El 1 de octubre de 1957, vuelve a escribirme a mi pueblo mi amigo y condiscípulo riguroso Alejandro Apesteguía Larráyoz. Acaba de acompañar al P. Silva, un sacerdote gallego, amigo, ordenado hacía un año en Comillas, fundador del Circo de los Muchachos, en la misa que ha celebrado, a las 4 de la noche, en unos de los barracones del Circo en Pamplona, en el último día de su actuación, teniendo como asistentes los ángeles, que, según mi amigo, eran muy abundantes. La mañana anterior, estuvieron en Villa Teresita, donde Silva dijo la misa y pronunció unas palabras inolvidables, cristianas… Tanto, que decían aquellas pobres mujeres que era el primer sacerdote que las había comprendido. Estuvieron luego con ellas tres horas y me dice Alejandro que fueron de las más felices de la vida, contando ellas sus tragedias: ...No te puedes imaginar lo brutalmente cruel que es el mundo, también nosotros los sacerdotes. Después de esto es difícil creer en la frase de Camus…
Me da noticias sobre los precios del transporte en RENFE. Me dice que esa mañana han salido los «nuevos» hacia la Montaña, y me menta la bicha con su retintín habitual: Ya les he dicho que saluden al P. Ismael efusivamente, y que ardemos en deseos de encontrarnos bajo su paternal mirada. Me anima a descansar estos últimos días, y me pide que rece para que este curso nos santifiquemos por el camino que Dios quiera, mejor el del sufrimiento…
Y, ya que estoy con Alejandro, vale la pena transcribir su felicitación con una tarjeta de Navidad de ese año (11´15 horas del 24 de diciembre) en Comillas, probablemente respuesta a la mía, en la que le diría seguramente que era la última que pasaríamos juntos, pues había yo decidido, tras todas las peripecias, dejar Comillas y partir para Roma. Es toda una muestra de aquella nuestra espiritualidad comillesa:
-Si, quizá la última que pasemos juntos…, pero permite que así, de despedida, cambie algunas palabras. Pediré al Señor en rima consonante que nos haga mucho más pobres, mucho más hermanos, mucho más humildes, pero para llegar a esto, más, mucho más blandos y flexibles, el latir más acelerado hasta que la tensión sea anormal, aunque algunos latidos se pierdan -quizá piense de distinta manera-. Recuerdo, como tú, todo lo dem´ás, y pienso que la vida merece la pena vivirla en plan, estilo campamento, donde la vida es dura, la guardia constante, donde los hombres son sinceros y Dios se palpa a todas horas… Dios, Dios… qué sabemos de Él, pidamos también que nos abra un resquicio, una rendija, mejor aumentando nuestra Fe, maravilla -quizá un poco dura, para nosotros tan rebeldes- Fe cristiana: vieja, universal, de multitudes… personal, pequeña, niña en nosotros recién hombres. Qué sé yo… muchas cosas más, quizá menos problemáticas, más sencillas, podrán ser también objeto de nuestra oración… que Él las colme como hechas… mejor si empiezan con «b». Alejandro.