¿Qué queda de la teología de la liberación? (II)

 

                         Durante  las primeras cuatro Conferencias Generales del Consejo Episcopal Latinoamericano y del Caribe, pero especialmente durante la V, celebrada en Aparecida (Brasil) (2007) quedó patente cómo la fe del pueblo pobre es el punto de partida no solo de la Teología de la liberación, sino de la Iglesia latinoamericana allí reunida. El hecho mayor latinoamericano  sigue siendo, hoy como ayer, una conjunción de fe y pobreza. Lo que resulta incompatible tanto con un espiritualismo desencarnado y ahistórico como con una lectura de la realidad pretendidamente consistente por aconfesional o laica.

 Se recuerda en primer lugar que el análisis de la realidad -ver, juzgar y actuar- implica contemplar a Dios con los ojos de la fe superando la asepsia formal de cualquier metodología, porque lo que nos define no son las circunstancias de nuestra vida, por dramáticas que sean, sino ante todo el amor recibido del Padre gracias a Jesucristo por la unción del Espíritu Santo. La fe es un principio operante que, siendo activo desde el punto de vista existencial, también lo es desde el punto de vista cognoscitivo.

En el primer mundo, y sobre todo en la Europa occidental, algunas propuestas que entienden que la teología de la liberación es un exceso de compromiso a favor de la justicia, priman la unión con Dios en lo más íntimo de uno mismo -la mismidad, la hondura, el fondo del ser…-, o con el Todo, el Absoluto o el Océano de la Unidad Infinita. ¿Un Dios sin rostro, no «personal»? Pero descuidan la solidaridad con los últimos de la tierra como mediación para el encuentro con el Dios de Jesús de Nazaret, que era para él mucho más cercano que la mismidad, que el Todo, el Absoluto o el Océano de la Unidad Infinita. Y nunca desentendido de los pobres y los últimos de su pueblo.