En el Parque de Uranga, Burlada

 

                Un noviembre levemente lluvioso, y soleado a ratos, nos rodea.
Nos fascinan los colores amarillo, naranja y rojo del faisán,
bello como un príncipe asiático.
Inútilmente intentamos dialogar con el loro
verde y encaramado a la reja del jaulón.
Y sosegadamente contemplamos la languidez del cuello de los cisnes
tumbados a orillas del estanque.
Nos pasa cerca el pavo real, esta vez en veste doméstica.

Nos elevan al cielo los cipreses japoneses,
y con más fuerza aún los cipreses de Lawson,
y más alto todavía la secuoya sempervirens,
mientras el cedro del Atlas  nos ofrece sus brazos para intentar el vuelo.

Desfilan disciplinados ante nuestros ojos céleres 
mirtos lanceolados,
prietos bambúes orientales,
lucientes laurocerasos,
brillantes pitósporos…

El arce rojo es el faro inconfundible del otoño,
mientras las drupas de los acebos
son más vistosas que los botones de los canónigos de la catedral.

Las achiras, cannas índicas, platanitos rojos, yerbas del rosario…
nos muestran sus flores hermafroditas sobre leves pedicelos,
rojas y de pétalos erectos,
dieta diaria en el viejo Perú,
que auguran todavía prosperidad y protección.

Un anciano, con bastón,
se sienta en el banco de piedra de la larga rosaleda,
mirando las últimas rosas con color de ocaso,
icono tal vez de su propia vida.

Recordamos la aventura
del palacete ecléctico y modernista de Goizueta
con su torrecita galleante,
para Miguel Uranga,
y hoy solaz del pueblo numeroso de Burlada.

Al salir, la columna de tilos,
el árbol más otoñado del otoño,
nos deja sobre el suelo
unas hojas más bellas que monedas de oro.