El fusilamiento a quemarropa de ocho palestinos con los ojos vendados, en una calle principal de Gaza, por milicianos de HAMAS, enmascarados, visto por la televisión, no me dejó de perturbar durante todo el día, a las pocas horas de que nos informaran del alto el fuego en la Franja.
¿Quis talia fando temperet a lacrimis?
podríamos decir con el Virgilio de la Eneida.
Por lo visto, lo había precedido una lucha a muerte, con más de 20 víctimas mortales, entre los milicianos de Hamas y familias rivales, acusadas de colaboracionismo con Israel, vieja costumbre, por lo demás, tantas veces vivida en Palestina, de la que apenas se ha hablado, si se ha hablado alguna vez, en medios y ambientes occidentales poco amigos de Israel.
Parece que lo que intenta HAMAS es dar una aviso contundente a la población de que la facción terrorista es la única autoridad en el territorio. Mal se compadece esto con una de las condiciones del convenio de 20 puntos de Trump, que exige el desarme de HAMAS y del establecimiento de una autoridad independiente durante un tiempo.
Pero la escena cruel de la matanza está por encima de cualquier reflexión política, y no se me olvidará jamás a la hora de volver, una y otra vez, sobre esta eterna cuestión.