Novedades sobre la historia del celibato eclesial (I)

 

                   El profesor emérito de la Facultad de Teología de Cataluña, Xavier Morlans Molina, especialista en la historia de la Iglesia primitiva, acaba de publicar un extenso libro titulado Sacerdotes célibes y sacerdotes casados. Una reinterpretación del pasado y una propuesta de futuro (PPC, 2025). Todo el libro es muy instructivo, pero la nueva interpretación sobre el celibato en la primera historia del cristianismo me llama poderosamente la atención.

Resume el autor la interpretación de otros dos grandes expertos en el tema, el historiador Peter Brown (Irlanda, 1935), autoridad mundial en la historia del cristianismo primitivo, y el teólogo alemán Stefan Heid (1961), especialista también en Iglesia antigua, arqueología y liturgia. Los dos, desde claves muy diferentes, como luego veremos, coinciden, según Morlans, en estas dos afirmaciones sustantivas:

1ª. Durante el primer milenio de la historia de la Iglesia, no existió el celibato entendido  como la ordenación de hombre célibes, sino la ley de la continencia total dentro del matrimonio de los clérigos. 2ª. El motivo de dicha ley no era la imitación de Cristo virgen, ni la mayor disponibilidad para la atención pastoral, sino la convicción interiorizada de que el servicio al altar era incompatible con el mantenimiento de relaciones sexuales dentro del matrimonio, es decir, la ley de la pureza ritual.

Heid apoya una línea de continuidad disciplinar desde los tiempos de los apóstoles, y defiende el celibato en clave teológica como signo de pureza, mientras Brown hace una lectura crítica de lo que habrían sido mecanismos del control del cuerpo. Este último reconoce que las élites greco-romanas habían heredado un ethos deudor de lejanas corrientes dualistas religiosas y filosóficas, que mostraban cierta prevención o desconfianza respecto al intercambio carnal, como pérdida del propio dominio mental y voluntario.

Esta influencia del platonismo, gnosticismo, estoicismo y maniqueísmo vino a converger con al auge del ascetismo cristiano de los siglos III y IV, cuando muchos cristianos empezaron a ver el cuerpo como lugar de lucha espiritual, la sexualidad como un foco de autodominio y el celibato como una forma de transformación interior y prefiguración del reino de los cielos. Convertido este en un signo de superioridad espiritual, se introdujo lentamente, y solo en Occidente, la práctica de abstenerse de mantener relaciones sexuales con las propias esposas a pesar de seguir viviendo con ellas, con los hijos, y, en el caso de los obispos, cuidando de su patrimonio puesto al servicio de los pobres y de la construcción de templos. En Oriente, en cambio, solo se exigía -y así hasta el día de hoy- la abstinencia sexual la vigilia de la celebración de la eucaristía, mientras los obispos se elegían entre los  célibes, casi siempre monjes.