarios que les precedieron, a los que se les niega el pan y la sal de cualquier mérito. Y qué molesto y aburrido también escuchar a cada paso a los opositores la negación de cualquier acierto en sus contrincantes y comenzar siempre, como si de un guión inamovible se tratara, con la crítica furibunda a todo lo que hace o deshace el competidor. Y así siempre, de principio. Y esto en toda España, en Navarra, en Cascante, o en Castillonuevo. Los primeros se pavonean de gobernar para todos, y los segundos de representar el desacuerdo o la ira de los gobernados. Todo esto en el largo tiempo electoral (eso de preelectoral es un eufemismo semijurídico) suele hacerse tedioso, insoportable. Al menos, si tuvieran un grano de humor, la cosa sería más llevadera. Pero no. Todo suele ser excelso o dramático. Unos siempre sonrientes y otros siempre amostazados. Lo malo es que quienes mandan defienden con frecuencia sobre todo más que la propia posición política su posición como permanencia en el gobiernito sanchesco, mientras sus oponentes prefieren la mera oposición a la o-posición: una nueva posición, que no sea sólo opositora. Qué difícil salir airosos de este dilema tan inútil como perjudicial.